Se jubiló don Ricardo. Por fin el viejo chivo dejaba de torturarnos. Digo casi porque ni Pepita ni yo nos hacíamos muchas ilusiones. La que estaba emocionadísima era Amalia. Tras 30 años siendo la secretaria y luego la principal ejecutora de los planes de don Ricardo, se veía ocupando el despacho de 40 metros cuadrados que ahora estaba libre.
Yo detesto a Amalia, doña Amalia. Llevo con ella más años que con mi mujer y con ella paso más horas al día. Es un ser egoísta, arrogante, insidioso … y yo nunca he tenido lo que hay que tener. Es decir, no soy un trepa.
Así Amalia, doña Amalia, se relamía a la vista del gran objetivo de su vida. No su marido o sus hijos: ocupar el despacho de don Ricardo.
Y eso, para Pepita y para mí, no era una buena noticia. Llevábamos lustros aguantando sus desplantes, su falta de respeto, su despotismo. Era un calco de don Ricardo, pero peor, porque al viejo le veías venir, pero ella iba con su sonrisita por delante y el puñal desenfundado.
La cuestión es que el nombramiento, siquiera provisional, no se produjo. Al cabo de una semana el consejo de administración comunicó que un tal Samuel Beltrán era el nuevo director. ¡Menudo cabreo!
Pepita y yo, encantados.
No teníamos ni idea de quien era el tal Samuel, o Beltrán, que casi ni sabíamos si era nombre compuesto o apellido. Ni su aspecto, edad o preparación. Pero solo de ver la cara de pasa que se le quedó a doña Amalia, ya me caía bien el nuevo.
A la cara de pasa se le desorbitaron los ojos cuando vió a nuestro nuevo jefe. Andaría por los 30 o poco más. Era callado y educado. Y doña Amalia debió pensar que a ese yogurín le iba a dar sopas con honda. Vamos, que se iba a hacer la imprescindible y ser la directora en la sombra.
Lo que doña Amalia interpretó como inexperiencia era, en realidad, tacto. Y Beltrán llevaba un plan en la cabeza que puso en marcha como un bulldozer. Poco a poco, derribando resistencias y sin herir susceptibilidades.
Su primera decisión me gustó. Vamos, que casi le doy un beso en la boca.
Llegó al despacho, se sentó a la mesa y reunió a todo el equipo, una docena de personas en total. Apenas nos habíamos presentado y expuesto qué papel desempeñábamos cada uno, cuando pareció que se desentendía del grupo.
Se quedó mirando el dictáfono, viejísimo, y preguntó:
- ¿Qué es esto?
Pepita, principal víctima del chisme, explicó el uso.
- Don Ricardo lo usaba para llamarnos al despacho.
¿Lo usaba? ¡Se pasaba el día apretando el botón! ¡Nos achicharraba a timbrazos! Y luego se oía por el altavoz: “Pepita, Pepita, Pepita” o “Juanjo, Juanjo, Juanjo” (éramos sus preferidos) y no paraba hasta que el interpelado aparecía en la puerta.
- Tengo entendido que hay un sistema de extensiones telefónicas.
- Sí, pero don Ricardo prefería usar el dictáfono.
- Pepita, llame al técnico y que retire este trasto.
Ahí pensé: “Van a cambiar más cosas. Esto se pone interesante”.
Doña Amalia se pegó al jefe como una lapa, más bien como una babosa. Tenía que hacerse la imprescindible. Al menos debía conservar su status.
Y Beltrán callaba, observaba e iba introduciendo cambios. No confraternizaba con nosotros. Hacía uso de nuestra experiencia y nos pedía la opinión, que no consejo. Luego hacía lo que creía conveniente.
Y Doña Amalia seguía babeando encima de él. Luego, como Beltrán era muy independiente, se quejaba, porque se iba sin despedirse, o mantenía la puerta del despacho cerrada cuando no quería que le molestaran. Y verse la puerta cerrada hacía que su perfecto cardado se alborotara.
Delante de Beltrán era como una madre solícita. Cuando éste desaparecía el director se convertía en “este chiquito”, con un acepto despectivo que a nadie engañaba.
Cuando coincidía con alguna de su quinta en el ascensor, se quejaba y con voz resignada sacaba aquello de “despues de tantos años de sacrificios por la empresa … y ya ves. No cuenta para nada la experiencia … “ etc, etc, etc ...
Eso sí, doña Amalia tenía un enorme valor para Beltrán: conocía como nadie a los clientes y les sabía tratar, arrastrándose como una alfombra, pero a ellos, al parecer, les encantaba. Y sobre todo les encantaba a sus señoras.
- Don fulanito, ¿cómo está? ¿y su señora?
Había días en que la hubiera estrangulado con el cable del teléfono, todo con tal de dejar de oir aquella voz chillona que me taladraba el cerebro. ¿Para qué demonios usaba el auricular si sus graznidos se oían en kilómetros a la redonda?
Pues eso, doña Amalia ya se veía, cuanto menos, conservando el estatus y, en el mejor de los casos, en mejor posición.
Hasta que llegó Begoña. Porque Begoña era de la edad de Beltrán, hablaba tres idiomas perfectamente y encima llamaba la atención por su físico. A mí no me gustaba, que conste, me parecía un travelo; pero el 90% de los tíos se giraban cuando pasaba.
Doña Amalia vió su incorporación como una amenaza, que lo era. Y los demás nos preparamos para divertirnos.
Begoña llegó haciendo derroche de simpatía y de lo que ella llamaba “asertividad”. La tía tenía toda la pinta de ser una adicta a los manuales de autoayuda. Bueno, pues eso, que enseguida quiso hacerse amiguita y buscar aliados contra la bruja de Amalia.
A mi no me engañaba. Begoña era exactamente igual que doña Amalia: una trepa. Eso sí, con mucha sonrisita y mucha “asertividad”. ¡Y un huevo!.
Fue la guerra, subterránea, pero guerra. Se hacían trizas la una a la otra, se ponían la zancadilla, se gastaban unas putadas estupendas.
Y luego venían una tras otra a contar sus cuitas cuando la otra no estaba.
- ¡Qué se habrá creído esa! (decía una)
- ¡Siempre me está haciendo la puñeta! (aseguraba la otra)
Begoña, además, solía hasta soltar alguna lagrimita y nos confesaba que si la situación no cambiaba ella se iba, porque tenía otras ofertas. ¡Y una mierda! Lo que ella pretendía era que alguno de nosotros fuéramos con el cuento a Beltrán. Para chismorreos estábamos nosotros. Total, a doña Amalia le quedaban cinco años para jubilarse y mientras estuviera entretenida en la guerra con Begoña a nosotros nos dejaba en paz. Es decir, oficialmente parecíamos neutrales, pero tácticamente preferíamos a doña Amalia.
Aunque fuera una rastrera-hija-puta ya le teníamos cogido el tranquillo y la otra era una versión corregida, aumentada y mejorada. Vamos, ni de coña.
Cuando Begoña se dio cuenta de que a los veteranos no nos seducía empezó su labor de zapa con los nuevos. Resultaba tronchante ver sus maniobras para captar aliados, como al pobrecito Juan.
Juan tenía una habilidad. Sabía disfrazar su innata vaguería. Hacía las cosas, pero a su ritmo. Hay que reconocer que jamás dejó algo por hacer o fuera de tiempo, pero se las apañaba para que no le adjudicaran más faena que la que estaba dispuesto a hacer. Cumplía lo justito, lo que ya era mérito.
El caso es que doña Amalia se percató de la preferencia que Begoña mostraba por Juan y empezó a putearle. Le daba faena y el otro se resistía. Y ella se quejaba: que si es un maleducado, que si es un maltrabaja, que mira qué contestaciones … Mientras tanto Begoña le jaleaba: “Juan, ni caso, tu eres un profesional”.
Pepita y yo, cuando bájabamos a almorzar y estábamos lejos de los oídos de los demás, comentábamos la faena.
- A una de las dos le va a dar una pataleta el día menos pensado.
- ¿Cómo acabará esto?
- Como acabe, a nosotros nos es igual. Ya somos mayorcitos para que nos metan en estos juegos. Y si se ponen burras, pedimos el traslado a otro departamento ¿Qué te apuestas a que se soluciona el problema?
Para mí que Beltrán no se ha visto nunca en una como ésta. Dos lobas disputándose un trozo de terreno. Me da la impresión de que no sabe manejar la situación, que espera que se resuelva por sí misma; que se aburran de tirarse del moño. Mientras que los resultados globales sean buenos, tampoco tiene mucho motivo para intervenir, porque no va a reñirles como un maestro de escuela a dos crías díscolas.
Mientras tanto, observamos; Juan empieza a darse cuenta de que más le vale no tomar partido y el resto del departamento y Begoña … Begoña el día menos pensado se toma una baja por maternidad hasta que pase la marea.
lunes, marzo 06, 2006
lunes, febrero 27, 2006
La reina del conocimiento inútil
Hemos alcanzado el desconocimiento global. Nadie sabe de nada, pero habla con la total seguridad que presta la ignorancia.
Me aterra ver lo poco que sé y todo lo que me queda por aprender, no en general, sino únicamente de aquello que me interesa. No lo digo como obligación, sino como deseo: aprender.
Por eso me fascinan las matemáticas. O la arquitectura … Son como inmensos enigmas desafiantes.
Me quedo embobada leyendo o escuchando a expertos en temas que nunca dominaré. Intento comprender, capto conceptos y cuando los entiendo es como si una luz de sabiduría se encendiera dentro de mí. ¡Cáspita! ¡Era esto!
La capacidad de sorprenderme incluso llega a sorprenderme. Resulta un alivio comprobar que mi mente mantiene el interés por las cosas, por livianas que sean, ejercicios diletantes: conocimiento inútil.
Veo las cosas con enfoques desconocidos. Resulta divertido y vivificante. Y ese nuevo e inútil conocimiento se enlaza con el antiguo, saco conclusiones inéditas. No sirve para nada, claro, solo es satisfacción personal, quizás vanidad de no poner cara de imbécil cuando alguien cita a un experto en alguna materia insólita.
Puede que esta curiosidad indiscriminada me haga susceptible al fraude, a considerar como importante lo que no es más que impostura. Hasta de eso se aprende.
Me aterra ver lo poco que sé y todo lo que me queda por aprender, no en general, sino únicamente de aquello que me interesa. No lo digo como obligación, sino como deseo: aprender.
Por eso me fascinan las matemáticas. O la arquitectura … Son como inmensos enigmas desafiantes.
Me quedo embobada leyendo o escuchando a expertos en temas que nunca dominaré. Intento comprender, capto conceptos y cuando los entiendo es como si una luz de sabiduría se encendiera dentro de mí. ¡Cáspita! ¡Era esto!
La capacidad de sorprenderme incluso llega a sorprenderme. Resulta un alivio comprobar que mi mente mantiene el interés por las cosas, por livianas que sean, ejercicios diletantes: conocimiento inútil.
Veo las cosas con enfoques desconocidos. Resulta divertido y vivificante. Y ese nuevo e inútil conocimiento se enlaza con el antiguo, saco conclusiones inéditas. No sirve para nada, claro, solo es satisfacción personal, quizás vanidad de no poner cara de imbécil cuando alguien cita a un experto en alguna materia insólita.
Puede que esta curiosidad indiscriminada me haga susceptible al fraude, a considerar como importante lo que no es más que impostura. Hasta de eso se aprende.
miércoles, diciembre 28, 2005
De la ciencia
“Historia de la ciencia” es un libro indudablemente divulgativo, pero estarían equivocados aquellos que piensen que es superficial. En absoluto. Es un trabajo profundo que exige un cierto nivel de atención, en ocasiones elevado. Esta característica no le merma ningún mérito, sino todo lo contrario. Es riguroso, pero ameno.
Los autores, los catedráticos de la UNED Carlos Solís y Manuel Sellés, hacen uso de un fino sentido del humor, un cierto distanciamiento y una cierta ironía que denota sus amplios conocimientos tanto científicos como humanísticos. Sería interesante escuchar sus opiniones sobre eso que se empeñan en defender los ultramontanos estadounidenses sobre el creacionismo inteligente.
Sin embargo hay algunas lagunas. Se trata de una historia de la ciencia europea. Cierto es que hace referencia en los primeros capítulos a descubrimientos chinos o árabes, pero eso es todo, poco más que una mención.
También adolece de poca atención hacia el desarrollo de la técnica. Por ejemplo, a Leonardo se le despacha prestamente. El objeto del libro son más las ciencias que sus aplicaciones. Eso sí, los autores desgranan elogios para los oscuros inventores de algunos artilugios: artesanos muchas veces desconocidos que nunca pusieron un pie en los templos del saber, pero cuyos artilugios hicieron mejoraron la productividad y liberaron a la humanidad de trabajos penosos.
Por ello, quizás, pasa por encima del Imperio Romano, más preocupado por las obras de ingeniería que por desarrollar teorías que explicasen el origen del Universo.
“Historia de la ciencia” es también la historia de la eterna batalla entre razón y fé; entre prejuicios y experiencia; entre el miedo al poder establecido y la pasión por defender aquello en lo que se cree por haberlo experimentado.
La ciencia –y hoy día sus derivaciones técnicas o tecnológicas- forman parte inseparable del poder, como bien apuntan los autores. Un hecho que los gobernantes no deberían olvidar en estos tiempos.
Un libro para aquellos que conservan las ganas de aprender, de conocer los hechos científicos que han hecho avanzar a la humanidad. Un libro para los que todavía se hacen preguntas, para los que dudan, para los que buscan respuestas.
Los autores, los catedráticos de la UNED Carlos Solís y Manuel Sellés, hacen uso de un fino sentido del humor, un cierto distanciamiento y una cierta ironía que denota sus amplios conocimientos tanto científicos como humanísticos. Sería interesante escuchar sus opiniones sobre eso que se empeñan en defender los ultramontanos estadounidenses sobre el creacionismo inteligente.
Sin embargo hay algunas lagunas. Se trata de una historia de la ciencia europea. Cierto es que hace referencia en los primeros capítulos a descubrimientos chinos o árabes, pero eso es todo, poco más que una mención.
También adolece de poca atención hacia el desarrollo de la técnica. Por ejemplo, a Leonardo se le despacha prestamente. El objeto del libro son más las ciencias que sus aplicaciones. Eso sí, los autores desgranan elogios para los oscuros inventores de algunos artilugios: artesanos muchas veces desconocidos que nunca pusieron un pie en los templos del saber, pero cuyos artilugios hicieron mejoraron la productividad y liberaron a la humanidad de trabajos penosos.
Por ello, quizás, pasa por encima del Imperio Romano, más preocupado por las obras de ingeniería que por desarrollar teorías que explicasen el origen del Universo.
“Historia de la ciencia” es también la historia de la eterna batalla entre razón y fé; entre prejuicios y experiencia; entre el miedo al poder establecido y la pasión por defender aquello en lo que se cree por haberlo experimentado.
La ciencia –y hoy día sus derivaciones técnicas o tecnológicas- forman parte inseparable del poder, como bien apuntan los autores. Un hecho que los gobernantes no deberían olvidar en estos tiempos.
Un libro para aquellos que conservan las ganas de aprender, de conocer los hechos científicos que han hecho avanzar a la humanidad. Un libro para los que todavía se hacen preguntas, para los que dudan, para los que buscan respuestas.
miércoles, diciembre 21, 2005
Desidia
La degradación de la enseñanza no deja de sorprenderme. De la enseñanza y de la cultura, claro.
El otro día fui a comprar unos libros a la casa del idem. Como detalle, inevitable en estas entrañables y nauseabundas fiestas, me obsequiaron con una agenda literaria. Nada del otro mundo. Una edición baratita de página por semana y, eso sí, cada dos páginas, una fotografía y una cita literaria conmemorativa de la semana que señala.
Vaya, al fin una agenda que aunque no sea muy útil por lo reducido del espacio para apuntar obligaciones, al menos denota un cierto buen gusto.
Pues no. En la cita de “Doctor Zhivago”, a pié de página aparece: 50 aniversario de la creacción (sic) ….
Si ya La Casa del Libro permite esos desmanes, o se le pasan por alto … es para llorar. Es pura desidia.
El otro día fui a comprar unos libros a la casa del idem. Como detalle, inevitable en estas entrañables y nauseabundas fiestas, me obsequiaron con una agenda literaria. Nada del otro mundo. Una edición baratita de página por semana y, eso sí, cada dos páginas, una fotografía y una cita literaria conmemorativa de la semana que señala.
Vaya, al fin una agenda que aunque no sea muy útil por lo reducido del espacio para apuntar obligaciones, al menos denota un cierto buen gusto.
Pues no. En la cita de “Doctor Zhivago”, a pié de página aparece: 50 aniversario de la creacción (sic) ….
Si ya La Casa del Libro permite esos desmanes, o se le pasan por alto … es para llorar. Es pura desidia.
Urbe
Los últimos aleteos revolucionarios se producen en los suburbios. El nombre, en sí mismo, da mucho qué pensar. Sub-urbe. Menos que urbe o lo que no llega a urbe.
Lo inferior tanto cualitativa como cuantitativamente. Urbe, polis, se define como conjunto de edificios y calles bajo una administración común cuya población numerosa se dedica, por lo común, a tareas no agrícolas.
Tareas agrícolas ya quedan pocas. Pero si acotamos lo “no agrícola” encontramos el comercio, la industria, la administración y los servicios. Nuestras ciudades cambian de carácter. Los comercios que antes poblaban los bajos de los edificios decaen. Las industrias se trasladan a los polígonos de la periferia. Las oficinas a los “parques empresariales” del extrarradio.
Y la urbe se despoja de contenido poco a poco. Los habitantes de los barrios prefieren las urbanizaciones donde ni hay comercio ni servicios ni administración.
Los comercios, que antes llenaban de vida las calles, se desplazan a los llamados centros comerciales, construcciones mastodónticas dotadas de gigantescos aparcamientos y donde las familias o las pandillas de adolescentes pasan las tardes, recorriendo una y otra vez establecimientos exactamente iguales.
A excepción de contadísimas ciudades, Nueva York, Boston, Filadelfia, Nueva Orleáns o San Francisco, todas las concentraciones humanas de Estados Unidos son clónicas. Urbanizaciones iguales, centros comerciales iguales, establecimientos idénticos. Es imposible saber dónde te encuentras, porque todas tienen lo mismo. Ciudades uniformes y sin personalidad.
Parece que vamos camino de ello.
En Europa, especialmente en Francia –cuna de toda revuelta que se precie- las gentes de los suburbios se rebela. Todos se preguntan por las causas.
Estos días he leído reflexiones sobre arquitectura y urbanismo en relación con ese fenómeno galo de quemar coches. Es posible que la destrucción de la ciudad tal y como estaba concebida sea una de las causas. Echo de menos cuando los niños jugaban en la calle, los vecinos se saludaban en las aceras y el lugar de tertulia era la verdulería o el colmado. Añoro el puesto del zapatero remendón, la mercería o la papelería de barrio perfumada de goma de borrar.
Recuerdo todavía cuando llegaba el buen tiempo y los vecinos sacaban las sillas a las aceras a la fresca de la tarde. Me resisto a considerar que cualquier tiempo fue mejor, pero, qué demonios. Antes si veíamos a un grupo de gente de charla en un parque o una plaza pensábamos que eran vecinos, gente de paseo … ahora pensamos que son una banda de delincuentes y apartamos nuestros pasos de ellos.
Lo inferior tanto cualitativa como cuantitativamente. Urbe, polis, se define como conjunto de edificios y calles bajo una administración común cuya población numerosa se dedica, por lo común, a tareas no agrícolas.
Tareas agrícolas ya quedan pocas. Pero si acotamos lo “no agrícola” encontramos el comercio, la industria, la administración y los servicios. Nuestras ciudades cambian de carácter. Los comercios que antes poblaban los bajos de los edificios decaen. Las industrias se trasladan a los polígonos de la periferia. Las oficinas a los “parques empresariales” del extrarradio.
Y la urbe se despoja de contenido poco a poco. Los habitantes de los barrios prefieren las urbanizaciones donde ni hay comercio ni servicios ni administración.
Los comercios, que antes llenaban de vida las calles, se desplazan a los llamados centros comerciales, construcciones mastodónticas dotadas de gigantescos aparcamientos y donde las familias o las pandillas de adolescentes pasan las tardes, recorriendo una y otra vez establecimientos exactamente iguales.
A excepción de contadísimas ciudades, Nueva York, Boston, Filadelfia, Nueva Orleáns o San Francisco, todas las concentraciones humanas de Estados Unidos son clónicas. Urbanizaciones iguales, centros comerciales iguales, establecimientos idénticos. Es imposible saber dónde te encuentras, porque todas tienen lo mismo. Ciudades uniformes y sin personalidad.
Parece que vamos camino de ello.
En Europa, especialmente en Francia –cuna de toda revuelta que se precie- las gentes de los suburbios se rebela. Todos se preguntan por las causas.
Estos días he leído reflexiones sobre arquitectura y urbanismo en relación con ese fenómeno galo de quemar coches. Es posible que la destrucción de la ciudad tal y como estaba concebida sea una de las causas. Echo de menos cuando los niños jugaban en la calle, los vecinos se saludaban en las aceras y el lugar de tertulia era la verdulería o el colmado. Añoro el puesto del zapatero remendón, la mercería o la papelería de barrio perfumada de goma de borrar.
Recuerdo todavía cuando llegaba el buen tiempo y los vecinos sacaban las sillas a las aceras a la fresca de la tarde. Me resisto a considerar que cualquier tiempo fue mejor, pero, qué demonios. Antes si veíamos a un grupo de gente de charla en un parque o una plaza pensábamos que eran vecinos, gente de paseo … ahora pensamos que son una banda de delincuentes y apartamos nuestros pasos de ellos.
lunes, diciembre 12, 2005
Consumo
Consumo, consumo, consumo.
Hablar del consumismo no lo arregla. Toda la sociedad occidental gira en torno al consumo efímero, rápido. Consumo sin solución de continuidad. Nada tiene validez ni futuro.
Alcanza todo tipo de producto o servicio. Las noticias, por ejemplo. Durante tres o cuatro días nos saturan con una noticia, generalmente una catástrofe. Se consume, se agota, se olvida.
Leo en El País que tres meses después de la destrucción de Nueva Orleáns, la ciudad –salvo dos barrios concretos- carece de electricidad. Tres meses después del desastre, una vez consumida la noticia, Nueva Orleáns está sumida en el olvido.
Si eso ocurre con una de las ciudades más célebres y turísticas de Estados Unidos, el tratamiento que reciben los países normalmente ignorados es muchísimo peor.
Consumimos cine, mal cine. Recuerdo que cuando era niña una película podía durar en cartel meses. Ahora, si no vas en la primera semana, tienes que esperar a que salga en dvd. Pero no hay que esperar mucho, apenas medio año después ya está en los mostradores. El cine ya no hace historia, solo taquilla. El cine ya no es cine, es solo una operación de marketing para vender hamburguesas, videojuegos, artilugios diversos de difícil uso.
Libros infectos invaden las librerías en pilas que difícilmente mantienen el equilibrio. Me pregunto cuanta basura impresa es culpable de la deforestación del planeta.
Todo es consumo apremiante. No se disfruta de nada, sólo del hecho de comprar, de gastar, de llenar bolsas con el logotipo del comercio.
Los que no consumen, no existen. Hasta la solidaridad es objeto de consumo. Felicita las fiestas con tarjetas de UNICEF, apadrina a un niño, juega al sorteo del oro, compra el cupón de la ONCE …
Y mientras tanto las farmacéuticas se niegan a medicar a los millones de enfermos de SIDA en África; los fabricantes de automóviles a reducir las emisiones de sus vehículos; el ciudadano de a pie a reducir lo que llama calidad de vida y que no es más que esclavitud.
Hablar del consumismo no lo arregla. Toda la sociedad occidental gira en torno al consumo efímero, rápido. Consumo sin solución de continuidad. Nada tiene validez ni futuro.
Alcanza todo tipo de producto o servicio. Las noticias, por ejemplo. Durante tres o cuatro días nos saturan con una noticia, generalmente una catástrofe. Se consume, se agota, se olvida.
Leo en El País que tres meses después de la destrucción de Nueva Orleáns, la ciudad –salvo dos barrios concretos- carece de electricidad. Tres meses después del desastre, una vez consumida la noticia, Nueva Orleáns está sumida en el olvido.
Si eso ocurre con una de las ciudades más célebres y turísticas de Estados Unidos, el tratamiento que reciben los países normalmente ignorados es muchísimo peor.
Consumimos cine, mal cine. Recuerdo que cuando era niña una película podía durar en cartel meses. Ahora, si no vas en la primera semana, tienes que esperar a que salga en dvd. Pero no hay que esperar mucho, apenas medio año después ya está en los mostradores. El cine ya no hace historia, solo taquilla. El cine ya no es cine, es solo una operación de marketing para vender hamburguesas, videojuegos, artilugios diversos de difícil uso.
Libros infectos invaden las librerías en pilas que difícilmente mantienen el equilibrio. Me pregunto cuanta basura impresa es culpable de la deforestación del planeta.
Todo es consumo apremiante. No se disfruta de nada, sólo del hecho de comprar, de gastar, de llenar bolsas con el logotipo del comercio.
Los que no consumen, no existen. Hasta la solidaridad es objeto de consumo. Felicita las fiestas con tarjetas de UNICEF, apadrina a un niño, juega al sorteo del oro, compra el cupón de la ONCE …
Y mientras tanto las farmacéuticas se niegan a medicar a los millones de enfermos de SIDA en África; los fabricantes de automóviles a reducir las emisiones de sus vehículos; el ciudadano de a pie a reducir lo que llama calidad de vida y que no es más que esclavitud.
jueves, diciembre 08, 2005
¡Un mes!
¡Qué barbaridad! Casi ha pasado un mes desde que colgué el último texto en el blog.
Reconozco que estoy vaga y poco inspirada. Por si fuera poco, el trabajo está siendo mi principal ocupación y he de reconocer que me estoy divirtiendo. Hacía tiempo que el trabajo no me motivaba, no me hacía sentirme útil o valorada. Están siendo unos meses terriblemente intensos y tremendamente gratificantes.
Llego cansada a casa, con ganas sólo de tirarme en el sofá y ver cualquier serie tonta en la tele. Luego leo. Ahora estoy con “Historia de la Ciencia” un auténtico mamotreto muy bien escrito y con unas gota de ironía aquí y allá que lo convierten en una lectura amena y ¡oh! educativa.
En este mes han ocurrido cosas. Claro está. Más viajes. Mi culo se adapta estupendamente ya a los asientos del Euromed. Noches solitarias en hoteles desconocidos.
Apenas duermo en los hoteles, sobre todo cuando al día siguiente mi tren o avión sale a primera hora. Me obsesiono con que no me despertaré a tiempo y me paso la noche en duermevela mirando el reloj. Me duermo, me despierto, me sumo en una especie de trance narcótico en vela … Una tortura.
En este mes recibimos otro inquilino. Un nuevo erizo. Sólo que en 72 horas falleció. Así que hemos establecido la norma de que no más erizos. Su sitio es el campo. Y eso después de que se adquiriera para su uso y disfrute una jaula del tamaño de un minipiso de la Trujillo.
Siguen campando los dragones por las paredes. A esos no hay que hacerles caso, se las apañan solos estupendamente.
El naranjo luce su docena de frutos –muy hermosos este año- como si fueran bolas de navidad. Todas las mañana me propongo arrancarlas y luego, qué demonios, me dan pena las pobres naranjas.
En fin, la vida transcurre sin sobresaltos, de momento.
Reconozco que estoy vaga y poco inspirada. Por si fuera poco, el trabajo está siendo mi principal ocupación y he de reconocer que me estoy divirtiendo. Hacía tiempo que el trabajo no me motivaba, no me hacía sentirme útil o valorada. Están siendo unos meses terriblemente intensos y tremendamente gratificantes.
Llego cansada a casa, con ganas sólo de tirarme en el sofá y ver cualquier serie tonta en la tele. Luego leo. Ahora estoy con “Historia de la Ciencia” un auténtico mamotreto muy bien escrito y con unas gota de ironía aquí y allá que lo convierten en una lectura amena y ¡oh! educativa.
En este mes han ocurrido cosas. Claro está. Más viajes. Mi culo se adapta estupendamente ya a los asientos del Euromed. Noches solitarias en hoteles desconocidos.
Apenas duermo en los hoteles, sobre todo cuando al día siguiente mi tren o avión sale a primera hora. Me obsesiono con que no me despertaré a tiempo y me paso la noche en duermevela mirando el reloj. Me duermo, me despierto, me sumo en una especie de trance narcótico en vela … Una tortura.
En este mes recibimos otro inquilino. Un nuevo erizo. Sólo que en 72 horas falleció. Así que hemos establecido la norma de que no más erizos. Su sitio es el campo. Y eso después de que se adquiriera para su uso y disfrute una jaula del tamaño de un minipiso de la Trujillo.
Siguen campando los dragones por las paredes. A esos no hay que hacerles caso, se las apañan solos estupendamente.
El naranjo luce su docena de frutos –muy hermosos este año- como si fueran bolas de navidad. Todas las mañana me propongo arrancarlas y luego, qué demonios, me dan pena las pobres naranjas.
En fin, la vida transcurre sin sobresaltos, de momento.
sábado, noviembre 12, 2005
La infanta
El nacimiento de la infantita ha traído un gran revuelo constitucional. Ahora resulta imprescindible una reforma justo en ese tema, la herencia. Ya están los tertulianos haciendo cábalas y pronósticos sobre la educación, las amistades, la crianza …
Resulta agobiante. Un ser tan pequeño y, sin saberlo, todo el mundo le está organizando el futuro.
Supongo que ya hasta habrán diseñado el plan de estudios. Habrá un estilista que determinará que color de pelo es el más apropiado y cual será el largo de falda que más le favorece.
Le darán caprichos, claro está, teniendo en cuenta que lo importante de su vida ya lo decidirán otros.
¿Y si la niña quiere ser electricista? Pues que haga chapuzas en casa. Le comprarán un cheminova, o como demonios se llame el juego de electricidad, y listo.
Llega la infantita cuando concluyo “Perro callejero”. En la novela, el padre de la heredera pregunta al chambelán: “¿Pero qué quieren las princesas?”. Unos capítulos más adelante se sabe qué quiere la princesa: dejar de serlo.
Así que ambos, rey y heredera, hacen lo impensable: redactan y firman su abdicación. Inglaterra será una república por decisión de la Corona.
Ya que nos ponemos a la reforma constitucional, que sea sin mariconeos. Forma de estado: república parlamentaria. Por cierto, votaría que no hubiera presidente de la república.
Resulta agobiante. Un ser tan pequeño y, sin saberlo, todo el mundo le está organizando el futuro.
Supongo que ya hasta habrán diseñado el plan de estudios. Habrá un estilista que determinará que color de pelo es el más apropiado y cual será el largo de falda que más le favorece.
Le darán caprichos, claro está, teniendo en cuenta que lo importante de su vida ya lo decidirán otros.
¿Y si la niña quiere ser electricista? Pues que haga chapuzas en casa. Le comprarán un cheminova, o como demonios se llame el juego de electricidad, y listo.
Llega la infantita cuando concluyo “Perro callejero”. En la novela, el padre de la heredera pregunta al chambelán: “¿Pero qué quieren las princesas?”. Unos capítulos más adelante se sabe qué quiere la princesa: dejar de serlo.
Así que ambos, rey y heredera, hacen lo impensable: redactan y firman su abdicación. Inglaterra será una república por decisión de la Corona.
Ya que nos ponemos a la reforma constitucional, que sea sin mariconeos. Forma de estado: república parlamentaria. Por cierto, votaría que no hubiera presidente de la república.
jueves, noviembre 03, 2005
Hay días
Hay días en los que una no está para nada. Son jornadas en las que parece que nos han echado mal de ojo y cualquier cosa que se emprende sale, indefectiblemente, mal.
La ley de Murphy incluso se queda corta en esos días.
Ayer fue uno.
Fui recoger dos ordenadores que estaban estropeados. Llegué al servicio técnico a las 11:30, una hora comercial. Llamé al timbre y vi en la puerta un cartelito minúsculo que ponía: "Vuelvo en 15 minutos".
Tres cuartos de hora más tarde seguía esperando. Otra persona esperaba también conmigo en la acera. Se decidió a llamar a un teléfono que aparecía en un cartel. Después de hablar un par de minutos me dijo:
- He llamado, ha saltado un contestador, me ha dado un teléfono móvil, he llamado y me han dicho que mejor volvamos por la tarde.
Cabreo inmenso, claro. ¿Por qué pone que vuelve en quince minutos si no piensa volver? ¿Por qué no baja el cierre metálico de la tienda? ¡Menuda tomadura de pelo!
Me fui con el propósito de volver a la tarde y montar un pollo de padre y muy señor mío.
Regreso a casa a comer y le pido a mi hija mayor que luego me acompañe a por los ordenadores.
Me dice que: "Oh, mamá, tengo cosas urgentísimas que hacer".
Inquiero sobre esas urgencias que resultan ser devolver el disfraz de la pasada fiesta de Halloween.
Me trago el enfado y cuando voy a poner el coche en marcha hace: "pffffffffff". No tiene batería.
Respiro hondo. He visto el coche de mi hija en la calle. Se va a quedar sin devolver el disfraz, pero cuando salgo a buscarla ... ha desaparecido.
Llamo a su móvil: "El teléfono marcado está temporalmente fuera de servicio".
Mando un mensaje: "Vuelve a casa cagando leches".
No hay respuesta.
Llamo a mi marido quien asegura que está haciendo un par de cosas urgentísimas, pero que viene en cuanto las termine.
Son las cinco de la tarde.
A las 7 llama mi marido:
- Se ha llegado el coche la grúa.
Llega mi hija:
- ¿Por qué no contestas al teléfono? ¿No lees los mensajes?
- ¿A qué número has llamado?
La niña se ha cambiado de número de teléfono y no le ha faltado tiempo para comunicárselo a toda su peña, pero no a la familia, claro está.
Pienso que me pueden caer 12 años, pero seguramente si explico las circunstancias el juez será comprensivo.
Bajamos a Valencia a ver si conseguimos llegar antes de que cierren el servicio técnico, a las 20:30 horas.
Al fin y al cabo es su jodido ordenador y es ella la que está dando la brasa de que lo necesita.
Cogemos un atasco. Opta por una vía alternativa. Cogemos un atasco, logramos salir a través de unas callejuelas infames. Atravesamos un barrio desconocido. Nos vemos bloqueadas en otro atasco. Se me ha terminado el tabaco. Veo un estanco y conmino a mi hija a que pare. Bajo y compró un paquete. Seguimos buscando un camino despejado para llegar a Valencia. Pillamos otro atasco. Llevamos una hora dentro del coche. Es imposible que lleguemos al servicio técnico antes de que cierren.
Damos la vuelta. Vemos el coche de mi marido aparcado.
- A ver, ¿dónde te has metido?, le espeta a mi hija.
-Y tú, ¿dónde has dejado aparcado el coche para que se lo lleve la grúa?
- Ejem, delante de la Generalitat.
Hay días que ....
La ley de Murphy incluso se queda corta en esos días.
Ayer fue uno.
Fui recoger dos ordenadores que estaban estropeados. Llegué al servicio técnico a las 11:30, una hora comercial. Llamé al timbre y vi en la puerta un cartelito minúsculo que ponía: "Vuelvo en 15 minutos".
Tres cuartos de hora más tarde seguía esperando. Otra persona esperaba también conmigo en la acera. Se decidió a llamar a un teléfono que aparecía en un cartel. Después de hablar un par de minutos me dijo:
- He llamado, ha saltado un contestador, me ha dado un teléfono móvil, he llamado y me han dicho que mejor volvamos por la tarde.
Cabreo inmenso, claro. ¿Por qué pone que vuelve en quince minutos si no piensa volver? ¿Por qué no baja el cierre metálico de la tienda? ¡Menuda tomadura de pelo!
Me fui con el propósito de volver a la tarde y montar un pollo de padre y muy señor mío.
Regreso a casa a comer y le pido a mi hija mayor que luego me acompañe a por los ordenadores.
Me dice que: "Oh, mamá, tengo cosas urgentísimas que hacer".
Inquiero sobre esas urgencias que resultan ser devolver el disfraz de la pasada fiesta de Halloween.
Me trago el enfado y cuando voy a poner el coche en marcha hace: "pffffffffff". No tiene batería.
Respiro hondo. He visto el coche de mi hija en la calle. Se va a quedar sin devolver el disfraz, pero cuando salgo a buscarla ... ha desaparecido.
Llamo a su móvil: "El teléfono marcado está temporalmente fuera de servicio".
Mando un mensaje: "Vuelve a casa cagando leches".
No hay respuesta.
Llamo a mi marido quien asegura que está haciendo un par de cosas urgentísimas, pero que viene en cuanto las termine.
Son las cinco de la tarde.
A las 7 llama mi marido:
- Se ha llegado el coche la grúa.
Llega mi hija:
- ¿Por qué no contestas al teléfono? ¿No lees los mensajes?
- ¿A qué número has llamado?
La niña se ha cambiado de número de teléfono y no le ha faltado tiempo para comunicárselo a toda su peña, pero no a la familia, claro está.
Pienso que me pueden caer 12 años, pero seguramente si explico las circunstancias el juez será comprensivo.
Bajamos a Valencia a ver si conseguimos llegar antes de que cierren el servicio técnico, a las 20:30 horas.
Al fin y al cabo es su jodido ordenador y es ella la que está dando la brasa de que lo necesita.
Cogemos un atasco. Opta por una vía alternativa. Cogemos un atasco, logramos salir a través de unas callejuelas infames. Atravesamos un barrio desconocido. Nos vemos bloqueadas en otro atasco. Se me ha terminado el tabaco. Veo un estanco y conmino a mi hija a que pare. Bajo y compró un paquete. Seguimos buscando un camino despejado para llegar a Valencia. Pillamos otro atasco. Llevamos una hora dentro del coche. Es imposible que lleguemos al servicio técnico antes de que cierren.
Damos la vuelta. Vemos el coche de mi marido aparcado.
- A ver, ¿dónde te has metido?, le espeta a mi hija.
-Y tú, ¿dónde has dejado aparcado el coche para que se lo lleve la grúa?
- Ejem, delante de la Generalitat.
Hay días que ....
martes, octubre 25, 2005
Un nuevo inquilino

Es pequeño y peludo. Desde luego, no parece estar hecho de algodón. Sus ojos son dos bolitas de azabache. Sus patas parecen frágiles, imposibles de aguantar el peso que aparenta. Pero no es cierto. No tiene tanto peso. En realidad, es un engaño.
Si le sujetas por el único sitio posible, la tripa, se aprecia su delgadez bajo la suave capa de pelo. Por el lomo, sin embargo, tiene un volumen ficticio. Es leve y francamente guapo, con ese hocico afilado y esos ojos vivarachos.
Es un erizo. Ayer Lucía lo encontró en medio de la carretera. Se bajó del coche y lo recogió. Llegó a casa con él en las manos: "Mirad lo que he traído".
Claro que es tímido. En cuanto lo tocas se enrosca y saca las púas para defenderse. Gos está intrigadísimo. Lo olisquea todo el tiempo, pero no se atreve a ir más allá. A veces hasta se arriesga a acercarle una pata.
Se esconde en cualquier rincón. Esta mañana lo hemos sacado –aun de noche- al jardín. No sé si cuando volvamos estará o si seremos capaces de encontrarlo.
Anoche se me enroscó en un dedo. Era casi imposible deshacerse de aquel abrazo, tal es la fragilidad que su espinoso cuerpo trasmite. Me daba miedo retirar la mano bruscamente. A pesar de su aspecto disuasorio, es un animal precioso y a mí me enternece.
martes, octubre 18, 2005
El funeral
¿Para qué sirven los funerales?
Al muerto para nada. Está muerto.
¿A la familia? Pienso que tampoco. No creo que estén para exhibiciones públicas de dolor delante de desconocidos.
Porque, a excepción de los más allegados –y esos ya se han consolado en privado- el resto de los que asisten al entierro, en el mejor de los casos, son desconocidos.
Los funerales son para los vivos. Para dejarse ver. Son un poco como aquella película francesa "Cousin, cousinne", actos en los que la gente que lleva tiempo sin relacionarse se encuentran de nuevo.
Hubo una temporada –luctuosa- en la que a un amigo mío tuve que decirle: "Fernando, tenemos que dejar de vernos así". En un mes coincidimos en tres funerales.
Se saludan, muestran su pesar por el fallecido (¡quien lo iba a decir, con lo joven que era!) o su preocupación por la familia (pobre mujer, menudo panorama que le espera)
Luego lo comentan: "Mira, ayer coincidí con fulanito en el funeral de zutanito. Parece que las cosas le van bien".
No suelo asistir a funerales, a pesar de que las reglas sociales aseguren que puedes faltar a cualquier ceremonia, a excepción de un funeral. Sólo voy a aquellos de personas con las que me he sentido especialmente ligada, que les haya cogido un cariño especial. Es una muestra de respeto. En alguna ocasión he asistido porque el finado era familia de alguien a quien siento muy cercano.
Me disgustan. Me disgustan los actos religiosos. Me repatea que un cura, que por regla general no sabe nada del muerto, haga un panegírico plagado de lugares comunes y esperanza en la resurrección. Me jode.
Me fastidia profundamente que trate de consolar a la familia con esa melosidad autocompasiva de los curas.
Cuando me muera, no quiero funeral. Me he ido de muchas vidas ya y muchas me han abandonado. Personas que en un momento dado significaron algo para mí y de las que ahora apenas me acuerdo. Para ellas ya estoy muerta como ellas están muertas para mí. Y no por eso se hacen funerales.
Cuando me muera que me olviden lo más rápidamente posible.
Al muerto para nada. Está muerto.
¿A la familia? Pienso que tampoco. No creo que estén para exhibiciones públicas de dolor delante de desconocidos.
Porque, a excepción de los más allegados –y esos ya se han consolado en privado- el resto de los que asisten al entierro, en el mejor de los casos, son desconocidos.
Los funerales son para los vivos. Para dejarse ver. Son un poco como aquella película francesa "Cousin, cousinne", actos en los que la gente que lleva tiempo sin relacionarse se encuentran de nuevo.
Hubo una temporada –luctuosa- en la que a un amigo mío tuve que decirle: "Fernando, tenemos que dejar de vernos así". En un mes coincidimos en tres funerales.
Se saludan, muestran su pesar por el fallecido (¡quien lo iba a decir, con lo joven que era!) o su preocupación por la familia (pobre mujer, menudo panorama que le espera)
Luego lo comentan: "Mira, ayer coincidí con fulanito en el funeral de zutanito. Parece que las cosas le van bien".
No suelo asistir a funerales, a pesar de que las reglas sociales aseguren que puedes faltar a cualquier ceremonia, a excepción de un funeral. Sólo voy a aquellos de personas con las que me he sentido especialmente ligada, que les haya cogido un cariño especial. Es una muestra de respeto. En alguna ocasión he asistido porque el finado era familia de alguien a quien siento muy cercano.
Me disgustan. Me disgustan los actos religiosos. Me repatea que un cura, que por regla general no sabe nada del muerto, haga un panegírico plagado de lugares comunes y esperanza en la resurrección. Me jode.
Me fastidia profundamente que trate de consolar a la familia con esa melosidad autocompasiva de los curas.
Cuando me muera, no quiero funeral. Me he ido de muchas vidas ya y muchas me han abandonado. Personas que en un momento dado significaron algo para mí y de las que ahora apenas me acuerdo. Para ellas ya estoy muerta como ellas están muertas para mí. Y no por eso se hacen funerales.
Cuando me muera que me olviden lo más rápidamente posible.
lunes, octubre 17, 2005
Planeta
No es la primera vez –ni será la última, seguro- que insisto en el tema de la banalización de la cultura.
El espectáculo dado el pasado fin de semana en los Premios Planeta es otra escenificación de la superficialidad de la llamada "industria cultural". Cuando la cultura es una industria, mal vamos.
Industria significa producción en serie, ventas masivas a un público indiscriminado; consumo; duración efímera. Todo ello arropado por campañas de marketing ad hoc.
El Planeta, desde hace años, está de capa caída. Ni autores de relumbrón, oras de encargo o vertiginosas dotaciones económicas han evitado que el premio haya caído en el desprestigio.
Creo que a lo largo de mi vida sólo he comprado un "planeta". Fue "Volaverunt", hace ya un montón de años y fue porque la temática me pareció atractiva. Hace un par de años me regalaron el bodrio de Carmen Posadas, "Pequeñas infamias" que fui incapaz de leer. Era malo. La historia no interesaba, el estilo era plano y aburrido ... Así que, ¿para qué perder el tiempo?
Me temo que este año Marsé ha caído en la estrategia tejida por los chicos de marketing del grupo editorial. Un premio a una cuasi desconocida, muy mona, eso sí. Es una forma de elevar el escaso interés del premio.
Un consagrado dice que la novela es mala. La chica es fotogénica y quedará estupendamente en la contraportada del volumen y el ambiente estará caldeado gracias al enfrentamiento entre ambos delante de las cámaras.
Solo falta que dentro de unos días en el "tomate" salgan unas imágenes robadas de ambos bien metiéndose mano, bien dándose de puñetazos. Sin duda, las escasas ventas previstas subirán como la espuma.
El espectáculo dado el pasado fin de semana en los Premios Planeta es otra escenificación de la superficialidad de la llamada "industria cultural". Cuando la cultura es una industria, mal vamos.
Industria significa producción en serie, ventas masivas a un público indiscriminado; consumo; duración efímera. Todo ello arropado por campañas de marketing ad hoc.
El Planeta, desde hace años, está de capa caída. Ni autores de relumbrón, oras de encargo o vertiginosas dotaciones económicas han evitado que el premio haya caído en el desprestigio.
Creo que a lo largo de mi vida sólo he comprado un "planeta". Fue "Volaverunt", hace ya un montón de años y fue porque la temática me pareció atractiva. Hace un par de años me regalaron el bodrio de Carmen Posadas, "Pequeñas infamias" que fui incapaz de leer. Era malo. La historia no interesaba, el estilo era plano y aburrido ... Así que, ¿para qué perder el tiempo?
Me temo que este año Marsé ha caído en la estrategia tejida por los chicos de marketing del grupo editorial. Un premio a una cuasi desconocida, muy mona, eso sí. Es una forma de elevar el escaso interés del premio.
Un consagrado dice que la novela es mala. La chica es fotogénica y quedará estupendamente en la contraportada del volumen y el ambiente estará caldeado gracias al enfrentamiento entre ambos delante de las cámaras.
Solo falta que dentro de unos días en el "tomate" salgan unas imágenes robadas de ambos bien metiéndose mano, bien dándose de puñetazos. Sin duda, las escasas ventas previstas subirán como la espuma.
lunes, octubre 03, 2005
Módena

Ha sido el viaje más multitudinario que hemos realizado hasta el momento. La pandilla se amplía, pero las meteduras de pata –literales- se diluyen ante un grupo tan numeroso.
De Valencia partimos siete personas. En Bolonia esperaba Pier, procedente de Barcelona, Roberto y Elená (lo pronuncian así, acentuado en la a) que venían de Roma.
En Bolonia recogimos los coches alquilados: una Galaxy y un Mondeo familiar y nos encaminamos a Módena. Allí buscamos el hotel que teníamos reservado. La ciudad es pequeña, así que no había mucha pérdida, pero, claro está, nos perdimos. Finalmente paramos a preguntar y ... como suele ocurrir en estos casos, el hotel estaba a 30 metros de dónde estábamos. ¡Qué ridículo!
La excursión descendió de los coches y se registró en el hotel. ¡Por fin un hotel italiano decente! Mucha parafernalia, eso sí. Se trata de un antiguo convento reconvertido en hostería, con techos pintados, grandes cuadros en las paredes, suelos de pórfido pulido ... y habitaciones enanas.
La alegre muchachada se dispuso a cenar, a excepción de Maitena que viajaba con un considerable catarro y prefirió atiborrarse de medicamentos y sudar en la cama.
Durante el viaje entre Bolonia y Módena Pier había estado negociando la reserva, que cambió dos veces. Finalmente acabamos en la Osteria Ruggero, que había tenido la deferencia de reservarnos una mesa para diez en su coqueta terraza. Así podíamos fumar. Todo un detalle.
La cena fue magnífica. El antipasto abundante y la pasta sensacional. Lo jodido fue que los chicos se empeñaron en pedir Lambrusco de vino ¿Alguien puede entender que guste esa especie de donsimón con gaseosa?
Con la excusa de que el Lambrusco es el vino típico de la región nos estuvieron vendiendo el artículo de forma descarada.
Paseando por las calles empedradas vinos un mercado –a esas horas cerrado- que resultaba francamente bonito a la luz de las farolas. Desde una calle se veía el Duomo y la punta del campanario de la catedral. Dejamos la visita turística para otro momento y nos fuimos a dormir.
Al día siguiente cogimos el tren a Bolonia. Los trenes en Italia son larguísimos, como mercancías de esos que salen en las películas americanas. En 20 minutos estábamos en la estación de Bolonia, que siempre me da mala espina ya que me recuerda aquel atentando salvaje que perpetraron las Brigadas Rojas.
Compramos billetes de autobús para ir a nuestras labores y, metedura de pata. Alicia la mete, se cae de rodillas. Ya tenemos más bajas. De momento puede andar, pero cuando llegamos no puede doblar la pierna. La llevamos hasta el botiquín y allí se empeñan en mandarla al hospital. Se niega en redondo. Al final le dan una pomada antiinflamatoria y unas pastillas. Da pena verla como intenta andar. Encima se ha puesto tacones.
Nos encontramos con otro compañero que lleva dos días en Bolonia. Eugenio nos muestra algunos de los aspectos que nos interesan y al final de la jornada quedamos para tomarnos una cerveza en San Pancracio.
Al subir al autobús que nos lleva al centro Eugenio grita: "¡Las carteras!" Tenemos a un grupo de carteristas entre nosotros, acabaremos identificándolos porque a lo largo de tres días coincidiremos varias veces con ellos.
Paseamos por Independenzia hasta San Pancracio. Gisela y yo vamos mirando escaparates y yo compro un encargo que me han hecho. En la plaza cumplo un deseo que llevo demorándolo un año. En la plaza hay una sombrerería. En el anterior viaje ví un sombrero precioso, pero el establecimiento estaba cerrado, así que supuso un ahorro.
Pero hoy está abierto. Gisela me acompaña y me pruebo distintos colores. Al final me decido por uno azul agrisado, francamente elegante y que me queda muy bien.
Tomamos nuestras cervezas y regresamos a Módena. En esta ocasión es Alicia la que no se suma a la cena, debido a los dolores en la rodilla. Vamos a otro restaurante muy cerca del de la primera noche, también en la terraza. Esta es más grande, está en un jardín cuidado con la estatua de una mujer desnuda en el centro. Nos dan como alternativa pasta o fileto florentina. La mitad pedimos carne. Nos ponen una chuleta de brontosaurio por cabeza, imposible de engullir, a pesar de que casi nadie ha comido a mediodía.
Y, de nuevo, el maldito Lambrusco. Gisela y yo exigimos cerveza y nos sacan: ¡San Miguel!
Al día siguiente gran alboroto a la hora del desayuno. Elená tenía una nota en su habitación que habían pasado debajo de la puerta. Estaba escrita en papel con membrete del hotel. Más o menos decía: "Ayer no pude evitar ver el número de tu habitación en la llave (estos italianos están un poco atrasados en lo de las llaves magnéticas) Quiero decirte que me pareces una mujer preciosa y me gustaría conocerte" A continuación iba un teléfono móvil indudablemente español y de Vodafone.
Roberto propone llamar él y decirle: "Soy el marido de "la mujer preciosa", ¿qué te parece si nos vemos?" Y así, entre bromas y risas –con Elená ruborizada- partimos hacia Bolonia de nuevo.
Ese día es un lío. El grupo vuelve fragmentado a Módena, algunos se quedan a cenar en Bolonia. Aprovechamos para realizar las compras en Tamburini: bresaola, mozarella di buffala y pasta fresca. Nos lo empaquetan todo muy bien, como si fueran regalos caros.
Cuando llegamos a Módena aprovechamos que las tiendas están todavía abiertas para dar un paseo por la ciudad. Gisela y yo vemos unas botas PRECIOSAS.
- ¿Cuánto valen?, pregunta Gisela.
- Prada, contesto.
Y se da la conversación por terminada. En un cartel escrito con una letra microscópica aparece el precio que es casi nuestro sueldo mensual.
Seguimos el paseo. Vemos una chaqueta azul que nos deja boquiabiertas en un escaparate al otro lado de la calle. Cruzamos a toda prisa. No hay peligro, prácticamente solo circulan bicicletas.
- No mires, Gisela, es Gucci.
Y debajo de la chaqueta las botas más bonitas que he visto en mi vida. Y las más caras también.
Toda la calle está plagada de tiendas de lujo. Hay una pequeñita y realmente preciosa. Se llama L’Stilografica. Pienso que es un establecimiento de plumas, pero no, es de lencería, la más delicada que pueda imaginarse. En el escaparate un pijama de seda verde agua. Me recuerda a Katharine Hepburn en Historias de Filadelfia.
Paseamos por el Duomo. La música sale de la catedral. Están ensayando. Un cartel anuncia el concierto de órgano dentro de un par de horas con la orquesta de Rávena. La enorme plaza está a medio desmontar de algún espectáculo deportivo.
Nos fijamos en el campanile. ¡Vive dios! ¡Estos italianos no saben construir torres derechas! Esta está tumbada también. Ya conozco tres: la más famosa, Pisa; la pequeña de Bolonia y ahora la Giroldina de Módena.
Nos ha dado tiempo también de pasar por el mercadito antes de volver al hotel y arreglarnos para la cena. Me pongo un vaquero, la camiseta del demonio (con rabo trasero incluído) una chaqueta de raya diplomática y ... mi sombrero.
Esta vez es una cena reducida. Pier, Alicia –recuperada de su caída-, Gisela y yo. Los que no se han quedado a cenar en Bolonia prefieren ver el fútbol en la pantalla gigante del salón del hotel.
Vamos a la Osteria Ruggero de la primera noche. La dueña se acuerda de nosotros y nos saluda muy amable. Me dice que el sombrero me queda perfecto, que le gusta muchísimo.
Esta vez pedimos vino de verdad y no mariconadas.
Es nuestro último día. Después de desayunar hacemos el equipaje que ahora pesa bastante más, al menos el mío. En la maleta van varios kilos de revistas y catálogos. Subimos a los coches, de nuevo vamos con Pier. El trayecto hasta el aeropuerto es de lo más animado. Pier habla por teléfono y gesticula mientras conduce. Parece como si quisiera asustarnos. Cuando no hace eso, insulta a los otros conductores: "¡Patatina!" les grita.
Pasamos por una carretera en obras. El único carril disponible se usa alternativamente. El encargado de cortar o dar paso –nos toca pasar a nosotros- habla por el "telefonino" y fuma un cigarro. A su espalda se acumula una cola de vehículos que supera los dos kilómetros. Y el tan pancho.
En el peaje de la autopista Pier se desfoga contra los que no llevan monedas, por la tardanza en pasar el torno ... Asegura que se comprará un bazooka y acabará con todos ellos. Ni que tuviéramos prisa.
Dejamos los vehículos de alquiler y cuando entramos en la terminal anuncian la salida de un vuelo a Barcelona anterior al que tiene Pier. Se apresura, quedan plazas libre y cambia su billete. Ni siquiera le da tiempo a despedirse.
Dos horas más tarde aterrizamos en Manises.
lunes, septiembre 19, 2005
Tokio Blues

Terminé hace un par de días la novela de Haruki Murakami. Me gustó, pero encontré varias incongruencias que, por lo reiteradas, dudo si son lapsus del autor o están puestas a propósito.
Me explico. La acción transcurre en los últimos años de la década de los 60. En un capítulo se habla de que el protagonista, Watanabe, está escuchando un ¡cd! Y si la memoria no me engaña la tecnología cd es de 1982.
En otro capítulo, hablando con su medio novia, medio amiga Midori, se cita "fundas para móviles" cuando, obviamente, tampoco podían existir en la década de los 60.
No creo que un autor que ronda la cincuentena pueda cometer esos errores.
martes, septiembre 06, 2005
Susto

Nos pegamos mutuamente unos sustos morrocotudos. Anoche, sin ir más lejos.
Subí al despacho, ya de noche. Encendí la luz. Le ví en el suelo, a escasos centímetros del pié. Él salió corriendo. Le reñí, claro:
- Hombre, tu sitio son los techos y las paredes. No corretees por el suelo que si te piso mira que disgusto nos llevamos los dos.
Entendió el mensaje porque el dragón enseguida se encaramó a la pared, el pobre, para ponerse a salvo.
martes, agosto 30, 2005
Lecturas
Con el tiempo he adquirido paciencia con los libros. Sobre todo a que cada uno de ellos tiene un ritmo de lectura propio o, más bien, debo ajustar mi ritmo de lectura a la cadencia interna del libro.
Hay novelas que exigen premura. Necesito terminarlas cuanto antes. Soy incapaz de dejarlas. Cuando acabo un capítulo me resulta perentorio iniciar el siguiente. Me reclaman toda la atención. Aquí entraría, por ejemplo, "El nombre de la rosa"
Otras, por el contrario, son un reto a la voluntad. Se me caen de las manos. Hace años concluir un libro iniciado era una cuestión de amor propio. Ahora sé que hay mucho que leer y no puedo desperdiciar el tiempo. Me he vuelto terriblemente exigente. No soporto los personajes ni las situaciones innecesarias, los rellenos, la escritura sin objetivo que no hace avanzar el argumento. No recuerdo quien, pero creo que fue alguien del mundo del cine, que decía que todo personaje y toda situación tienen la obligación de hacer avanzar la historia que se relata. Me abstendré de citar ningún título, puesto que la lista sería interminable.
Existen novelas que me llegan a durar años. Las tomo, las dejo, las retomo ... Es una degustación lenta. Me provocan una especie de rechazo a que se terminen y procuro demorar todo lo posible el placer de la lectura. Leo y releo el mismo párrafo, regodeándome en la perfección de las frases. Estos libros acaban provocándome un odio profundo hacia el autor basado en la envidia que me despierta su talento. En mi caso, el paradigma sería "Suttree".
También está la clase de la novela kleenex de usar y tirar. Mero divertimento, muy apropiadas para las tardes lánguidas de verano. Novelas que apenas has cerrado olvidas y que, pasado el tiempo, alguien te recomienda. Tu, tontamente, aceptas el préstamo y al segundo capítulo descubres que "te suena", pero eres incapaz de recordar trama o detalle alguno.
No debo olvidar aquellas que sin motivo racional aparente despiertan los más atávicos temores. Su lectura se convierte en vértigo, atracción y repulsión. Recuerdo dos textos que tuve que abandonar, y todavía carezco de una explicación racional a esa rendición. Una fue la segunda parte de "El señor de los anillos" y la otra fue "Los mitos de Cthulhu".
Y, para terminar, están las novelas a las que me dirijo cada cierto tiempo. Una especie de remanso. Sé que nunca me van a defraudar y que aunque las haya leído varias veces, seguirán sorprendiéndome. Citaré, y sé que me repito, "Bomarzo" y "El Unicornio", pero también vuelvo siempre a un texto procedente de una serie británica de televisión y que, a pesar de los años, tiene una vigencia estremecedora: "Sí, ministro".
Hay novelas que exigen premura. Necesito terminarlas cuanto antes. Soy incapaz de dejarlas. Cuando acabo un capítulo me resulta perentorio iniciar el siguiente. Me reclaman toda la atención. Aquí entraría, por ejemplo, "El nombre de la rosa"
Otras, por el contrario, son un reto a la voluntad. Se me caen de las manos. Hace años concluir un libro iniciado era una cuestión de amor propio. Ahora sé que hay mucho que leer y no puedo desperdiciar el tiempo. Me he vuelto terriblemente exigente. No soporto los personajes ni las situaciones innecesarias, los rellenos, la escritura sin objetivo que no hace avanzar el argumento. No recuerdo quien, pero creo que fue alguien del mundo del cine, que decía que todo personaje y toda situación tienen la obligación de hacer avanzar la historia que se relata. Me abstendré de citar ningún título, puesto que la lista sería interminable.
Existen novelas que me llegan a durar años. Las tomo, las dejo, las retomo ... Es una degustación lenta. Me provocan una especie de rechazo a que se terminen y procuro demorar todo lo posible el placer de la lectura. Leo y releo el mismo párrafo, regodeándome en la perfección de las frases. Estos libros acaban provocándome un odio profundo hacia el autor basado en la envidia que me despierta su talento. En mi caso, el paradigma sería "Suttree".
También está la clase de la novela kleenex de usar y tirar. Mero divertimento, muy apropiadas para las tardes lánguidas de verano. Novelas que apenas has cerrado olvidas y que, pasado el tiempo, alguien te recomienda. Tu, tontamente, aceptas el préstamo y al segundo capítulo descubres que "te suena", pero eres incapaz de recordar trama o detalle alguno.
No debo olvidar aquellas que sin motivo racional aparente despiertan los más atávicos temores. Su lectura se convierte en vértigo, atracción y repulsión. Recuerdo dos textos que tuve que abandonar, y todavía carezco de una explicación racional a esa rendición. Una fue la segunda parte de "El señor de los anillos" y la otra fue "Los mitos de Cthulhu".
Y, para terminar, están las novelas a las que me dirijo cada cierto tiempo. Una especie de remanso. Sé que nunca me van a defraudar y que aunque las haya leído varias veces, seguirán sorprendiéndome. Citaré, y sé que me repito, "Bomarzo" y "El Unicornio", pero también vuelvo siempre a un texto procedente de una serie británica de televisión y que, a pesar de los años, tiene una vigencia estremecedora: "Sí, ministro".
miércoles, agosto 24, 2005
Objetos invasores

Ayer recibí una de las revistas que más me gustan. Parece una banalidad, porque se trata de una revista de decoración, pero su director es uno de los periodistas más lúcidos que conozco y aprecio sus opiniones tanto como desprecio las de otros plumillas que puedan gozar de prestigio político o cultural.
En el último número, el 100, recoge la opinión de varias personas sobre la casa. Benedetta Tagliabue, una arquitecta de mucho fuste, afirma: "A veces el ejercicio más difícil es mantenerla limpia. Es un poco complicado porque tienes que retirar objetos que te recuerdan trozos de tu vida".
¡Y qué razón tiene!
Eso se aprecia, especialmente, cuando realizas una mudanza. Llevo a mis espaldas un buen número de ellas, así que tengo conocimiento de causa más que sobrado.
Dice Quignard -ya sé que estoy un poco pelma con él- que las cosas tienen alma y que eso se aprecia cuando nos cambiamos de casa. "Las mudanzas -dice- son experiencias mágicas violentas.
"Descubrimos que no podemos tirar eso a la basura. (Eso designa cualquier espanto que, sin embargo, está destinado a la basura)
(...)
"Las mudanzas en casas antiguas -prosigue- son homicidios".
Cuando empiezas a empaquetar las cosas surgen infinidad de dudas. ¿Me llevo este jarrón? Es horroroso, pero es un regalo de (póngase aquí el nombre que se estime oportuno) y si viene de visita y no lo ve ...
¿Cuántas cosas que detestamos habitan en nuestra casa? Cosas que nosotros no hemos elegido y que conservamos por un estúpido sentimiento de no herir la sensibilidad del oferente. Cuando son ellos los que ofenden nuestra sensibilidad, qué demonios.
Recuerdo un caso. Tras dar una conferencia en un congreso, los organizadores regalaron a mi marido la más horrorosa porcelana que puede concebirse. Durante meses albergamos la esperanza de que nos invitaran a alguna de esas bodas de compromiso de asistencia prescindible, pero no se produjo el milagro. Finalmente, y comportándonos como padres irresponsables, hicimos de la figurita del demonio un juguete infantil. Mi hija –contra todo pronóstico- la trató con suma delicadeza.
Ni siquiera la más torpe de las asistentas –especializada en romper platos de la vajilla buena y lámparas tizio de precio escandaloso- perpetró atentado alguno contra el objeto detestado.
Finalmente, la porcelana recalcitrante acabó, entera, en el cubo de la basura.
Aborrezco lo superfluo y sin embargo he sido incapaz de mantener mi casa libre de esas abominaciones, aunque su presencia es bastante limitada. Y reconozco, por otro lado, cierta fascinación por lo kitsch. De hecho tengo varios libros, incluso el canónigo de Gillo Dorfles.
(La foto es de Benedetta)
lunes, agosto 22, 2005
La secta de los libros
Dice Pascal Quignard:
“Los que aman ardientemente los libros constituyen, sin saberlo, la única sociedad secreta excepcionalmente individualizada. Sin que lleguen a encontrarse nunca, se parecen gracias a la curiosidad por todo y a un disociación sin edad.
“Sus elecciones no se corresponden nunca con las de los editores, es decir, las del mercado. Ni con las de los profesores, es decir, las del código. Ni con las de los historiadores, es decir, las del poder.
“No respetan el gusto de los demás. Prefieren alojarse en los intersticios y los repliegues, la soledad, los olvidos, los confines el tiempo, las costumbres apasionadas, las zonas de sombra, los bosques de ciervos, los cortapapeles de marfil.
“Forman por sí mismos una biblioteca de vidas breves pero numerosas. Se leen entre sí en silencio, a la luz de las velas, en un rincón de su biblioteca, mientras que la casta de los guerreros se mata estruendosamente en los campos de batalla y la de los comerciantes se devora desgañitándose bajo la luz que cae a plomo sobre las plazas de los burgos o sobre la superficie de las pantallas grises, rectangulares y fascinantes que han sustituido a esas plazas”
“Los que aman ardientemente los libros constituyen, sin saberlo, la única sociedad secreta excepcionalmente individualizada. Sin que lleguen a encontrarse nunca, se parecen gracias a la curiosidad por todo y a un disociación sin edad.
“Sus elecciones no se corresponden nunca con las de los editores, es decir, las del mercado. Ni con las de los profesores, es decir, las del código. Ni con las de los historiadores, es decir, las del poder.
“No respetan el gusto de los demás. Prefieren alojarse en los intersticios y los repliegues, la soledad, los olvidos, los confines el tiempo, las costumbres apasionadas, las zonas de sombra, los bosques de ciervos, los cortapapeles de marfil.
“Forman por sí mismos una biblioteca de vidas breves pero numerosas. Se leen entre sí en silencio, a la luz de las velas, en un rincón de su biblioteca, mientras que la casta de los guerreros se mata estruendosamente en los campos de batalla y la de los comerciantes se devora desgañitándose bajo la luz que cae a plomo sobre las plazas de los burgos o sobre la superficie de las pantallas grises, rectangulares y fascinantes que han sustituido a esas plazas”
domingo, agosto 21, 2005
Tercos
Andábamos Zynnya, Calico y esta servidora perdiendo el tiempo, hasta que dejamos de hacerlo.
Zynnya dijo contumaz
Calico, pertinaz
Yo añadí tenaz y terco
Más aportaciones, por favor.
Zynnya dijo contumaz
Calico, pertinaz
Yo añadí tenaz y terco
Más aportaciones, por favor.
lunes, agosto 01, 2005
Libros

Sigo con los libros. ¿Qué nos mueve a comprar unos títulos frente a otros?
Reconozco que en algunas ocasiones me dejo llevar por el impulso. Veo un libro en un escaparate y es como si viera unos zapatos soñados: tiene que ser mío. Así adquirí uno de los libros más bonitos que tengo. Se trata de “La enciclopedia de las cosas que nunca existieron”, un volumen deliciosamente ilustrado que, dado su tamaño, no me cabe en ninguna estantería.
También compré, por sus ilustraciones, el Libro de las Hadas. Debió ser una temporada que en la que me obsesioné con la mitología nórdica, posiblemente, gracias a “El Señor de los anillos”. Pero esa es otra historia.
Luego están aquellos libros recomendados. Durante más de tres años trabajé por las tardes, en mi época de Facultad, en una librería. Entonces, quitando La Casa del Libro, no existían las macrotiendas de libros como ahora. El cliente solía ser habitual, conocíamos sus gustos y nos solía hacer caso cuando le sugeríamos algún título.
Se construyeron así relaciones largas y de confianza.
Recuerdo que el primer libro que recomendé –fue como un bautizo de fuego- resultó ser “El beso de la mujer araña”, de Manuel Puig. Ese libro, como luego otros del mismo autor, me sedujo. Creo que vendí varias docenas del título.
Ahora también suelo hacer caso de las recomendaciones del librero de cabecera, un encantador personaje que tiene un minúsculo local atestado. La librería se llama La Máscara y tanto el librero como la librería son casi un calco de aquel primer trabajo serio que desempeñé.
Lluis, el librero, se define por su amor a los libros. Dos veces al año –por Navidad y a principios de verano- edita un folleto con títulos recomendados a los que añade unas líneas de comentario.
Me gusta porque nunca se deja arrastrar por las listas de más vendidos. Esos, qué demonios, no precisan recomendación. Y siempre surge alguna maravilla.
Su mesa de novedades es también peculiar. Como si no quisiera que determinados clientes profanasen el santuario –pero hay que hacer caja, qué demonios- amontona los Dan Brown y los Revertes al lado de la puerta. Si quieres encontrar algo interesante de verdad debes rodear la mesa. Al fondo, casi siempre, se encuentra algún ejemplar de obras que nunca aparecerán entre los libros más vendidos y que muchas veces ni siquiera son novedad editorial.
Esta digresión me conduce a la primera vez que Lluis me recomendó un libro, hace ya más de 15 años. Fue “El mundo es un pañuelo” de David Lodge, autor del que me he vuelto adicta.
Las críticas que se publican también son buenos señuelos, siempre que sean críticas y no reportajes basados en el marketing. El suplemento literario de un periódico de Valencia suele hacer recomendaciones muy oportunas y siempre alejadas de lo que a la industria editorial le interesa en ese momento. PostData, que así se llama el suplemento, me ha descubierto autores de mucho mérito, como Pasqal Quignard o Tristan Egolf.
El cuidado en la edición es otro de los motivos que me impulsan a adquirir un libro. Admiro las ediciones de Siruela –firma de la que me enorgullezco en poseer El Diccionario de los Símbolos, de Cirlot- y de Valdemar.
Me gustan las editoriales que se salen de lo trillado, como El Acantilado o Lengua de Trapo.
Y detesto profundamente las grandes superficies que dicen dedicarse a la cultura. No soporto Crisol, ni FNAC ni El Corte Inglés. Sin embargo La Casa del Libro sigue conservando ese olor un poco polvoriento a amor por las letras, aunque me quedo con La Máscara.
Mi aversión a estos comercios va desde la estética –la exhibición de volúmenes como si fueran sacos de patatas de oferta en el Carrefour- hasta la ignorancia inaudita de los dependientes. Un día en el Corte Inglés me enfadé muchísimo. Me atendía una señorita que vendía libros peor que si vendiera medias. Seguro que tenía más conocimiento sobre medias. Le pedí un libro de Mark Twain, del que llevaba la referencia completa y me soltó un “Es un libro de esoterismo, ¿no?”. Casi me la como. Me reprimí y contesté: “Señorita, es un clásico de la literatura americana. Me sorprende que no lo conozca”.
Me dí media vuelta y me dirigí a mi querida Máscara, donde no tuve que explicar quien era Mark Twain.
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