Continuo con mi costumbre de releer, costumbre alentada por la indigencia editorial que nos invade. Desde que empezó el año he comprado dos libros: lo último de Coetzee y una aventura más de Wilt.
“Verano” de Coetzee no defrauda, pero Tom Sharpe ya no es el que era.
Pero a lo que íbamos, lo de releer. Después de zamparme todo lo que habita mis estanterías firmado por Gerald Durrell y recuperar a Manuel Puig, pensé en dar un giro a mis lecturas y no se me ocurrió nada mejor que emprenderla con …. (redoble de tambores, porque esto es para no creérselo) “1.080 recetas de cocina” de Simone Ortega.
Pellízquense si quieren, pero cierto como que hoy es el Día del Padre y hasta aquí, en medio de los huertos de naranjos, llega el sonido de los petardos, que el diablo los lleve.
Pues decía que me apalanqué el célebre libro de recetas. Es el tercer -o cuarto, ya no recuerdo- ejemplar que tengo. El uso de sus predecesores les hizo inservibles con los años: hojas sueltas, lamparones de grasa o salsa de tomate … en fin, que habían cumplido su labor.
Este último ejemplar, por el contrario, ha sido especialmente editado al cumplirse los 40 ó 50 años, ahora no recuerdo, de su primera edición: tapas duras, hojas cosidas en lugar de pegadas, papel de calidad, sobrecubierta de plástico transparente … un lujo, vamos.
Con Simone Ortega muchas mujeres y algún hombre de mi generación aprendieron los rudimentos culinarios. Confieso que ahora ya lo uso poco, motivo por el cual el ejemplar actual está impoluto.
Regresemos al objeto de este post, que me desvío. Lo dicho, decidí releerlo, tras lo cual no me queda más remedio que aconsejar a Alianza Editorial que, pordios, le hagan una revisión a fondo.
Me explico, Simone Ortega era, creo recordar, de origen alsaciano, aunque nacida en España. De sus ancestros, digo yo, debe ser su absoluta predilección por la mantequilla. No hay receta que no incluya, como mínimo, 50 gramos de mantequilla. O bien quería acabar con los excedentes franceses.
Así que, dada la histeria anticolesterol que nos invade y para estar conforme a las recomendaciones de los galenos y nutricionistas, bien vendría sustituir esas ya no montañas, sino cordilleras de mantequilla por el más racial y sano aceite de oliva. Cuestión que, sin duda, agradecerá la industria olivarera española.
Pero la revisión editorial no debe quedarse ahí. Las recetas están todas calculadas para 6 personas, que venía a ser habitual en los hogares de los años 60, pero hoy me temo que ha descendido sensiblemente. Así que, siendo generosos, las cantidades que indica hay que dividirlas por dos. Eso sin tener en cuenta que las comidas copiosas que antes se trasegaban también han sufrido un virulento retoque.
Hay recetas que son realmente curiosas. En una de ellas explica que se necesitan “759 gramos de garbanzos”. Ni 750 ni 760. Exactamente 759 gramos de garbanzos que, digo yo, si te pasas con un gabriel se estropea la receta. Pero no contenta con esta exactitud, Ortega nos indica entre paréntesis: “resto de cocido”.
¡Resto de cocido! Pues debía de ser el cocido de las bodas de Camacho. No le encuentro otra explicación.
Hay bastantes más detalles, como aquel que señala que hay que cubrir la masa “con algo grueso” para indicar a continuación: “por ejemplo, un paño fino o lo que se tenga a mano”. Una suegra o algo así, añado yo.
En fin, que me estoy convirtiendo en una crítica de libros de cocina. No sé si dejar esta nueva afición o cambiar a la crítica de labores de punto.
sábado, marzo 19, 2011
sábado, febrero 26, 2011
De vuelta al tajo
El asueto ha durado poco. En realidad no ha habido asueto. Entre papeleo, visitas al abogado, al INEM, a la ex empresa –siempre quedan papeles por firmar-, entrevistas de trabajo, más entrevistas de trabajo, pruebas y posibilidades diversas a evaluar, no he tenido mucho tiempo libre. Es más, empezaba a estar agobiada de tantas cosas como se acumulaban.
Y cuando todo parecía que se calmaba, zas, me sale trabajo. Llevo una semana, lo que quiere decir que con aprenderme el nombre de la gente que está a mi alrededor y buscarme faena, ya tengo bastante.
No está nada mal. El sueldo, psss, pero mejorará en menos de un año. El horario a la americana, de 8 a 17:30 con media hora para comer y los viernes, salida a las 15:00 hs, siempre que no tengas inglés, que lo tengo. Así que dos horitas más.
Encima está al ladito de casa. Bueno estaría al ladito si existiera una acera decente, o un caminito medianamente transitable, pero en lugar de eso sólo existen solares a medio construir y cercados. Dada mi precaria movilidad es un poco temerario ponerse a trepar por terraplenes cual cabra montés, así que el rodeo que tengo que dar desde mi casa hasta el trabajo es más largo de lo que me gustaría.
Que no me gusta, pues la extrema seguridad. No se puede entrar a ninguna dependencia sin tarjeta magnética y las tarjetas están codificadas de forma que sólo algunos pueden acceder a determinadas áreas.
Y para salir tres cuartos de lo mismo. Me tiré un par de días sin la dichosa tarjeta y cada vez que iba al baño o a por un café tenía que asomarme a los cristales y golpear para que alguien me abriera, como un perrillo abandonado. Ahora ya entro y salgo con toda ¿normalidad?, porque la mayoría de las veces se me olvida que para abrir una puerta, antes tengo que activar un pulsador … y allí estoy, peleándome con el picaporte hasta que recuerdo la existencia del dichoso pulsador.
La obsesión por la seguridad es brutal. Por ejemplo, las páginas de internet están en su mayoría prohibidas, No hay acceso a correo web ni a los periódicos. Los ordenadores carecen de lectores de cd/dvd y para utilizar una memoria usb poco menos que les someten –a las memorias- a un interrogatorio de tercer grado.
Eso sí, me han dado de alta como personal investigador en la web del ministerio de ciencia y tecnología. Eso es clase, digo yo.
Y cuando todo parecía que se calmaba, zas, me sale trabajo. Llevo una semana, lo que quiere decir que con aprenderme el nombre de la gente que está a mi alrededor y buscarme faena, ya tengo bastante.
No está nada mal. El sueldo, psss, pero mejorará en menos de un año. El horario a la americana, de 8 a 17:30 con media hora para comer y los viernes, salida a las 15:00 hs, siempre que no tengas inglés, que lo tengo. Así que dos horitas más.
Encima está al ladito de casa. Bueno estaría al ladito si existiera una acera decente, o un caminito medianamente transitable, pero en lugar de eso sólo existen solares a medio construir y cercados. Dada mi precaria movilidad es un poco temerario ponerse a trepar por terraplenes cual cabra montés, así que el rodeo que tengo que dar desde mi casa hasta el trabajo es más largo de lo que me gustaría.
Que no me gusta, pues la extrema seguridad. No se puede entrar a ninguna dependencia sin tarjeta magnética y las tarjetas están codificadas de forma que sólo algunos pueden acceder a determinadas áreas.
Y para salir tres cuartos de lo mismo. Me tiré un par de días sin la dichosa tarjeta y cada vez que iba al baño o a por un café tenía que asomarme a los cristales y golpear para que alguien me abriera, como un perrillo abandonado. Ahora ya entro y salgo con toda ¿normalidad?, porque la mayoría de las veces se me olvida que para abrir una puerta, antes tengo que activar un pulsador … y allí estoy, peleándome con el picaporte hasta que recuerdo la existencia del dichoso pulsador.
La obsesión por la seguridad es brutal. Por ejemplo, las páginas de internet están en su mayoría prohibidas, No hay acceso a correo web ni a los periódicos. Los ordenadores carecen de lectores de cd/dvd y para utilizar una memoria usb poco menos que les someten –a las memorias- a un interrogatorio de tercer grado.
Eso sí, me han dado de alta como personal investigador en la web del ministerio de ciencia y tecnología. Eso es clase, digo yo.
jueves, febrero 17, 2011
Necesito tiempo libre
Después del cabreo, ahora estoy inmersa en papeleo. Porque esto ha sido un no parar, que si firmar papeles, que si presentar papeles, que si entrevistas … Joer con la ajetreada vida del recién parado, si es que era un estrés insoportable.
Hay cosas que de pronto descubres, como las oficinas del paro, o del INEM, o del Servef o lo que demonios sean. Ganas de cambiar de nombre a las cosas para que no parezcan lo que son: oficinas del paro.
Pues fue una experiencia inolvidable y me pidieron documentos que incluso he leído en alguna parte que ya no se expiden, como el Libro de Familia. ¡El libro de familia! Tuve que volver a casa y buscarlo, alargando un poco más de lo necesario la tramitación de la prestación por desempleo.
Porque lo de darte de alta como demandante de empleo es fácil y rápido, pero lo de pedir que te paguen por no hacer nada lleva otro ritmo … y muchos papeles. Total, toda una mañana en la oficina, y mira que no paraban.
Como la espera es larga y fui tan imprudente de no llevarme nada para leer, me dediqué a observar al personal. Había marroquíes para aburrir; también había sudamericanos, pero los marroquíes ganaban por goleada.
No contentos los del paro con darme de alta y recoger la solicitud de págueme usté el paro, primo, mire que no tengo na que darles a los shurumbeles, me fijan una entrevista “en profundidad” a la que tengo que acudir con más papeles: títulos académicos, vida laboral, cartilla de la seguridad social, currículum …en fin, la cuestión es tenerme entretenida.
Luego la ex empresa ha contratado a un intermediador de esos para que, se supone, nos recoloquen. Y tiene una pinta como para salir corriendo. Me han citado ya dos veces y todavía la propia que me han asignado no sabe qué hacer conmigo. Bueno, en realidad creo que ella no sabe qué hacer. Me huele a un sacacuartos. Dice que me va a enseñar cómo hacer entrevistas.
Otra cosa que me dijo es que tengo que activar “mi red de relaciones”, que vengo a interpretar como que ponga a mi familia, amigos y conocidos a buscarme trabajo. Eso tan socorrido de “oye, si sabes de algo …” Y digo yo, ¿esta pretende cobrar por que mis amistades o yo misma encuentre trabajo? Hay que echarle morro a la vida.
La cuestión es que tengo ya algunas ofertas de trabajo. Unas van en serio y otras no llegan a mileurista, se quedan en quinientoseurista, pero por lo menos me tendrán entretenida y podré aprender algunas cosillas.
Luego están los cursos que quiero hacer y que, desgraciadamente, son carísimos y los que resultan asequibles no tienen titulación oficial. No digo que no sean útiles, sino que no servirán para acreditar oficialmente el conocimiento. Ya se sabe que en este país sufrimos una enfermedad endémica llamada titulitis.
Y en esas ando. Espero que dentro de poco vuelva a tener obligaciones laborales y, por tanto, disponga de un poco de tiempo para escribir, porque esto del paro me lleva muchísimo tiempo.
Hay cosas que de pronto descubres, como las oficinas del paro, o del INEM, o del Servef o lo que demonios sean. Ganas de cambiar de nombre a las cosas para que no parezcan lo que son: oficinas del paro.
Pues fue una experiencia inolvidable y me pidieron documentos que incluso he leído en alguna parte que ya no se expiden, como el Libro de Familia. ¡El libro de familia! Tuve que volver a casa y buscarlo, alargando un poco más de lo necesario la tramitación de la prestación por desempleo.
Porque lo de darte de alta como demandante de empleo es fácil y rápido, pero lo de pedir que te paguen por no hacer nada lleva otro ritmo … y muchos papeles. Total, toda una mañana en la oficina, y mira que no paraban.
Como la espera es larga y fui tan imprudente de no llevarme nada para leer, me dediqué a observar al personal. Había marroquíes para aburrir; también había sudamericanos, pero los marroquíes ganaban por goleada.
No contentos los del paro con darme de alta y recoger la solicitud de págueme usté el paro, primo, mire que no tengo na que darles a los shurumbeles, me fijan una entrevista “en profundidad” a la que tengo que acudir con más papeles: títulos académicos, vida laboral, cartilla de la seguridad social, currículum …en fin, la cuestión es tenerme entretenida.
Luego la ex empresa ha contratado a un intermediador de esos para que, se supone, nos recoloquen. Y tiene una pinta como para salir corriendo. Me han citado ya dos veces y todavía la propia que me han asignado no sabe qué hacer conmigo. Bueno, en realidad creo que ella no sabe qué hacer. Me huele a un sacacuartos. Dice que me va a enseñar cómo hacer entrevistas.
Otra cosa que me dijo es que tengo que activar “mi red de relaciones”, que vengo a interpretar como que ponga a mi familia, amigos y conocidos a buscarme trabajo. Eso tan socorrido de “oye, si sabes de algo …” Y digo yo, ¿esta pretende cobrar por que mis amistades o yo misma encuentre trabajo? Hay que echarle morro a la vida.
La cuestión es que tengo ya algunas ofertas de trabajo. Unas van en serio y otras no llegan a mileurista, se quedan en quinientoseurista, pero por lo menos me tendrán entretenida y podré aprender algunas cosillas.
Luego están los cursos que quiero hacer y que, desgraciadamente, son carísimos y los que resultan asequibles no tienen titulación oficial. No digo que no sean útiles, sino que no servirán para acreditar oficialmente el conocimiento. Ya se sabe que en este país sufrimos una enfermedad endémica llamada titulitis.
Y en esas ando. Espero que dentro de poco vuelva a tener obligaciones laborales y, por tanto, disponga de un poco de tiempo para escribir, porque esto del paro me lleva muchísimo tiempo.
miércoles, febrero 02, 2011
Yo también contribuyo a las estadísticas
He tenido pocas ganas de escribir últimamente. Mi cabeza estaba en otras cosas, no en hacer comentarios intrascendentes de cualquier nimiedad que se me ocurriera.
Hoy, 2 de febrero, puedo proclamar que contribuyo a los 4.231.003 desempleados de este país. He sido agraciada con un ERE que mi empresa con total impunidad ha aplicado a un tercio de la plantilla. Bueno, a un tercio en términos literales, pero si quitamos comité de empresa, ex comité de empresa, delegados sindicales, hijos, sobrinos y demás parientes, la cosa se reducía a un tu sí, tu no. O sea, el 50%.
El anuncio del ERE se hizo en el momento más propicio de la empresa. Se comunicó al comité de empresa cuando éste fue a presentarse a la dirección tras las elecciones sindicales que tuvieron lugar a finales de noviembre.
Y allí estaban ellos, tan contentos, con su lista de reivindicaciones que ríase usted de la CNT y las primitivas CC.OO.: conciliación familiar, cursos de formación, planes de promoción interna ... todo eran flores primaverales y tan felices que se las prometían. Que no era cuestión de ponerse pesados con los salarios, que la cosa está muy malita.
Me imagino que a la dirección le dió un ataque de risa que casi se rompe el culo. Incautos.
De modo que la primera acción del nuevo comité de empresa fue limparse el culo con sus reivindicaciones y anunciar a la plantilla que pintaban bastos, pero bastos-bastos.
Empezó la negociación y de pronto nos dimos cuenta los empleados que los abogados de los sindicatos estaban como locos por firmar. Vamos, que poco menos que aquello era un regalo bendito. La cosa estuvo muy bien, pues mientras la empresa conminaba a mantener las negociaciones en un plano de máxima discreción -más bien oscurantismo- al día siguiente leíamos en los periódicos todos los detalles.
Y llegó el gran día, la asamblea para aprobar el dichoso ERE. Los miembros del comité sin padre ni madre ni perrito que les ladre -que, digo yo, Manolete, si no sabes torear pa qué te metes-, los de los sindicatos al uso, a excepción de la CGT, diciendo que el acuerdo era mejor imposible, aunque lamentablemente no se había conseguido reducir el número de afectados.
Ni plantearse reducciones de jornada, rotaciones ni otras fórmulas al uso, a la calle. Todo ello sin conocer la lista de agraciados, a excepción de los prejubilados y ¡jubilados!. Sí, porque había un grupo de mayores de 65 años que, por motivos para la gran mayoría desconocidos, pero no para todos, habían pasado olímpicamente del bien merecido retiro. Que yo sepa, hasta que vuelva a modificarse la legislación laboral, la jubilación en este país es voluntaria.
Pues eso. Votación a mano alzada y, salvo los recalcitrantes de toda la vida, ERE aprobado por los pringaos de los afectados.
Una vez pasado el trámite, cogimos un listín de teléfonos y empezamos a tachar aquellos que por motivos extralaborales tenían toda la pinta de estar a salvo. Y ocurrió lo que nos temíamos, uno sí, uno no. Vamos, que a servidora le tocaba sí o sí. Concurrían en mi persona todos los requisitos adversos: sin familia influyente; una antigüedad elevada; carácter espinoso ... Y así fué.
La empresa, generosa ella, desde el momento en que nos comunicó la lista de la lotería nos concedió permiso retribuído. En dos ratos recogí mis cosas y puse al día a un par de compañeros de lo más urgente, porque se avecinaba una tormenta de trabajo de grado 4 y, al menos, darles las claves para que puedan manejar el marrón lo mejor posible. Que encima son buena gente.
Hoy firmé el finiquito. Ya les he dicho que cada consulta por correo o por teléfono generará una factura de 100 euros.
A partir de ahí, el acabose
Hoy, 2 de febrero, puedo proclamar que contribuyo a los 4.231.003 desempleados de este país. He sido agraciada con un ERE que mi empresa con total impunidad ha aplicado a un tercio de la plantilla. Bueno, a un tercio en términos literales, pero si quitamos comité de empresa, ex comité de empresa, delegados sindicales, hijos, sobrinos y demás parientes, la cosa se reducía a un tu sí, tu no. O sea, el 50%.
El anuncio del ERE se hizo en el momento más propicio de la empresa. Se comunicó al comité de empresa cuando éste fue a presentarse a la dirección tras las elecciones sindicales que tuvieron lugar a finales de noviembre.
Y allí estaban ellos, tan contentos, con su lista de reivindicaciones que ríase usted de la CNT y las primitivas CC.OO.: conciliación familiar, cursos de formación, planes de promoción interna ... todo eran flores primaverales y tan felices que se las prometían. Que no era cuestión de ponerse pesados con los salarios, que la cosa está muy malita.
Me imagino que a la dirección le dió un ataque de risa que casi se rompe el culo. Incautos.
De modo que la primera acción del nuevo comité de empresa fue limparse el culo con sus reivindicaciones y anunciar a la plantilla que pintaban bastos, pero bastos-bastos.
Empezó la negociación y de pronto nos dimos cuenta los empleados que los abogados de los sindicatos estaban como locos por firmar. Vamos, que poco menos que aquello era un regalo bendito. La cosa estuvo muy bien, pues mientras la empresa conminaba a mantener las negociaciones en un plano de máxima discreción -más bien oscurantismo- al día siguiente leíamos en los periódicos todos los detalles.
Y llegó el gran día, la asamblea para aprobar el dichoso ERE. Los miembros del comité sin padre ni madre ni perrito que les ladre -que, digo yo, Manolete, si no sabes torear pa qué te metes-, los de los sindicatos al uso, a excepción de la CGT, diciendo que el acuerdo era mejor imposible, aunque lamentablemente no se había conseguido reducir el número de afectados.
Ni plantearse reducciones de jornada, rotaciones ni otras fórmulas al uso, a la calle. Todo ello sin conocer la lista de agraciados, a excepción de los prejubilados y ¡jubilados!. Sí, porque había un grupo de mayores de 65 años que, por motivos para la gran mayoría desconocidos, pero no para todos, habían pasado olímpicamente del bien merecido retiro. Que yo sepa, hasta que vuelva a modificarse la legislación laboral, la jubilación en este país es voluntaria.
Pues eso. Votación a mano alzada y, salvo los recalcitrantes de toda la vida, ERE aprobado por los pringaos de los afectados.
Una vez pasado el trámite, cogimos un listín de teléfonos y empezamos a tachar aquellos que por motivos extralaborales tenían toda la pinta de estar a salvo. Y ocurrió lo que nos temíamos, uno sí, uno no. Vamos, que a servidora le tocaba sí o sí. Concurrían en mi persona todos los requisitos adversos: sin familia influyente; una antigüedad elevada; carácter espinoso ... Y así fué.
La empresa, generosa ella, desde el momento en que nos comunicó la lista de la lotería nos concedió permiso retribuído. En dos ratos recogí mis cosas y puse al día a un par de compañeros de lo más urgente, porque se avecinaba una tormenta de trabajo de grado 4 y, al menos, darles las claves para que puedan manejar el marrón lo mejor posible. Que encima son buena gente.
Hoy firmé el finiquito. Ya les he dicho que cada consulta por correo o por teléfono generará una factura de 100 euros.
A partir de ahí, el acabose
lunes, enero 03, 2011
Ea, ya lo he dicho
Están pesadísimos con Javier Bardem. Empieza el año y, por supuesto, están ya las listas de candidatos al Oscar y otros premios que se otorgan en las inmediaciones temporales: goyas, globos de oro ... Y ahí está Javier Bardem, del que oigo decir verdaderas tonterías: el nuevo Marlon Brando, el nuevo Al Pacino.
Que si es la mar de atractivo ... Lo es, si a una le gusta el look Atapuerca. Que si es un actorazo ... también debe serlo, siempre y cuando tengamos el oido adiestrado a descifrar a los que no vocalizan.
No me gusta Bardem. Me parece muy bien que quiera ir de natural, que a veces confunde con ir sucio. Me parece muy bien que quiera ir de alternativo, sobre todo cuando no tiene ningún empacho en hacer giras de promoción y alfombras rojas y todo eso.
Pues eso, ea, que no me gusta Bardem. No me gusta como acto y no me gusta como hombre. Dónde esté George ...
Que si es la mar de atractivo ... Lo es, si a una le gusta el look Atapuerca. Que si es un actorazo ... también debe serlo, siempre y cuando tengamos el oido adiestrado a descifrar a los que no vocalizan.
No me gusta Bardem. Me parece muy bien que quiera ir de natural, que a veces confunde con ir sucio. Me parece muy bien que quiera ir de alternativo, sobre todo cuando no tiene ningún empacho en hacer giras de promoción y alfombras rojas y todo eso.
Pues eso, ea, que no me gusta Bardem. No me gusta como acto y no me gusta como hombre. Dónde esté George ...
miércoles, noviembre 03, 2010
La corrupción
Esta comunidad en la que vivo un día sí y otro también es noticia por la corrupción que en ella impera. De Vinaroz a Orihuela no sé si algún municipio o cargo público se libra.
La corrupción es uno de los delitos más destructivos que existen. Genera injusticia, dilapida los caudales públicos, encarece los precios, vicia a la sociedad y la anestesia y provoca una enorme ineficiencia en el uso de los recursos.
La corrupción favorece que proyectos inútiles, cuando no destructivos, salgan adelante. La corrupción incita a la codicia. La corrupción fomenta la creación de grupos de presión de corte mafioso. La corrupción –hasta ese extremo hemos llegado- ha provocado, que se sepa, hasta un asesinato.
La corrupción promueve otros tipos de delincuencia.
La corrupción no es sólo pagar sobornos o amedrentar a la competencia.
La corrupción es también crear empleos con dinero público que no se necesitan. La corrupción es también fijar sueldos inapropiados para gente cuyas habilidades profesionales o laborales son prácticamente nulas y que tendrían prácticamente imposible obtener un empleo por méritos propios.
Este tipo de corrupción, tremendamente habitual es esta tierra tanto en las administraciones públicas como en cualquier empresa vinculada remotamente con el poder, es el origen de despilfarros que asombrarían.
Los que se benefician de esta corrupción, además, son exigentes y arrogantes. No consienten que se les recuerde cuales son sus obligaciones laborales y, como buenos cachorros caciquiles, recuerdan amenazantes quienes son sus padrinos.
La corrupción es un lastre para el desarrollo, para el empleo estable, para cumplir unos objetivos presupuestarios razonables. La corrupción es mala para la economía, pero es letal para la salud de la sociedad.
Consentir y justificar la corrupción es condenar a un país.
La corrupción es uno de los delitos más destructivos que existen. Genera injusticia, dilapida los caudales públicos, encarece los precios, vicia a la sociedad y la anestesia y provoca una enorme ineficiencia en el uso de los recursos.
La corrupción favorece que proyectos inútiles, cuando no destructivos, salgan adelante. La corrupción incita a la codicia. La corrupción fomenta la creación de grupos de presión de corte mafioso. La corrupción –hasta ese extremo hemos llegado- ha provocado, que se sepa, hasta un asesinato.
La corrupción promueve otros tipos de delincuencia.
La corrupción no es sólo pagar sobornos o amedrentar a la competencia.
La corrupción es también crear empleos con dinero público que no se necesitan. La corrupción es también fijar sueldos inapropiados para gente cuyas habilidades profesionales o laborales son prácticamente nulas y que tendrían prácticamente imposible obtener un empleo por méritos propios.
Este tipo de corrupción, tremendamente habitual es esta tierra tanto en las administraciones públicas como en cualquier empresa vinculada remotamente con el poder, es el origen de despilfarros que asombrarían.
Los que se benefician de esta corrupción, además, son exigentes y arrogantes. No consienten que se les recuerde cuales son sus obligaciones laborales y, como buenos cachorros caciquiles, recuerdan amenazantes quienes son sus padrinos.
La corrupción es un lastre para el desarrollo, para el empleo estable, para cumplir unos objetivos presupuestarios razonables. La corrupción es mala para la economía, pero es letal para la salud de la sociedad.
Consentir y justificar la corrupción es condenar a un país.
domingo, octubre 03, 2010
Un país de futuro incierto
La semana ha estado protagonizada por la huelga general. Al hilo de lo que escribía Pcbcarp, me pregunto si hoy día tienen algún sentido los sindicatos, más allá de su propia supervivencia y la de sus dirigentes.
Este país, en época de vacas gordas, ha dejado de interesarse por los trabajos más penosos. Agricultura, minería, pesca, construcción, servicios de limpieza –y no sólo domésticos, especialmente contratas municipales- y tantos otros, se nutren de mano de obra emigrante.
Aunque queden puestos de trabajo en esos sectores productivos, es difícil encontrar candidatos nativos.
Pero, por otro lado, se ha maltratado el empleo cualificado gracias a los contratos temporales, los contratos en prácticas o las becas. Durante años, empleados cualificados –y conozco a unos cuantos- han trabajado por sueldos miserables o simplemente por el bonobús.
Estamos viviendo una segunda emigración de jóvenes cualificados que no es que no encuentren trabajo, es que el que se les ofrece es casi en régimen de esclavitud. Y, claro, prefieren otros ámbitos laborales.
A este paso tendremos un país de camareros y cajeras de supermercado; de personal sanitario formado en países subdesarrollados; careceremos de educadores y enseñantes … pero eso no parece importarle a nadie.
Y entre a los que no le importa este futuro están los sindicatos, más preocupados por arramblar más en caso de despido que en este país haya empleo. Al parado, al joven que no encuentra trabajo le importa un pito que le den 45 ó 20 días cuando le despidan. La mayoría de los jóvenes no tienen derecho a cobrar nada en caso de despido: se les acaba el contrato y punto. Otros no reciben ni el finiquito, porque su relación laboral ha estado enmascarada en cualquier artimaña tipo beca o prácticas.
Pero eso, tampoco les preocupa a los sindicatos. Están más pendientes si hay que cotizar 30 años o 20 para cobrar pensión. Da igual. Si los jóvenes actuales no cotizan porque no tienen trabajo, ya me contarán quien va a aportar los fondos para nuestras jubilaciones.
Tenemos un problema y gordo. Estamos perdiendo en todos los ámbitos. Los mejor preparados se marchan, cuando su formación en su mayor parte la ha pagado el Estado. Otros países aprovecharán nuestro esfuerzo. Cualquier país trataría de rentabilizar esa inmensa inversión. Este no. Y eso es culpa de todos, de los gobiernos, de la oposición, de los empresarios y de los sindicatos. Todos más preocupados en el corto plazo, en el beneficio inmediato –electoral o económico- que en el largo plazo; en preparar a este país para estar a la altura de sus vecinos; para tener una parcela de liderazgo en alguna actividad que no sea la de acoger jubilados y tratar comas etílicos y quemaduras de turistas desatados.
Este país, en época de vacas gordas, ha dejado de interesarse por los trabajos más penosos. Agricultura, minería, pesca, construcción, servicios de limpieza –y no sólo domésticos, especialmente contratas municipales- y tantos otros, se nutren de mano de obra emigrante.
Aunque queden puestos de trabajo en esos sectores productivos, es difícil encontrar candidatos nativos.
Pero, por otro lado, se ha maltratado el empleo cualificado gracias a los contratos temporales, los contratos en prácticas o las becas. Durante años, empleados cualificados –y conozco a unos cuantos- han trabajado por sueldos miserables o simplemente por el bonobús.
Estamos viviendo una segunda emigración de jóvenes cualificados que no es que no encuentren trabajo, es que el que se les ofrece es casi en régimen de esclavitud. Y, claro, prefieren otros ámbitos laborales.
A este paso tendremos un país de camareros y cajeras de supermercado; de personal sanitario formado en países subdesarrollados; careceremos de educadores y enseñantes … pero eso no parece importarle a nadie.
Y entre a los que no le importa este futuro están los sindicatos, más preocupados por arramblar más en caso de despido que en este país haya empleo. Al parado, al joven que no encuentra trabajo le importa un pito que le den 45 ó 20 días cuando le despidan. La mayoría de los jóvenes no tienen derecho a cobrar nada en caso de despido: se les acaba el contrato y punto. Otros no reciben ni el finiquito, porque su relación laboral ha estado enmascarada en cualquier artimaña tipo beca o prácticas.
Pero eso, tampoco les preocupa a los sindicatos. Están más pendientes si hay que cotizar 30 años o 20 para cobrar pensión. Da igual. Si los jóvenes actuales no cotizan porque no tienen trabajo, ya me contarán quien va a aportar los fondos para nuestras jubilaciones.
Tenemos un problema y gordo. Estamos perdiendo en todos los ámbitos. Los mejor preparados se marchan, cuando su formación en su mayor parte la ha pagado el Estado. Otros países aprovecharán nuestro esfuerzo. Cualquier país trataría de rentabilizar esa inmensa inversión. Este no. Y eso es culpa de todos, de los gobiernos, de la oposición, de los empresarios y de los sindicatos. Todos más preocupados en el corto plazo, en el beneficio inmediato –electoral o económico- que en el largo plazo; en preparar a este país para estar a la altura de sus vecinos; para tener una parcela de liderazgo en alguna actividad que no sea la de acoger jubilados y tratar comas etílicos y quemaduras de turistas desatados.
sábado, septiembre 11, 2010
Innecesario
Hace un par de semanas acompañé a mi marido a comprar libros. Mientras él buscaba los ejemplares que llevaba en una lista, yo me dediqué a curiosear. Llevaba demasiadas relecturas y pensé que podía intentar leer algo nuevo.
Así que me hice con tres novelas. Aquí sólo hablaré, y brevemente, de una. El título debería ser premonitorio: "Fin". Es la única palabra que hace falta para definir la novela. Con esa única palabra sería suficiente.
Editar ese libro es un atentado contra el medioambiente, el asesinato de árboles inocentes para satisfacer una vanidad y una confianza en las habilidades literarias de alguien que no se justifican.
¿Por qué lo compré? Está editado por Acantilado, una editorial que hasta ahora no me había defraudado, pero alguna tiene que ser la primera vez.
En fin, una novela innecesaria, que ni siquiera es entretenida.
Muy distinta de la otra que compré, y que aun no he terminado, y que sí merece un comentario como es debido.
Así que me hice con tres novelas. Aquí sólo hablaré, y brevemente, de una. El título debería ser premonitorio: "Fin". Es la única palabra que hace falta para definir la novela. Con esa única palabra sería suficiente.
Editar ese libro es un atentado contra el medioambiente, el asesinato de árboles inocentes para satisfacer una vanidad y una confianza en las habilidades literarias de alguien que no se justifican.
¿Por qué lo compré? Está editado por Acantilado, una editorial que hasta ahora no me había defraudado, pero alguna tiene que ser la primera vez.
En fin, una novela innecesaria, que ni siquiera es entretenida.
Muy distinta de la otra que compré, y que aun no he terminado, y que sí merece un comentario como es debido.
jueves, agosto 19, 2010
Sistema métrico decimal
Un sistema de medidas universal contribuye al avance de las civilizaciones. Facilita el comercio, delimita las propiedades, determina distancias y nos proporciona información imprescindible para todas las labores humanas.
No hay trabajo que no use las medidas. La falta de uniformidad en los patrones métricos desconcierta. Porque, a ver, ¿a cuántos kilómetros por hora equivalen 60 millas? Es absolutamente necesario saberlo para que no te endilguen una multa o una noche en la cárcel del pueblo en determinados países.
No hay nada más desconcertante que leas en un luminoso callejero que la temperatura es de 38 grados y que estés tiritando de frío. Y ni te cuento si vas a repostar y marcas 40 en el surtidor para ver como la gasolina se desparrama por el suelo, si estás en un país que miden en galones en lugar de litros.
En algunos casos la conversión es fácil, no exacta, pero te da una idea: una libra es algo menos de medio kilo o un galón vienen a ser unos cuatro litros. Pero hay otros patrones más difíciles de traducir, como los dichosos grados Fahrenheit y no digamos ya las medidas de superficie. ¿A cuánto equivale un acre?
Los anglosajones, tan suyos ellos, cuando se estableció un patrón común de medida en 1889, decidieron ir por libre. Cuando el resto del mundo de forma paulatina adoptó el sistema métrico decimal se dio un impulso definitivo a la normalización. Las nuevas medidas desplazaron a varas, codos, leguas, fanegas, onzas y toda suerte de convención métrica.
Esta universalización de las medidas fomentó el comercio, la investigación científica, los trabajos de ingeniería y, en fin, facilitó las relaciones de personas, empresas y países.
La universalización de las medidas ha llegado hasta el dinero. No veas lo que facilita los viajes el euro; la cantidad de inconvenientes y trámites que han desaparecido gracias al euro. Ya no hay que cambiar moneda antes de viajar ni hacer complicados cálculos para saber si un artículo es caro o no y, desde luego, no pierdes luego al cambiar el sobrante ni se queda olvidado el cambio en cualquier bolsillo.
Nos parece, pues, que un sistema de medida común es una buena cosa. Sin embargo, esta aseveración no parece que la compartan los nuevos valores del periodismo televisivo.
Debe ser cosa de sustitutos y becarios, pero en lo que llevamos de mes de agosto, los informativos se han plagado de un nuevo sistema de medida: el campo de fútbol.
¿Se ha producido un incendio forestal? Pues la superficie quemada asciende a 300 campos de fútbol. ¿Lluvias torrenciales? La superficie anegada equivale a 10.000 campos de fútbol. ¿Se está construyendo una presa? Pues la superficie de regadío superará los 100.000 campos de fútbol.
No sé si son secuelas del Mundial, si es afán de darle un toque deportivo y populachero, pero a este paso habrá que hacer un nuevo patrón de medidas. Y es una gilipollez, porque como todo el mundo sabe, las medidas de un campo de fútbol se ajustan al sistema anglosajón, es decir, se mide en yardas.
Me temo que a este paso acabaremos circulando por la izquierda.
No hay trabajo que no use las medidas. La falta de uniformidad en los patrones métricos desconcierta. Porque, a ver, ¿a cuántos kilómetros por hora equivalen 60 millas? Es absolutamente necesario saberlo para que no te endilguen una multa o una noche en la cárcel del pueblo en determinados países.
No hay nada más desconcertante que leas en un luminoso callejero que la temperatura es de 38 grados y que estés tiritando de frío. Y ni te cuento si vas a repostar y marcas 40 en el surtidor para ver como la gasolina se desparrama por el suelo, si estás en un país que miden en galones en lugar de litros.
En algunos casos la conversión es fácil, no exacta, pero te da una idea: una libra es algo menos de medio kilo o un galón vienen a ser unos cuatro litros. Pero hay otros patrones más difíciles de traducir, como los dichosos grados Fahrenheit y no digamos ya las medidas de superficie. ¿A cuánto equivale un acre?
Los anglosajones, tan suyos ellos, cuando se estableció un patrón común de medida en 1889, decidieron ir por libre. Cuando el resto del mundo de forma paulatina adoptó el sistema métrico decimal se dio un impulso definitivo a la normalización. Las nuevas medidas desplazaron a varas, codos, leguas, fanegas, onzas y toda suerte de convención métrica.
Esta universalización de las medidas fomentó el comercio, la investigación científica, los trabajos de ingeniería y, en fin, facilitó las relaciones de personas, empresas y países.
La universalización de las medidas ha llegado hasta el dinero. No veas lo que facilita los viajes el euro; la cantidad de inconvenientes y trámites que han desaparecido gracias al euro. Ya no hay que cambiar moneda antes de viajar ni hacer complicados cálculos para saber si un artículo es caro o no y, desde luego, no pierdes luego al cambiar el sobrante ni se queda olvidado el cambio en cualquier bolsillo.
Nos parece, pues, que un sistema de medida común es una buena cosa. Sin embargo, esta aseveración no parece que la compartan los nuevos valores del periodismo televisivo.
Debe ser cosa de sustitutos y becarios, pero en lo que llevamos de mes de agosto, los informativos se han plagado de un nuevo sistema de medida: el campo de fútbol.
¿Se ha producido un incendio forestal? Pues la superficie quemada asciende a 300 campos de fútbol. ¿Lluvias torrenciales? La superficie anegada equivale a 10.000 campos de fútbol. ¿Se está construyendo una presa? Pues la superficie de regadío superará los 100.000 campos de fútbol.
No sé si son secuelas del Mundial, si es afán de darle un toque deportivo y populachero, pero a este paso habrá que hacer un nuevo patrón de medidas. Y es una gilipollez, porque como todo el mundo sabe, las medidas de un campo de fútbol se ajustan al sistema anglosajón, es decir, se mide en yardas.
Me temo que a este paso acabaremos circulando por la izquierda.
martes, agosto 17, 2010
Pepiño
Menos mal que a Pepiño le han recortado el presupuesto de Fomento. Menos mal, porque si tuviera los recursos íntegros, el tráfico por las carreteras nacionales se parecería al de los años 60, cuando los españolitos accedieron al seiscientos y se lanzaban como locos por aquellos caminos intransitables denominados carreteras nacionales.
Aquellas carreteras nacionales, hoy flamantes autovías, cuando no onerosas autopistas de peaje, solían ser objeto de reparaciones justo durante los meses de julio o agosto. A lo mejor dichas obras tenían lugar todo el año, pero el entonces súbdito sólo las veía en estío, cuando se iba de veraneo.
- ¿Ves, Mariano? El ministerio de Obras Públicas está arreglando la carretera. Es que no sabes más que quejarte.
Y así, con tráfico lento o directamente parado, se pasaban las horas hasta llegar al pueblo o, los más pudientes, a las playas de Benidorm, Torremolinos o Guardamar del Segura.
Los dos carriles, se veían reducidos a uno por obras de reparcheo, rebacheo o recuperar el asfalto perdido por mor de la naturaleza invasora. Un propio daba paso ora a estos, ora a aquellos. Y parecía que siempre le caían mejor aquellos, porque los parones siempre parecían más largos a nosotros.
Se atravesaban pueblos y ciudades y, en algunas de ellas, casi se buscaba un lugar donde pernoctar, de lo que se tardaba. El pueblo de Torres Torres en Castellón era inolvidable. Había un embudo molecular –accesible sólo a moléculas- al lado de la iglesia y en alguna ocasión –teniendo en cuenta que sólo tenía capacidad para un vehículo- se quedaba atascado un camión. Hablo de la carretera nacional 231, hoy A-23.
La AP-7, por ejemplo, moría abruptamente en Puzol y cuando llegabas a Valencia conocías el semáforo de Europa, así denominado porque uno podía salir desde Helsinki con destino a Jávea y el primer semáforo con el que se encontraba era precisamente ése.
La autopista, de peaje, hoy llamada del Mediterráneo, volvía a desaparecer entre Xeresa y Ondara. O lo que es lo mismo, justo antes de Gandía y hasta Denia. Eso obligaba a la dichosa travesía de localidades tan poco concurridas en verano como la citada Gandía u Oliva. Por cierto, la AP-7 terminaba en Alicante y de ahí a Murcia, carretera nacional de doble sentido.
A lo que iba, que ya está bien de digresión. A Pepiño le han recortado el presupuesto y parece que lo que le ha quedado me ha caído de lleno. Hace unos días viajamos por la A-1 para ir al pueblo de mi padre. Era un rodeo, pero así nos evitábamos unos 100 km. de carreteras secundarias dejadas de la mano de la Junta de Castilla-León y sus innumerables diputaciones.
Pero Pepiño nos aguardaba con obras entre Aranda de Duero y Burgos. Aquí levanto un trozo de autovía; aquí cambio los guardarrailes; un poco más allá mando pintar; acullá se me ocurre de retocar el arcén … Total, que cada pocos kilómetros los que subían y los que bajaban tenían que compartir vía.
Una vez dejamos Burgos, la cosa empezó a entonarse en la A-231 y llegamos a destino sin más problema.
De regreso pensamos que mejor optábamos por otro camino alternativo a la A-1, de modo que volvimos a optar por dar un rodeo de unos 65 km. para no dejar de transitar por autovía. Maniáticos que somos.
Así que retomamos la A-231 hasta León para allí enlazar con la A-66 en Benavente. Pues si la A-231 se había portado como una campeona a la idea, en el nuevo itinerario decidió que nos íbamos a enterar. Nos íbamos a enterar de que se están realizando las obras del tren de alta velocidad ¡Palencia-León!
De modo que la autovía, de nuevo, se convirtió en carretera de dos sentidos cada vez que nos cruzábamos con un puente ferroviario. Y aseguro que son muchos. No sé si son necesarios, ya que teóricamente la vía del tren y la autovía van al mismo sitio y, por tanto, podrían ir paralelas. O de nuevo nos ha tocado el ingeniero becario o una constructora se está poniendo las botas. Eso al margen de si es necesario un tren de alta velocidad entre Palencia y León y no sería más adecuado un servicio regional decente, con buenos trenes, frecuencias adecuadas y rapidez.
En fin, una vez en León accedimos a la A-66 y en Benavente a la A-6 hasta Madrid. Pero la cosa no mejoró. No mejoró en absoluto. De nuevo tropezamos con obras y más obras: ampliaciones de carriles –no acabo de comprender porque cuando se amplía la plataforma te quitan un carril-, nuevas variantes, reparaciones … incluso en la AP-6, es decir, en el tramo de peaje, transitamos unos 20 km. por un solo carril, 20 km. que, por supuesto, no fueron descontados de la tarifa. Aunque en menor medida, las obras tampoco nos abandonaron en la A-3, pero fueron más llevaderas.
En resumen. Hicimos unos 1.400 km por autovía y calculo que en más de 400 tropezamos con obras. Menos mal que le han recortado el presupuesto.
Aquellas carreteras nacionales, hoy flamantes autovías, cuando no onerosas autopistas de peaje, solían ser objeto de reparaciones justo durante los meses de julio o agosto. A lo mejor dichas obras tenían lugar todo el año, pero el entonces súbdito sólo las veía en estío, cuando se iba de veraneo.
- ¿Ves, Mariano? El ministerio de Obras Públicas está arreglando la carretera. Es que no sabes más que quejarte.
Y así, con tráfico lento o directamente parado, se pasaban las horas hasta llegar al pueblo o, los más pudientes, a las playas de Benidorm, Torremolinos o Guardamar del Segura.
Los dos carriles, se veían reducidos a uno por obras de reparcheo, rebacheo o recuperar el asfalto perdido por mor de la naturaleza invasora. Un propio daba paso ora a estos, ora a aquellos. Y parecía que siempre le caían mejor aquellos, porque los parones siempre parecían más largos a nosotros.
Se atravesaban pueblos y ciudades y, en algunas de ellas, casi se buscaba un lugar donde pernoctar, de lo que se tardaba. El pueblo de Torres Torres en Castellón era inolvidable. Había un embudo molecular –accesible sólo a moléculas- al lado de la iglesia y en alguna ocasión –teniendo en cuenta que sólo tenía capacidad para un vehículo- se quedaba atascado un camión. Hablo de la carretera nacional 231, hoy A-23.
La AP-7, por ejemplo, moría abruptamente en Puzol y cuando llegabas a Valencia conocías el semáforo de Europa, así denominado porque uno podía salir desde Helsinki con destino a Jávea y el primer semáforo con el que se encontraba era precisamente ése.
La autopista, de peaje, hoy llamada del Mediterráneo, volvía a desaparecer entre Xeresa y Ondara. O lo que es lo mismo, justo antes de Gandía y hasta Denia. Eso obligaba a la dichosa travesía de localidades tan poco concurridas en verano como la citada Gandía u Oliva. Por cierto, la AP-7 terminaba en Alicante y de ahí a Murcia, carretera nacional de doble sentido.
A lo que iba, que ya está bien de digresión. A Pepiño le han recortado el presupuesto y parece que lo que le ha quedado me ha caído de lleno. Hace unos días viajamos por la A-1 para ir al pueblo de mi padre. Era un rodeo, pero así nos evitábamos unos 100 km. de carreteras secundarias dejadas de la mano de la Junta de Castilla-León y sus innumerables diputaciones.
Pero Pepiño nos aguardaba con obras entre Aranda de Duero y Burgos. Aquí levanto un trozo de autovía; aquí cambio los guardarrailes; un poco más allá mando pintar; acullá se me ocurre de retocar el arcén … Total, que cada pocos kilómetros los que subían y los que bajaban tenían que compartir vía.
Una vez dejamos Burgos, la cosa empezó a entonarse en la A-231 y llegamos a destino sin más problema.
De regreso pensamos que mejor optábamos por otro camino alternativo a la A-1, de modo que volvimos a optar por dar un rodeo de unos 65 km. para no dejar de transitar por autovía. Maniáticos que somos.
Así que retomamos la A-231 hasta León para allí enlazar con la A-66 en Benavente. Pues si la A-231 se había portado como una campeona a la idea, en el nuevo itinerario decidió que nos íbamos a enterar. Nos íbamos a enterar de que se están realizando las obras del tren de alta velocidad ¡Palencia-León!
De modo que la autovía, de nuevo, se convirtió en carretera de dos sentidos cada vez que nos cruzábamos con un puente ferroviario. Y aseguro que son muchos. No sé si son necesarios, ya que teóricamente la vía del tren y la autovía van al mismo sitio y, por tanto, podrían ir paralelas. O de nuevo nos ha tocado el ingeniero becario o una constructora se está poniendo las botas. Eso al margen de si es necesario un tren de alta velocidad entre Palencia y León y no sería más adecuado un servicio regional decente, con buenos trenes, frecuencias adecuadas y rapidez.
En fin, una vez en León accedimos a la A-66 y en Benavente a la A-6 hasta Madrid. Pero la cosa no mejoró. No mejoró en absoluto. De nuevo tropezamos con obras y más obras: ampliaciones de carriles –no acabo de comprender porque cuando se amplía la plataforma te quitan un carril-, nuevas variantes, reparaciones … incluso en la AP-6, es decir, en el tramo de peaje, transitamos unos 20 km. por un solo carril, 20 km. que, por supuesto, no fueron descontados de la tarifa. Aunque en menor medida, las obras tampoco nos abandonaron en la A-3, pero fueron más llevaderas.
En resumen. Hicimos unos 1.400 km por autovía y calculo que en más de 400 tropezamos con obras. Menos mal que le han recortado el presupuesto.
domingo, julio 18, 2010
Obras
Lo que iba a ser una obra de dos semanas se ha convertido en una batalla de un mes. Y confío en que no vaya a más. La casa está llena de polvo, y por mucho que se limpie, casi inmediatamente después aparece una pátina blanca sobre toda superficie.
El regreso a casa por la tarde provocaba un temblor: ¿qué me voy a encontrar hoy? ¿podré dormir en mi cama? Y, sobre todo, ¿lo estarán haciendo medianamente bien o rematadamente mal?
Y, por supuesto, te encontrabas con cosas hechas rematadamente mal, que a nadie en su sano juicio y con dos dedos de sensatez se le ocurrirían, por ejemplo, si las baldosas del piso tenían que colocarse de forma longitudinal, se pusieron de forma transversal. Debía ser que decidieron “innovar” y ya que en algunas habitaciones las habían puesto como mandan los cánones, probaron otras posibilidades. En resumen, tres días perdidos en una sola pieza.
La obra se fue convirtiendo en una suerte de asedio. Hoy perdemos el uso de esta habitación, mañana cae en sus manos otra posición … Llegó un momento en que nos quedamos atrincherados entre la cocina, un dormitorio y un baño.
Mi hija –la que queda en casa- decidió irse unos días a Madrid con sus abuelos, ante la posibilidad nada lejana de tener que dormir con los perros. Mi marido –al que no se le puede despojar de su cama porque se niega a dormir- acabó pasando un par de noches en el sofá, rodeado de trastos y muebles tapados con sábanas y plásticos.
Luego surgieron los daños colaterales, unos anunciados y otros escamoteados.
- Señora, tengo una mala noticia. Al mover el cristal de la mesa, se ha roto.
Se ha roto él solito. Un cristal que entre mi marido y yo habremos movido no menos de cincuenta veces y al que nunca le pasó nada.
- Pero no se preocupe, si tiene seguro, el seguro se lo paga.
Y tú recuerdas que tu seguro no cubre los daños del mobiliario, te acuerdas de toda su familia y piensas, todavía te queda por cobrar la tercera parte de lo presupuestado.
Los daños escamoteados: el pilar de una estantería rajado de arriba abajo. Pero con un poco de cola esto ni se nota. Fallo: sorprendo al operario intentando arreglarlo. Me mira con cara compungida y asegura –falsamente, por supuesto- que va a quedar como nuevo. Una raya blanca de cola recorre ahora el pilar. Ha quedado como nuevo, efectivamente, como si hubiera recuperado la estantería de un contenedor.
Aparecen también algunos enchufes arrancados de la pared, pero eso lo arreglamos en un pispas. Y te preguntas, ¿era necesario arrancar los enchufes de la pared? ¿Qué tirones no habrán dado a los cables?
Descubro a uno de los operarios retocando pintura subido a una silla de comedor, una silla que es el mueble al que más aprecio, una jodida silla de Jaume Tresserra que hace más de 20 años costó, cada unidad, una cifra escalofriante. Le afeo su conducta y le sugiero que utilice la escalera, que para eso está.
Y el polvo, el omnipresente polvo. Han usado la jodida radial en todas y cada una de las habitaciones. Joder, podían haber reservado un cuarto para cortar y habríamos tenido el resto de las habitaciones con polvo, sí, pero no con estas toneladas que se han asentado.
Las tareas de limpieza han sido agotadoras, y no han terminado. Siguen apareciendo motas de pintura microscópicas aquí y allá. Inexplicablemente aparecen churretes en muebles que estaban prácticamente embalados en plástico y quitar la pintura de algunas lámparas está siendo una prueba de resistencia. Y los cristales, con una pátina blanca que excluye el uso de cualquier cortina.
Apenas reconozco mi fiel escalera de aluminio de seis peldaños. Está completamente cubierta de una gruesa capa de escayola. ¡Pero si la escayola era para el techo de la cocina!
Un día aparecen perfectamente tapados con escayola los orificios de ventilación de la cocina que exige la normativa de gas y que deben ir tapados con una rejilla. Hay que romper de nuevo la escayola y la cocina vuelve a llenarse de polvo insidioso.
Mañana es el último día. Hoy tenemos que hacer la lista de defectos y desperfectos. Es fácil. Casi ninguna puerta cierra en condiciones; la barandilla de la escalera ha perdido la fijación; se han olvidado de pintar entre unos enchufes de comedor, con lo que la pared presenta dos colores incompatibles entre sí … En fin, retoques, retoques. Con suerte, un par de días más.
Pero la casa ha quedado monísima.
El regreso a casa por la tarde provocaba un temblor: ¿qué me voy a encontrar hoy? ¿podré dormir en mi cama? Y, sobre todo, ¿lo estarán haciendo medianamente bien o rematadamente mal?
Y, por supuesto, te encontrabas con cosas hechas rematadamente mal, que a nadie en su sano juicio y con dos dedos de sensatez se le ocurrirían, por ejemplo, si las baldosas del piso tenían que colocarse de forma longitudinal, se pusieron de forma transversal. Debía ser que decidieron “innovar” y ya que en algunas habitaciones las habían puesto como mandan los cánones, probaron otras posibilidades. En resumen, tres días perdidos en una sola pieza.
La obra se fue convirtiendo en una suerte de asedio. Hoy perdemos el uso de esta habitación, mañana cae en sus manos otra posición … Llegó un momento en que nos quedamos atrincherados entre la cocina, un dormitorio y un baño.
Mi hija –la que queda en casa- decidió irse unos días a Madrid con sus abuelos, ante la posibilidad nada lejana de tener que dormir con los perros. Mi marido –al que no se le puede despojar de su cama porque se niega a dormir- acabó pasando un par de noches en el sofá, rodeado de trastos y muebles tapados con sábanas y plásticos.
Luego surgieron los daños colaterales, unos anunciados y otros escamoteados.
- Señora, tengo una mala noticia. Al mover el cristal de la mesa, se ha roto.
Se ha roto él solito. Un cristal que entre mi marido y yo habremos movido no menos de cincuenta veces y al que nunca le pasó nada.
- Pero no se preocupe, si tiene seguro, el seguro se lo paga.
Y tú recuerdas que tu seguro no cubre los daños del mobiliario, te acuerdas de toda su familia y piensas, todavía te queda por cobrar la tercera parte de lo presupuestado.
Los daños escamoteados: el pilar de una estantería rajado de arriba abajo. Pero con un poco de cola esto ni se nota. Fallo: sorprendo al operario intentando arreglarlo. Me mira con cara compungida y asegura –falsamente, por supuesto- que va a quedar como nuevo. Una raya blanca de cola recorre ahora el pilar. Ha quedado como nuevo, efectivamente, como si hubiera recuperado la estantería de un contenedor.
Aparecen también algunos enchufes arrancados de la pared, pero eso lo arreglamos en un pispas. Y te preguntas, ¿era necesario arrancar los enchufes de la pared? ¿Qué tirones no habrán dado a los cables?
Descubro a uno de los operarios retocando pintura subido a una silla de comedor, una silla que es el mueble al que más aprecio, una jodida silla de Jaume Tresserra que hace más de 20 años costó, cada unidad, una cifra escalofriante. Le afeo su conducta y le sugiero que utilice la escalera, que para eso está.
Y el polvo, el omnipresente polvo. Han usado la jodida radial en todas y cada una de las habitaciones. Joder, podían haber reservado un cuarto para cortar y habríamos tenido el resto de las habitaciones con polvo, sí, pero no con estas toneladas que se han asentado.
Las tareas de limpieza han sido agotadoras, y no han terminado. Siguen apareciendo motas de pintura microscópicas aquí y allá. Inexplicablemente aparecen churretes en muebles que estaban prácticamente embalados en plástico y quitar la pintura de algunas lámparas está siendo una prueba de resistencia. Y los cristales, con una pátina blanca que excluye el uso de cualquier cortina.
Apenas reconozco mi fiel escalera de aluminio de seis peldaños. Está completamente cubierta de una gruesa capa de escayola. ¡Pero si la escayola era para el techo de la cocina!
Un día aparecen perfectamente tapados con escayola los orificios de ventilación de la cocina que exige la normativa de gas y que deben ir tapados con una rejilla. Hay que romper de nuevo la escayola y la cocina vuelve a llenarse de polvo insidioso.
Mañana es el último día. Hoy tenemos que hacer la lista de defectos y desperfectos. Es fácil. Casi ninguna puerta cierra en condiciones; la barandilla de la escalera ha perdido la fijación; se han olvidado de pintar entre unos enchufes de comedor, con lo que la pared presenta dos colores incompatibles entre sí … En fin, retoques, retoques. Con suerte, un par de días más.
Pero la casa ha quedado monísima.
martes, junio 08, 2010
Mujeres desesperantes
Un grupo de mujeres ociosas, con visa platino y pocas preocupaciones no es un espectáculo edificante. No sé cuál es el propósito de la Sexta para producir un programa de esa índole. Francamente, no creo que sea mostrar como viven los ricos, ni despertar envidia por alcanzar ese estatus o, por el contrario, provocar una revolución social.
Las mujeres ricas de la Sexta no lo son tanto. Ricas, ricas son Ana Patricia Botín, su mamá, las Koplowitz, la condesa de Fenosa –si es que sigue viva- incluso la muy rica y no menos hortera baronesa Thyssen, más conocida en el siglo como Carmen (Tita) Cervera. Pero la cosa del arte eleva su nivel.
Estas son simplemente mujeres casadas con maridos adinerados, o divorciadas de hombres adinerados, salvo en el caso de Olivia Valere, que por otro lado es la única parece ganarse la vida por sí misma, aunque el método quizás no sea de lo más edificante.
Las otras cuatro son simplemente cuatro petardas, incultas, sin el más mínimo gusto ni clase y, encima, feas. Porque hay que ver lo fea que es la mujer (o ex mujer, que nunca queda claro) de Claudio Caniggia. O las hermanas esas que parecen clones.
La filosofía de vida de estas señoras es gastar, especialmente la argentina y mi favorita, la almeriense. Ésta es un auténtico fenómeno. Va de fina e intenta enmascarar el acento andaluz, lo que provoca una vocalización extraña y forzada. Oírla hablar de Miró es espeluznante. “El arte me persigue”, confiesa sin ningún rubor. Y empeñada en comprar un cuadro porque ya sabe en qué pared de su casa va a quedar ideal de la muerte.
El día que toca cambiar la ropa de armario, por aquello de la temporada, se pone, la pobre, “atacada”. Y mucho gucci y mucho d&g, pero la peina una amiga. Vamos, no me imagino a una rica-rica afirmando que la peluquera es su amiga, las cosas como son.
Y luego están las hermanas, una tipejas que son capaces de fundirse un dineral en equipamiento para montar en caballo –que no saben- por la sólida razón de que las han invitado a pasar un fin de semana en un cortijo.
Por supuesto, a excepción de la Valere, ninguna trabaja, al menos en los episodios emitidos. Por lo cual es legítimo suponer que las mantiene el marido o el ex. Que dado el tren de vida que llevan, ya es mantener.
La crianza de los hijos, cuando los hay, es también peculiar. En el caso de la (ex) mujer de Caniggia, oshe, que hagan lo que quieran, mira lo lejos que he shegado sho. Así que tenemos a tres adolescentes que no estudian ni trabajan –uno quiere ser pintor- y todos contentos.
La hija de otra mujer supuestamente rica no entiende por qué su madre tiene que interferir llevándosela de compras cuando tiene que estudiar porque está de exámenes. La chica muestra más sensatez que su madre y su tía.
La almeriense asegura está desprovista de instinto maternal y, total, su marido ya tiene un hijo de un matrimonio anterior. Y la Valere, otra vez, mantiene una disciplina férrea no ya sobre sus hijos, que son mayores, sino sobre sus nietos. Y tiene toda la pinta de no consentirles nada, riñendo a los padres de las criaturas si éstas se desmandan.
Resulta todo tan superfluo, banal y previsible que parece una versión cutre de mujeres desesperadas. Pero como culebrón mexicano, siendo generosos.
Las mujeres ricas de la Sexta no lo son tanto. Ricas, ricas son Ana Patricia Botín, su mamá, las Koplowitz, la condesa de Fenosa –si es que sigue viva- incluso la muy rica y no menos hortera baronesa Thyssen, más conocida en el siglo como Carmen (Tita) Cervera. Pero la cosa del arte eleva su nivel.
Estas son simplemente mujeres casadas con maridos adinerados, o divorciadas de hombres adinerados, salvo en el caso de Olivia Valere, que por otro lado es la única parece ganarse la vida por sí misma, aunque el método quizás no sea de lo más edificante.
Las otras cuatro son simplemente cuatro petardas, incultas, sin el más mínimo gusto ni clase y, encima, feas. Porque hay que ver lo fea que es la mujer (o ex mujer, que nunca queda claro) de Claudio Caniggia. O las hermanas esas que parecen clones.
La filosofía de vida de estas señoras es gastar, especialmente la argentina y mi favorita, la almeriense. Ésta es un auténtico fenómeno. Va de fina e intenta enmascarar el acento andaluz, lo que provoca una vocalización extraña y forzada. Oírla hablar de Miró es espeluznante. “El arte me persigue”, confiesa sin ningún rubor. Y empeñada en comprar un cuadro porque ya sabe en qué pared de su casa va a quedar ideal de la muerte.
El día que toca cambiar la ropa de armario, por aquello de la temporada, se pone, la pobre, “atacada”. Y mucho gucci y mucho d&g, pero la peina una amiga. Vamos, no me imagino a una rica-rica afirmando que la peluquera es su amiga, las cosas como son.
Y luego están las hermanas, una tipejas que son capaces de fundirse un dineral en equipamiento para montar en caballo –que no saben- por la sólida razón de que las han invitado a pasar un fin de semana en un cortijo.
Por supuesto, a excepción de la Valere, ninguna trabaja, al menos en los episodios emitidos. Por lo cual es legítimo suponer que las mantiene el marido o el ex. Que dado el tren de vida que llevan, ya es mantener.
La crianza de los hijos, cuando los hay, es también peculiar. En el caso de la (ex) mujer de Caniggia, oshe, que hagan lo que quieran, mira lo lejos que he shegado sho. Así que tenemos a tres adolescentes que no estudian ni trabajan –uno quiere ser pintor- y todos contentos.
La hija de otra mujer supuestamente rica no entiende por qué su madre tiene que interferir llevándosela de compras cuando tiene que estudiar porque está de exámenes. La chica muestra más sensatez que su madre y su tía.
La almeriense asegura está desprovista de instinto maternal y, total, su marido ya tiene un hijo de un matrimonio anterior. Y la Valere, otra vez, mantiene una disciplina férrea no ya sobre sus hijos, que son mayores, sino sobre sus nietos. Y tiene toda la pinta de no consentirles nada, riñendo a los padres de las criaturas si éstas se desmandan.
Resulta todo tan superfluo, banal y previsible que parece una versión cutre de mujeres desesperadas. Pero como culebrón mexicano, siendo generosos.
domingo, junio 06, 2010
Instinto ganador
Si estás acostumbrado a ganar, la derrota te desconcierta. Lo más difícil es recuperar la confianza, tener la decisión de agarrar de nuevo el triunfo. La final de RG de este año tenía todo el suspense del mundo. Nadal ha hecho un buen torneo, no excesivamente brillante, pero bueno. Hasta tercera ronda no tuvo un rival de entidad, aunque asequible, Hewitt. El partido contra Almagro en cuartos, con dos muertes súbitas, da idea de lo que tuvo que luchar para ganar. El tenista que le apeó el año pasado, además, liquidaba a Roger Federer, devolviéndole la derrota de la final de 2009. Berdych le hizo jugar cinco sets y se llegaba a una final con un mismo protagonista: Soderling.
Al margen de anécdotas sobre el carácter del sueco, no se está entre los diez mejores del mundo por casualidad. Es un gran tenista, con un saque intratable y una derecha venenosa.
La sospecha de que se pudiera repetir otra derrota venía conjurada por la excepcional temporada de tierra que ha hecho Nadal, pero quedaba la duda si sería capaz de alejar fantasmas. Duda despejada.
Rafa ha sacado sensiblemente mejor, hasta se permite hacer media docena de saques directos. El revés le funciona casi tan bien como esa derecha mágica que posee. Y sabe jugar en la red si es necesario. Por si fuera poco, no ha perdido la ambición de ganar, de devolver cualquier bola, de hacer sudar al rival, de exigirle que corra detrás de cada raquetazo e intente devolver el golpe.
Rafa hoy ha estado serio. Hemos visto puntos mágicos, porque sólo un mago puede sacarse de la chistera devoluciones imposibles al borde de la red. Hemos visto el desgaste al que iba sometiendo a Soderling. Un Soderling que en el tercer set no dejaba de resoplar: cómo es posible disponer de 8 pelotas de rotura no ser capaz de convertir ninguna.
Nadal es un excelente tenista, que sabe hacer de la necesidad virtud. Se han visto momentos en que se mostraba ultradefensivo, pero siempre obligando al contrario a jugar una pelota más y, por lo tanto, inducir el error.
No sólo es un estupendo jugador, es también una persona cabal, como se desprende de sus declaraciones a pié de pista. Para él lo más importante era demostrar que era capaz de ganar nuevamente un grand slam, que podía conjurar los fantasmas contra el mismo jugador que le apeó el año pasado.
Mañana recuperará el número 1, pero ese no era el objetivo. El objetivo era dejar claro que seguirá dando mucha guerra durante mucho tiempo.
miércoles, mayo 19, 2010
Usted, en mi lugar, haría lo mismo
Pido una reforma urgente del Código Penal. Exijo eximente completa para los homicidios en los que concurran determinadas circunstancias.
A lo mejor soy yo, que no uso el transporte público más que cuando viajo, así que hasta hoy -por una acumulación de hechos-no me había planteado seriamente arrebatar la vida a al menos cuatro personas. Y son muchas para menos de 24 horas.
La cosa empezó en el tren hasta Madrid. Un viajero dos filas más atrás estaba “hasta los huevos de tanto cachondeo. Este tío me va a oir”. Cuando llevábamos así cuatro o cinco minutos decidí ponerme los auriculares que gentilmente obsequia Renfe, porque la conversación del fulano me impedía concentrarme en la novela que me había comprado en la estación.
Transcurrió el viaje sin más incidente. Pero por la tarde, mientras regresaba al hotel en autobús urbano, una piruja aseguraba justo detrás de mí que “me van a sacar una historia con Víctor Janeiro (…) y nos han invitado a visitar unas bodegas de Rumasa”.
La del asiento al otro lado del pasillo informa a todo el autobús que Luisa está embarazada y que ella, la del autobús, tiene ocho exámenes en las próximas semanas y no puede salir de marcha. Pero mientras esta última -llevamos ya más de 10 minutos de conversación- sigue hablando con su amiga recién casada (Luisa), la del asiento delantero eleva el nivel a niveles insospechados.
“Pues lo que tiene que hacer tu padre es ir al notario, lo que uno hace cuando se está muriendo es testamento”.
Señor juez, usted en mi caso ¿no les reventaría la cabeza a todos?. ¿Por qué la gente te empeña en ventilar a voces por el móvil asuntos privados en espacios públicos?
A lo mejor soy yo, que no uso el transporte público más que cuando viajo, así que hasta hoy -por una acumulación de hechos-no me había planteado seriamente arrebatar la vida a al menos cuatro personas. Y son muchas para menos de 24 horas.
La cosa empezó en el tren hasta Madrid. Un viajero dos filas más atrás estaba “hasta los huevos de tanto cachondeo. Este tío me va a oir”. Cuando llevábamos así cuatro o cinco minutos decidí ponerme los auriculares que gentilmente obsequia Renfe, porque la conversación del fulano me impedía concentrarme en la novela que me había comprado en la estación.
Transcurrió el viaje sin más incidente. Pero por la tarde, mientras regresaba al hotel en autobús urbano, una piruja aseguraba justo detrás de mí que “me van a sacar una historia con Víctor Janeiro (…) y nos han invitado a visitar unas bodegas de Rumasa”.
La del asiento al otro lado del pasillo informa a todo el autobús que Luisa está embarazada y que ella, la del autobús, tiene ocho exámenes en las próximas semanas y no puede salir de marcha. Pero mientras esta última -llevamos ya más de 10 minutos de conversación- sigue hablando con su amiga recién casada (Luisa), la del asiento delantero eleva el nivel a niveles insospechados.
“Pues lo que tiene que hacer tu padre es ir al notario, lo que uno hace cuando se está muriendo es testamento”.
Señor juez, usted en mi caso ¿no les reventaría la cabeza a todos?. ¿Por qué la gente te empeña en ventilar a voces por el móvil asuntos privados en espacios públicos?
sábado, mayo 15, 2010
El laberinto educativo
Todo el mundo parece estar de acuerdo en una cosa: el sistema educativo en este país es un desastre. Otra cosa es la solución. El deterioro de la enseñanza en España es parejo a la conquista de las libertades, aunque parezca una paradoja. En mi poco cualificada opinión –mi única fuente es mi propia experiencia como madre- hay múltiples factores que han hecho que la enseñanza haya desembocado en tan desastrosa situación.
Por un lado, unas reformas que no sé a qué atendían. Se empezó por denostar el conocimiento memorístico y la memoria empezó a ser una cualidad poco apreciada y de mal gusto, a tenor de las más modernas corrientes pedagógicas. Así que una de las características propias del ser humano dejó de utilizarse, con el consiguiente deterioro del desarrollo intelectual.
Se arrinconó la memoria y se bajó el listón, para que no hubiera tanto fracaso escolar. Como seguía produciéndose dicho fracaso, se volvió a bajar el listón, y se bajó el listón y se bajó el listón … y así hasta el momento actual. Los niños pasaban de curso aunque fueran analfabetos funcionales.
De hecho, cada vez hacía falta menos esfuerzo para pasar el curso. Desafortunadamente, los conocimientos se adquieren con esfuerzo, de modo que nuestros niños cada vez eran más ignorantes.
Las materias complicadas, esas que exigen estudio y, por lo tanto, esfuerzo se fueron banalizando. Los niños podían utilizar las calculadoras en las operaciones aritméticas más sencillas, por ejemplo, impidiéndoles adquirir habilidades de cálculo que, al fin y al cabo, contribuyen al desarrollo intelectual.
En la enseñanza secundaria se fueron eliminando materias que se consideraban “inútiles”, como el latín. Parece que nadie se dio cuenta de que el latín resulta ser una herramienta de primera para el estudio de las lenguas, y no sólo las derivadas de él, sino de otras cuyos fundamentos son muy similares. Además, el latín es una lengua “lógica” que ayuda de forma determinante a la formación intelectual, a la comprensión.
Los diques de selección se eliminaron. Para acceder a la enseñanza secundaria había que superar un examen de mínimos –el ingreso de bachiller-, posteriormente se pasaba la reválida “de cuarto” para continuar en el bachillerato superior y una nueva reválida para llegar al curso previo a la universidad. La implantación del COU conllevó la eliminación de dicha reválida, aunque se mantuvo la prueba de acceso a la universidad. Es decir, se quitaron tres filtros que iban depurando a los mejores alumnos. No siempre los más inteligentes, también los más esforzados.
El que no superaba el filtro tenía otras opciones educativas a través de los bachilleratos laborales. De ahí salieron generaciones de mecánicos, carpinteros, electricistas … y muchos de ellos pudieron acceder posteriormente a las titulaciones de peritaje, lo que hasta el año pasado se conocían como carreras técnicas: aparejadores –o como demonios se llame hoy, creo que gestores de la edificación, pasando por arquitectos técnicos-, ingenieros técnicos, topógrafos, técnicos aeronáuticos, electrónicos …
Mientras tanto, España pasó de ser “una, grande y libre” (lo de libre es un sarcasmo), al país de las autonomías con competencias educacionales. Y ahí ya fue el acabose. La historia, la geografía, la lengua y casi todas las materias de humanidades se constriñeron según el ámbito geográfico. Si en los viejos sistemas educativos se estudiaba historia de España, se sustituyó por la historia de mi pueblo. Dejamos de tener una historia común, una geografía común y una lengua común.
El horizonte se estrechó, la mirada dejó de ser universal. Si en mis años de bachiller elemental hasta el más torpe de mi clase sabía de corrido y salteadas las capitales de Europa, ahora no se saben ni las capitales autonómicas.
La enseñanza se ha vuelto utilitaria, pero utilitaria de lo inmediato. El desarrollo intelectual, los mecanismos que nos permiten seguir aprendiendo, se han limitado hasta extremos que sólo se considera razonable el estudio de lo económicamente rentable en el momento.
Y si no había suficientes plagas que atacaran a la enseñanza, se unió el cambio de las relaciones familiares y la pérdida de autoridad paterna. Más que pérdida de autoridad, dejación de responsabilidades.
Los padres dejaron de exigir para consentir. En lugar de ser una figura de autoridad, una guía de comportamiento, los padres se convirtieron en protectores. Ya no se corregían las conductas anómalas, se justificaban. El castigo se sustituyó, en el mejor de los casos, por el soborno, aunque lo más habitual fue su supresión.
Ante la ausencia de autoridad paterna, la autoridad del maestro –reflejo de la primera- se desvaneció. Los padres olvidaron que la enseñanza es competencia de la escuela, pero la educación es su responsabilidad. Y sin educación es complicado enseñar.
Ahora, cuando todos los indicadores hacen saltar las alarmas, los organismos internacionales nos señalan con el dedo y los pocos cerebritos que quedan huyen de la quema, nos llevamos las manos a la cabeza, pero somos incapaces de encontrar una salida a este laberinto. Un problema que exige acuerdos mínimos, pero no sólo de las fuerzas políticas –que no están por la labor-, sino también de educadores y padres. Y éstos, me temo, tampoco están muy concienciados.
Por un lado, unas reformas que no sé a qué atendían. Se empezó por denostar el conocimiento memorístico y la memoria empezó a ser una cualidad poco apreciada y de mal gusto, a tenor de las más modernas corrientes pedagógicas. Así que una de las características propias del ser humano dejó de utilizarse, con el consiguiente deterioro del desarrollo intelectual.
Se arrinconó la memoria y se bajó el listón, para que no hubiera tanto fracaso escolar. Como seguía produciéndose dicho fracaso, se volvió a bajar el listón, y se bajó el listón y se bajó el listón … y así hasta el momento actual. Los niños pasaban de curso aunque fueran analfabetos funcionales.
De hecho, cada vez hacía falta menos esfuerzo para pasar el curso. Desafortunadamente, los conocimientos se adquieren con esfuerzo, de modo que nuestros niños cada vez eran más ignorantes.
Las materias complicadas, esas que exigen estudio y, por lo tanto, esfuerzo se fueron banalizando. Los niños podían utilizar las calculadoras en las operaciones aritméticas más sencillas, por ejemplo, impidiéndoles adquirir habilidades de cálculo que, al fin y al cabo, contribuyen al desarrollo intelectual.
En la enseñanza secundaria se fueron eliminando materias que se consideraban “inútiles”, como el latín. Parece que nadie se dio cuenta de que el latín resulta ser una herramienta de primera para el estudio de las lenguas, y no sólo las derivadas de él, sino de otras cuyos fundamentos son muy similares. Además, el latín es una lengua “lógica” que ayuda de forma determinante a la formación intelectual, a la comprensión.
Los diques de selección se eliminaron. Para acceder a la enseñanza secundaria había que superar un examen de mínimos –el ingreso de bachiller-, posteriormente se pasaba la reválida “de cuarto” para continuar en el bachillerato superior y una nueva reválida para llegar al curso previo a la universidad. La implantación del COU conllevó la eliminación de dicha reválida, aunque se mantuvo la prueba de acceso a la universidad. Es decir, se quitaron tres filtros que iban depurando a los mejores alumnos. No siempre los más inteligentes, también los más esforzados.
El que no superaba el filtro tenía otras opciones educativas a través de los bachilleratos laborales. De ahí salieron generaciones de mecánicos, carpinteros, electricistas … y muchos de ellos pudieron acceder posteriormente a las titulaciones de peritaje, lo que hasta el año pasado se conocían como carreras técnicas: aparejadores –o como demonios se llame hoy, creo que gestores de la edificación, pasando por arquitectos técnicos-, ingenieros técnicos, topógrafos, técnicos aeronáuticos, electrónicos …
Mientras tanto, España pasó de ser “una, grande y libre” (lo de libre es un sarcasmo), al país de las autonomías con competencias educacionales. Y ahí ya fue el acabose. La historia, la geografía, la lengua y casi todas las materias de humanidades se constriñeron según el ámbito geográfico. Si en los viejos sistemas educativos se estudiaba historia de España, se sustituyó por la historia de mi pueblo. Dejamos de tener una historia común, una geografía común y una lengua común.
El horizonte se estrechó, la mirada dejó de ser universal. Si en mis años de bachiller elemental hasta el más torpe de mi clase sabía de corrido y salteadas las capitales de Europa, ahora no se saben ni las capitales autonómicas.
La enseñanza se ha vuelto utilitaria, pero utilitaria de lo inmediato. El desarrollo intelectual, los mecanismos que nos permiten seguir aprendiendo, se han limitado hasta extremos que sólo se considera razonable el estudio de lo económicamente rentable en el momento.
Y si no había suficientes plagas que atacaran a la enseñanza, se unió el cambio de las relaciones familiares y la pérdida de autoridad paterna. Más que pérdida de autoridad, dejación de responsabilidades.
Los padres dejaron de exigir para consentir. En lugar de ser una figura de autoridad, una guía de comportamiento, los padres se convirtieron en protectores. Ya no se corregían las conductas anómalas, se justificaban. El castigo se sustituyó, en el mejor de los casos, por el soborno, aunque lo más habitual fue su supresión.
Ante la ausencia de autoridad paterna, la autoridad del maestro –reflejo de la primera- se desvaneció. Los padres olvidaron que la enseñanza es competencia de la escuela, pero la educación es su responsabilidad. Y sin educación es complicado enseñar.
Ahora, cuando todos los indicadores hacen saltar las alarmas, los organismos internacionales nos señalan con el dedo y los pocos cerebritos que quedan huyen de la quema, nos llevamos las manos a la cabeza, pero somos incapaces de encontrar una salida a este laberinto. Un problema que exige acuerdos mínimos, pero no sólo de las fuerzas políticas –que no están por la labor-, sino también de educadores y padres. Y éstos, me temo, tampoco están muy concienciados.
martes, mayo 11, 2010
O tempora o mores
Mi hija me ha dado una alegría inmensa. Anoche nos anunció que hoy participará en una concentración estudiantil frente al Rectorado. Por fin, mi hija daba muestras de concienciación social. Va a protestar contra la injusticia, contra la arbitrariedad, contra la falta de libertad. Estoy orgullosa. De ella y de los, sin duda, miles de estudiantes de su universidad que le van a cantar las cuarenta al Rector.
Miles de universitarios se manifestarán hoy contra la anulación de las clásicas paellas y la reducción de las plazas de aparcamiento. O tempora o mores.
Miles de universitarios se manifestarán hoy contra la anulación de las clásicas paellas y la reducción de las plazas de aparcamiento. O tempora o mores.
lunes, mayo 10, 2010
La ciudad devastada
La ciudad, el burgo, es quizá la seña de identidad más relevante de la sociedad humana. La ciudad es consustancial a la sociedad, es el lugar físico en el que se desarrollan actividades, se comparte y se dinamiza la vida. La ciudad es un motor de avance humano desde la antigüedad.
En los últimos 50 años, sin embargo, políticos, especuladores y ciudadanos –que también tenemos nuestra culpa- nos hemos cargado muchas ciudades. Ahora no tenemos ciudades para vivir, sino ciudades escaparate, ciudades dormitorio, ciudades turísticas.
Pero hemos despojado a las ciudades de su carácter: el lugar donde convivía la tienda, el taller, el negocio, los vecinos, los colegios, los mercados. Hemos arrojado de las ciudades todo aquello que era “incómodo” hacia polígonos industriales. Hemos cambiado la geografía comercial eliminando las pequeñas tiendas y creando centros comerciales –todos iguales, todos con la misma oferta- en las orillas de las autovías. Hemos expulsado a los vecinos a barriadas dormitorio. Hemos dejado de ser vecinos.
Los arquitectos en el siglo XX se metieron también a urbanistas y diseñaron ciudades ideales en las que cada zona tenía un uso. Lo maravilloso de la ciudad es la capacidad de convivencia de diversos usos. Se cambian las viviendas por “unidades habitacionales”. Ya no se vive, se tiene una habitación dónde ir a dormir, no dónde vivir.
Algunas urbes, sin embargo, consiguen mantener ese carácter, a pesar de los intentos por destruirlas. Por ejemplo, en el estudio Mercaciudad, que mide diversos parámetros, resulta que las mejores ciudades para vivir son aquellas que no destacan ni por su monumentalidad ni por sus grandes obras: Pamplona, Santander, Logroño, Murcia, San Sebastián, Albacete, Zaragoza, Oviedo, Gijón y Cáceres.
Ninguna recibe un turismo masivo, salvo momentos puntuales. Ninguna es una ciudad monumental. Ninguna ha emprendido obras “para poner en el mapa” a la ciudad (salvo Zaragoza con la Expo).
Una reflexión sobre el papel de la ciudad en la sociedad actual debería ser obligada para los próximos candidatos. Ciudades hechas a medida humana; ciudades para ser vividas y no ciudades para ser fotografiadas.
En los últimos 50 años, sin embargo, políticos, especuladores y ciudadanos –que también tenemos nuestra culpa- nos hemos cargado muchas ciudades. Ahora no tenemos ciudades para vivir, sino ciudades escaparate, ciudades dormitorio, ciudades turísticas.
Pero hemos despojado a las ciudades de su carácter: el lugar donde convivía la tienda, el taller, el negocio, los vecinos, los colegios, los mercados. Hemos arrojado de las ciudades todo aquello que era “incómodo” hacia polígonos industriales. Hemos cambiado la geografía comercial eliminando las pequeñas tiendas y creando centros comerciales –todos iguales, todos con la misma oferta- en las orillas de las autovías. Hemos expulsado a los vecinos a barriadas dormitorio. Hemos dejado de ser vecinos.
Los arquitectos en el siglo XX se metieron también a urbanistas y diseñaron ciudades ideales en las que cada zona tenía un uso. Lo maravilloso de la ciudad es la capacidad de convivencia de diversos usos. Se cambian las viviendas por “unidades habitacionales”. Ya no se vive, se tiene una habitación dónde ir a dormir, no dónde vivir.
Algunas urbes, sin embargo, consiguen mantener ese carácter, a pesar de los intentos por destruirlas. Por ejemplo, en el estudio Mercaciudad, que mide diversos parámetros, resulta que las mejores ciudades para vivir son aquellas que no destacan ni por su monumentalidad ni por sus grandes obras: Pamplona, Santander, Logroño, Murcia, San Sebastián, Albacete, Zaragoza, Oviedo, Gijón y Cáceres.
Ninguna recibe un turismo masivo, salvo momentos puntuales. Ninguna es una ciudad monumental. Ninguna ha emprendido obras “para poner en el mapa” a la ciudad (salvo Zaragoza con la Expo).
Una reflexión sobre el papel de la ciudad en la sociedad actual debería ser obligada para los próximos candidatos. Ciudades hechas a medida humana; ciudades para ser vividas y no ciudades para ser fotografiadas.
miércoles, mayo 05, 2010
Falta de discurso
Detesto las tautologías, pero nuestros políticos, especialmente los de derechas, son unos verdaderos fanáticos. “Hemos hecho lo que había que hacer”, decía Aznar cuando se criticaba alguna actuación irregular de su gobierno. “Grecia está como está”, asegura Rajoy.
La tautología enmascara la ausencia de discurso, de argumentos. La tautología es miseria intelectual, pensamiento repetitivo e irreflexivo.
El abuso de las expresiones tautológicas deja traslucir desprecio hacia el intelecto del receptor del mensaje: hablamos para tontos. También es un discurso sólo para adeptos.
La derecha, además de la tautología, utiliza términos universales para referirse a su exclusivo punto de vista: “todos los españoles opinan”, “todos los españoles piensan”, “todos los españoles están en contra de ...”.
Estas formas de exponer su pensamiento indican, precisamente, la falta del mismo. Pero me temo que estamos ya embrutecidos.
Otro día, cuando tenga ganas, me meteré con la ¿izquierda?
La tautología enmascara la ausencia de discurso, de argumentos. La tautología es miseria intelectual, pensamiento repetitivo e irreflexivo.
El abuso de las expresiones tautológicas deja traslucir desprecio hacia el intelecto del receptor del mensaje: hablamos para tontos. También es un discurso sólo para adeptos.
La derecha, además de la tautología, utiliza términos universales para referirse a su exclusivo punto de vista: “todos los españoles opinan”, “todos los españoles piensan”, “todos los españoles están en contra de ...”.
Estas formas de exponer su pensamiento indican, precisamente, la falta del mismo. Pero me temo que estamos ya embrutecidos.
Otro día, cuando tenga ganas, me meteré con la ¿izquierda?
martes, mayo 04, 2010
¿Vale la pena?
César Mallorquí, novelista y propietario de un blog para mí imprescindible, ha tenido la humorada de considerar esta bitácora como una de las diez mejores que conoce. El blog “vale la pena”.
Además del bochorno que me produce cualquier halago, tengo que darle mis más rendidas gracias, aunque me reproche que no actualice el espejo con la frecuencia que debiera. Y tiene razón.
No leo 10 blogs, ni mucho menos. Realmente sólo leo aquellos que me interesan y, a veces, vislumbro otros, así que me limitaré a citar aquellos que realmente me aportan algo o que me incitan a participar.
Por razones obvias no citaré a La Fraternidad de Babel, pero aquí van mis imprescindibles:
Algún Día, Folken, La Barra Virtual. Lamentablemente, otros blogs que antes consultaba a menudo han desaparecido.
Gracias de nuevo, César.
Además del bochorno que me produce cualquier halago, tengo que darle mis más rendidas gracias, aunque me reproche que no actualice el espejo con la frecuencia que debiera. Y tiene razón.
No leo 10 blogs, ni mucho menos. Realmente sólo leo aquellos que me interesan y, a veces, vislumbro otros, así que me limitaré a citar aquellos que realmente me aportan algo o que me incitan a participar.
Por razones obvias no citaré a La Fraternidad de Babel, pero aquí van mis imprescindibles:
Algún Día, Folken, La Barra Virtual. Lamentablemente, otros blogs que antes consultaba a menudo han desaparecido.
Gracias de nuevo, César.
sábado, abril 24, 2010
LBJ (2)

La década de los 60 fue de una desconocida prosperidad económica en Estados Unidos. Prácticamente había pleno empleo y los sueldos eran buenos. Las familias podían acceder a casas en propiedad y adquirían coches. Hollywood retrató ese ambiente en multitud de películas: una madre monísima con un delantal impoluto preparando tartas en una cocina de ensueño; unos niños repipis y con el punto justo de travesura y un padre encantador que se pasaba el fin de semana segando el césped.
Parece mentira que en un entorno así resultara que los 60 fueran una década plagada de convulsiones sociales. Por una parte estaba el movimiento pro derechos civiles que en sí no inducía a la violencia, pero sí su represión y la reacción de los sectores contrarios a que los negros tuvieran derechos. Pero de ello ya se ha hablado en este blog.
La otra gran causa de violencia en las calles fue Vietnam. La participación norteamericana en el conflicto de Indochina se remonta al mandato de Eisenhower. El ejército norteamericano mantenía asesores militares y personal de mantenimiento, pero en principio no participaban en los combates. Fue JFK quien intervino política y militarmente en el país, propiciando un golpe de Estado que puso a la cabeza del país a un títere, Nguyen Van Thieu.
Cuando LBJ accedió a la presidencia se encontró con un conflicto bélico heredado y, tal y como evolucionó, difícil de sacarse de las manos, aunque personalmente estaba en contra. La guerra fue utilizada, además, como argumento electoral tanto por republicanos como demócratas, como una extensión de la guerra fría. Vietnam se había convertido en un campo de batalla entre comunistas y capitalistas. Un campo de batalla en el cual quien menos tenía que decir era la población: sin un ejército estructurado y entrenado y ayuno de armamento, incapaz de hacer frente al ejército del norte y a la guerrilla, cada vez más numerosa.
En 1967 Johnson estaba preso de una guerra que nunca le gustó: “En ocasiones –dijo ante el Congreso- nos vemos compelidos a escoger un gran mal para prevenir otro mayor. Ojalá pudiera informarles de que el conflicto bélico está próximo a acabar. No puedo hacerlo. Hemos de hacer frente a más gastos, más pérdidas de vidas humanas y más angustia, porque el fin todavía no ha llegado”.
Es más que conocido el malestar creciente de la sociedad americana ante la guerra de Vietnam. Hay que recordar que todavía existía el servicio militar obligatorio, de forma que cualquier joven podía ser enviado a la otra punta del mundo a combatir con enemigos invisibles por una causa que desde luego no entendían.
Los medios de comunicación americanos tampoco fueron generosos con la participación de su país en Vietnam. La información sobre excesos cometidos por las tropas americanas – tampoco existía la férrea censura actual que impide la difusión de imágenes particularmente incómodas- unida a las continuas bajas, las muertes de civiles, los heridos y el regreso de jóvenes atrapados en el mundo de las drogas –el opio era uno de los más importantes recursos económicos vietnamitas- no contribuyó a aumentar apoyos.
Las acciones en protesta por la guerra de Vietnam se extendieron por todo el país. Los jóvenes veían su futuro truncado, muchos huían a Canadá para eludir sus obligaciones militares. Los campus universitarios se convirtieron en campos de batalla.
En 1967, Nixon publicó un artículo en el que afirmaba que Estados Unidos en sólo tres años había pasado de vivir la década de mayor progreso social a ser uno de los países más violentos. Aseguraba que esto se debía a la falta de autoridad y a la ausencia de respeto por la ley.
Acusaba a la administración Johnson de permisividad hacia los “partidarios de una causa concreta” y tolerancia hacia el crimen. Concretamente, Nixon no se cortó un duro en señalar a los negros como origen del aumento de la criminalidad, asegurando que existía una “cierta simpatía respecto de las injusticias que habían sufrido en el pasado los que ahora son criminales”.
El argumento de ley y orden de los republicanos fue decisivo en la campaña que llevó a Nixon al poder. Un argumento que se reforzó con la intención manifestada por el candidato demócrata McGovern, de retirar las tropas de Vietnam y que fue contestada por los republicanos como una muestra de debilidad frente al enemigo comunista.
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