Continuo con mi costumbre de releer, costumbre alentada por la indigencia editorial que nos invade. Desde que empezó el año he comprado dos libros: lo último de Coetzee y una aventura más de Wilt.
“Verano” de Coetzee no defrauda, pero Tom Sharpe ya no es el que era.
Pero a lo que íbamos, lo de releer. Después de zamparme todo lo que habita mis estanterías firmado por Gerald Durrell y recuperar a Manuel Puig, pensé en dar un giro a mis lecturas y no se me ocurrió nada mejor que emprenderla con …. (redoble de tambores, porque esto es para no creérselo) “1.080 recetas de cocina” de Simone Ortega.
Pellízquense si quieren, pero cierto como que hoy es el Día del Padre y hasta aquí, en medio de los huertos de naranjos, llega el sonido de los petardos, que el diablo los lleve.
Pues decía que me apalanqué el célebre libro de recetas. Es el tercer -o cuarto, ya no recuerdo- ejemplar que tengo. El uso de sus predecesores les hizo inservibles con los años: hojas sueltas, lamparones de grasa o salsa de tomate … en fin, que habían cumplido su labor.
Este último ejemplar, por el contrario, ha sido especialmente editado al cumplirse los 40 ó 50 años, ahora no recuerdo, de su primera edición: tapas duras, hojas cosidas en lugar de pegadas, papel de calidad, sobrecubierta de plástico transparente … un lujo, vamos.
Con Simone Ortega muchas mujeres y algún hombre de mi generación aprendieron los rudimentos culinarios. Confieso que ahora ya lo uso poco, motivo por el cual el ejemplar actual está impoluto.
Regresemos al objeto de este post, que me desvío. Lo dicho, decidí releerlo, tras lo cual no me queda más remedio que aconsejar a Alianza Editorial que, pordios, le hagan una revisión a fondo.
Me explico, Simone Ortega era, creo recordar, de origen alsaciano, aunque nacida en España. De sus ancestros, digo yo, debe ser su absoluta predilección por la mantequilla. No hay receta que no incluya, como mínimo, 50 gramos de mantequilla. O bien quería acabar con los excedentes franceses.
Así que, dada la histeria anticolesterol que nos invade y para estar conforme a las recomendaciones de los galenos y nutricionistas, bien vendría sustituir esas ya no montañas, sino cordilleras de mantequilla por el más racial y sano aceite de oliva. Cuestión que, sin duda, agradecerá la industria olivarera española.
Pero la revisión editorial no debe quedarse ahí. Las recetas están todas calculadas para 6 personas, que venía a ser habitual en los hogares de los años 60, pero hoy me temo que ha descendido sensiblemente. Así que, siendo generosos, las cantidades que indica hay que dividirlas por dos. Eso sin tener en cuenta que las comidas copiosas que antes se trasegaban también han sufrido un virulento retoque.
Hay recetas que son realmente curiosas. En una de ellas explica que se necesitan “759 gramos de garbanzos”. Ni 750 ni 760. Exactamente 759 gramos de garbanzos que, digo yo, si te pasas con un gabriel se estropea la receta. Pero no contenta con esta exactitud, Ortega nos indica entre paréntesis: “resto de cocido”.
¡Resto de cocido! Pues debía de ser el cocido de las bodas de Camacho. No le encuentro otra explicación.
Hay bastantes más detalles, como aquel que señala que hay que cubrir la masa “con algo grueso” para indicar a continuación: “por ejemplo, un paño fino o lo que se tenga a mano”. Una suegra o algo así, añado yo.
En fin, que me estoy convirtiendo en una crítica de libros de cocina. No sé si dejar esta nueva afición o cambiar a la crítica de labores de punto.
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sábado, marzo 19, 2011
sábado, mayo 15, 2010
El laberinto educativo
Todo el mundo parece estar de acuerdo en una cosa: el sistema educativo en este país es un desastre. Otra cosa es la solución. El deterioro de la enseñanza en España es parejo a la conquista de las libertades, aunque parezca una paradoja. En mi poco cualificada opinión –mi única fuente es mi propia experiencia como madre- hay múltiples factores que han hecho que la enseñanza haya desembocado en tan desastrosa situación.
Por un lado, unas reformas que no sé a qué atendían. Se empezó por denostar el conocimiento memorístico y la memoria empezó a ser una cualidad poco apreciada y de mal gusto, a tenor de las más modernas corrientes pedagógicas. Así que una de las características propias del ser humano dejó de utilizarse, con el consiguiente deterioro del desarrollo intelectual.
Se arrinconó la memoria y se bajó el listón, para que no hubiera tanto fracaso escolar. Como seguía produciéndose dicho fracaso, se volvió a bajar el listón, y se bajó el listón y se bajó el listón … y así hasta el momento actual. Los niños pasaban de curso aunque fueran analfabetos funcionales.
De hecho, cada vez hacía falta menos esfuerzo para pasar el curso. Desafortunadamente, los conocimientos se adquieren con esfuerzo, de modo que nuestros niños cada vez eran más ignorantes.
Las materias complicadas, esas que exigen estudio y, por lo tanto, esfuerzo se fueron banalizando. Los niños podían utilizar las calculadoras en las operaciones aritméticas más sencillas, por ejemplo, impidiéndoles adquirir habilidades de cálculo que, al fin y al cabo, contribuyen al desarrollo intelectual.
En la enseñanza secundaria se fueron eliminando materias que se consideraban “inútiles”, como el latín. Parece que nadie se dio cuenta de que el latín resulta ser una herramienta de primera para el estudio de las lenguas, y no sólo las derivadas de él, sino de otras cuyos fundamentos son muy similares. Además, el latín es una lengua “lógica” que ayuda de forma determinante a la formación intelectual, a la comprensión.
Los diques de selección se eliminaron. Para acceder a la enseñanza secundaria había que superar un examen de mínimos –el ingreso de bachiller-, posteriormente se pasaba la reválida “de cuarto” para continuar en el bachillerato superior y una nueva reválida para llegar al curso previo a la universidad. La implantación del COU conllevó la eliminación de dicha reválida, aunque se mantuvo la prueba de acceso a la universidad. Es decir, se quitaron tres filtros que iban depurando a los mejores alumnos. No siempre los más inteligentes, también los más esforzados.
El que no superaba el filtro tenía otras opciones educativas a través de los bachilleratos laborales. De ahí salieron generaciones de mecánicos, carpinteros, electricistas … y muchos de ellos pudieron acceder posteriormente a las titulaciones de peritaje, lo que hasta el año pasado se conocían como carreras técnicas: aparejadores –o como demonios se llame hoy, creo que gestores de la edificación, pasando por arquitectos técnicos-, ingenieros técnicos, topógrafos, técnicos aeronáuticos, electrónicos …
Mientras tanto, España pasó de ser “una, grande y libre” (lo de libre es un sarcasmo), al país de las autonomías con competencias educacionales. Y ahí ya fue el acabose. La historia, la geografía, la lengua y casi todas las materias de humanidades se constriñeron según el ámbito geográfico. Si en los viejos sistemas educativos se estudiaba historia de España, se sustituyó por la historia de mi pueblo. Dejamos de tener una historia común, una geografía común y una lengua común.
El horizonte se estrechó, la mirada dejó de ser universal. Si en mis años de bachiller elemental hasta el más torpe de mi clase sabía de corrido y salteadas las capitales de Europa, ahora no se saben ni las capitales autonómicas.
La enseñanza se ha vuelto utilitaria, pero utilitaria de lo inmediato. El desarrollo intelectual, los mecanismos que nos permiten seguir aprendiendo, se han limitado hasta extremos que sólo se considera razonable el estudio de lo económicamente rentable en el momento.
Y si no había suficientes plagas que atacaran a la enseñanza, se unió el cambio de las relaciones familiares y la pérdida de autoridad paterna. Más que pérdida de autoridad, dejación de responsabilidades.
Los padres dejaron de exigir para consentir. En lugar de ser una figura de autoridad, una guía de comportamiento, los padres se convirtieron en protectores. Ya no se corregían las conductas anómalas, se justificaban. El castigo se sustituyó, en el mejor de los casos, por el soborno, aunque lo más habitual fue su supresión.
Ante la ausencia de autoridad paterna, la autoridad del maestro –reflejo de la primera- se desvaneció. Los padres olvidaron que la enseñanza es competencia de la escuela, pero la educación es su responsabilidad. Y sin educación es complicado enseñar.
Ahora, cuando todos los indicadores hacen saltar las alarmas, los organismos internacionales nos señalan con el dedo y los pocos cerebritos que quedan huyen de la quema, nos llevamos las manos a la cabeza, pero somos incapaces de encontrar una salida a este laberinto. Un problema que exige acuerdos mínimos, pero no sólo de las fuerzas políticas –que no están por la labor-, sino también de educadores y padres. Y éstos, me temo, tampoco están muy concienciados.
Por un lado, unas reformas que no sé a qué atendían. Se empezó por denostar el conocimiento memorístico y la memoria empezó a ser una cualidad poco apreciada y de mal gusto, a tenor de las más modernas corrientes pedagógicas. Así que una de las características propias del ser humano dejó de utilizarse, con el consiguiente deterioro del desarrollo intelectual.
Se arrinconó la memoria y se bajó el listón, para que no hubiera tanto fracaso escolar. Como seguía produciéndose dicho fracaso, se volvió a bajar el listón, y se bajó el listón y se bajó el listón … y así hasta el momento actual. Los niños pasaban de curso aunque fueran analfabetos funcionales.
De hecho, cada vez hacía falta menos esfuerzo para pasar el curso. Desafortunadamente, los conocimientos se adquieren con esfuerzo, de modo que nuestros niños cada vez eran más ignorantes.
Las materias complicadas, esas que exigen estudio y, por lo tanto, esfuerzo se fueron banalizando. Los niños podían utilizar las calculadoras en las operaciones aritméticas más sencillas, por ejemplo, impidiéndoles adquirir habilidades de cálculo que, al fin y al cabo, contribuyen al desarrollo intelectual.
En la enseñanza secundaria se fueron eliminando materias que se consideraban “inútiles”, como el latín. Parece que nadie se dio cuenta de que el latín resulta ser una herramienta de primera para el estudio de las lenguas, y no sólo las derivadas de él, sino de otras cuyos fundamentos son muy similares. Además, el latín es una lengua “lógica” que ayuda de forma determinante a la formación intelectual, a la comprensión.
Los diques de selección se eliminaron. Para acceder a la enseñanza secundaria había que superar un examen de mínimos –el ingreso de bachiller-, posteriormente se pasaba la reválida “de cuarto” para continuar en el bachillerato superior y una nueva reválida para llegar al curso previo a la universidad. La implantación del COU conllevó la eliminación de dicha reválida, aunque se mantuvo la prueba de acceso a la universidad. Es decir, se quitaron tres filtros que iban depurando a los mejores alumnos. No siempre los más inteligentes, también los más esforzados.
El que no superaba el filtro tenía otras opciones educativas a través de los bachilleratos laborales. De ahí salieron generaciones de mecánicos, carpinteros, electricistas … y muchos de ellos pudieron acceder posteriormente a las titulaciones de peritaje, lo que hasta el año pasado se conocían como carreras técnicas: aparejadores –o como demonios se llame hoy, creo que gestores de la edificación, pasando por arquitectos técnicos-, ingenieros técnicos, topógrafos, técnicos aeronáuticos, electrónicos …
Mientras tanto, España pasó de ser “una, grande y libre” (lo de libre es un sarcasmo), al país de las autonomías con competencias educacionales. Y ahí ya fue el acabose. La historia, la geografía, la lengua y casi todas las materias de humanidades se constriñeron según el ámbito geográfico. Si en los viejos sistemas educativos se estudiaba historia de España, se sustituyó por la historia de mi pueblo. Dejamos de tener una historia común, una geografía común y una lengua común.
El horizonte se estrechó, la mirada dejó de ser universal. Si en mis años de bachiller elemental hasta el más torpe de mi clase sabía de corrido y salteadas las capitales de Europa, ahora no se saben ni las capitales autonómicas.
La enseñanza se ha vuelto utilitaria, pero utilitaria de lo inmediato. El desarrollo intelectual, los mecanismos que nos permiten seguir aprendiendo, se han limitado hasta extremos que sólo se considera razonable el estudio de lo económicamente rentable en el momento.
Y si no había suficientes plagas que atacaran a la enseñanza, se unió el cambio de las relaciones familiares y la pérdida de autoridad paterna. Más que pérdida de autoridad, dejación de responsabilidades.
Los padres dejaron de exigir para consentir. En lugar de ser una figura de autoridad, una guía de comportamiento, los padres se convirtieron en protectores. Ya no se corregían las conductas anómalas, se justificaban. El castigo se sustituyó, en el mejor de los casos, por el soborno, aunque lo más habitual fue su supresión.
Ante la ausencia de autoridad paterna, la autoridad del maestro –reflejo de la primera- se desvaneció. Los padres olvidaron que la enseñanza es competencia de la escuela, pero la educación es su responsabilidad. Y sin educación es complicado enseñar.
Ahora, cuando todos los indicadores hacen saltar las alarmas, los organismos internacionales nos señalan con el dedo y los pocos cerebritos que quedan huyen de la quema, nos llevamos las manos a la cabeza, pero somos incapaces de encontrar una salida a este laberinto. Un problema que exige acuerdos mínimos, pero no sólo de las fuerzas políticas –que no están por la labor-, sino también de educadores y padres. Y éstos, me temo, tampoco están muy concienciados.
sábado, abril 24, 2010
LBJ (2)

La década de los 60 fue de una desconocida prosperidad económica en Estados Unidos. Prácticamente había pleno empleo y los sueldos eran buenos. Las familias podían acceder a casas en propiedad y adquirían coches. Hollywood retrató ese ambiente en multitud de películas: una madre monísima con un delantal impoluto preparando tartas en una cocina de ensueño; unos niños repipis y con el punto justo de travesura y un padre encantador que se pasaba el fin de semana segando el césped.
Parece mentira que en un entorno así resultara que los 60 fueran una década plagada de convulsiones sociales. Por una parte estaba el movimiento pro derechos civiles que en sí no inducía a la violencia, pero sí su represión y la reacción de los sectores contrarios a que los negros tuvieran derechos. Pero de ello ya se ha hablado en este blog.
La otra gran causa de violencia en las calles fue Vietnam. La participación norteamericana en el conflicto de Indochina se remonta al mandato de Eisenhower. El ejército norteamericano mantenía asesores militares y personal de mantenimiento, pero en principio no participaban en los combates. Fue JFK quien intervino política y militarmente en el país, propiciando un golpe de Estado que puso a la cabeza del país a un títere, Nguyen Van Thieu.
Cuando LBJ accedió a la presidencia se encontró con un conflicto bélico heredado y, tal y como evolucionó, difícil de sacarse de las manos, aunque personalmente estaba en contra. La guerra fue utilizada, además, como argumento electoral tanto por republicanos como demócratas, como una extensión de la guerra fría. Vietnam se había convertido en un campo de batalla entre comunistas y capitalistas. Un campo de batalla en el cual quien menos tenía que decir era la población: sin un ejército estructurado y entrenado y ayuno de armamento, incapaz de hacer frente al ejército del norte y a la guerrilla, cada vez más numerosa.
En 1967 Johnson estaba preso de una guerra que nunca le gustó: “En ocasiones –dijo ante el Congreso- nos vemos compelidos a escoger un gran mal para prevenir otro mayor. Ojalá pudiera informarles de que el conflicto bélico está próximo a acabar. No puedo hacerlo. Hemos de hacer frente a más gastos, más pérdidas de vidas humanas y más angustia, porque el fin todavía no ha llegado”.
Es más que conocido el malestar creciente de la sociedad americana ante la guerra de Vietnam. Hay que recordar que todavía existía el servicio militar obligatorio, de forma que cualquier joven podía ser enviado a la otra punta del mundo a combatir con enemigos invisibles por una causa que desde luego no entendían.
Los medios de comunicación americanos tampoco fueron generosos con la participación de su país en Vietnam. La información sobre excesos cometidos por las tropas americanas – tampoco existía la férrea censura actual que impide la difusión de imágenes particularmente incómodas- unida a las continuas bajas, las muertes de civiles, los heridos y el regreso de jóvenes atrapados en el mundo de las drogas –el opio era uno de los más importantes recursos económicos vietnamitas- no contribuyó a aumentar apoyos.
Las acciones en protesta por la guerra de Vietnam se extendieron por todo el país. Los jóvenes veían su futuro truncado, muchos huían a Canadá para eludir sus obligaciones militares. Los campus universitarios se convirtieron en campos de batalla.
En 1967, Nixon publicó un artículo en el que afirmaba que Estados Unidos en sólo tres años había pasado de vivir la década de mayor progreso social a ser uno de los países más violentos. Aseguraba que esto se debía a la falta de autoridad y a la ausencia de respeto por la ley.
Acusaba a la administración Johnson de permisividad hacia los “partidarios de una causa concreta” y tolerancia hacia el crimen. Concretamente, Nixon no se cortó un duro en señalar a los negros como origen del aumento de la criminalidad, asegurando que existía una “cierta simpatía respecto de las injusticias que habían sufrido en el pasado los que ahora son criminales”.
El argumento de ley y orden de los republicanos fue decisivo en la campaña que llevó a Nixon al poder. Un argumento que se reforzó con la intención manifestada por el candidato demócrata McGovern, de retirar las tropas de Vietnam y que fue contestada por los republicanos como una muestra de debilidad frente al enemigo comunista.
domingo, abril 04, 2010
LBJ (1)

Tres son los aspectos más notorios del mandado de Johnson: la guerra de Vietnam, la lucha por los derechos civiles y la carrera espacial. Los tres los heredó de su antecesor, JFK.
Lyndon Johnson, como todo el mundo sabe, accedió a la presidencia de Estados Unidos tras el asesinato de JFK y posteriormente ganó las elecciones de 1964. La imagen que nos ha trasmitido Hollywood y las televisiones es la de un patán texano, ataviado con sombrero y botas de montar. Sin embargo, ha sido, probablemente, el presidente que más ha hecho por la igualdad social en los Estados Unidos desde la segunda guerra mundial hasta el presente.
La década de los 60 fue la de la gran lucha contra la discriminación racial. En 1954 el Tribunal Supremo había abolido las leyes de segregación racial, abolición que afectó fundamentalmente a la segregación realizada desde los propios estados. Esto afectó, por ejemplo, a la escolarización.
Sin embargo, el movimiento segregacionista sureño no hizo mucho caso. El KKK campaba a sus anchas y las amenazas, palizas y asesinatos quedaban impunes. Hasta 1955 en el que la víctima, un adolescente de Chicago, fue apaleado, disparado y arrojado a un río en el estado de Mississippi.
Las fotografías del cadáver se difundieron ampliamente por todo el país. Los asesinos, dos blancos, fueron juzgados y declarados inocentes. La decisión del jurado provocó una oleada de ira en el norte y la reactivación del movimiento a favor de los derechos civiles.
Sólo un año más tarde se produjo el caso Rosa Parks, el del autobús, que concluyó con la abolición de la ley de segregación en el transporte público.
Hay que señalar que el sur en aquellos días estaba en manos de los demócratas y hasta el propio gobernador de Arkansas impidió a estudiantes negros acudir a clase en un colegio para blancos, una vez prohibida la segregación. Hasta el republicano presidente Eisenhower tuvo que mandar a los paracaidistas para hacer cumplir la ley.
El ambiente lejos de normalizarse se caldeó. En Mississippi una treintena de agentes federales resultaron heridos de bala en 1962 cuando protegían a un estudiante negro que hizo valer su derecho a acudir a la universidad.
La situación ya no era que los blancos quedaban impunes de sus crímenes; es que las fuerzas del orden atacaban a los negros con una violencia inusitada cuando reivindicaban sus derechos. Las imágenes de niños atacados por perros azuzados por los propios agentes de le ley o derribados con agua de las mangueras de los bomberos indignaron aun más a la población del norte.
Pero la gota que colmó el vaso fue el asesinato en 1964 de Michael Schwerner, Andrew Goodman y James Chaney, hecho ampliamente conocido especialmente por la película “Arde Mississippi”.
Esta era la situación racial que se encontró Lyndon Johnson cuando ganó las elecciones en 1964. Y esto fue lo que declaró un año más tarde.
“Como hombre de profundas raíces sureñas que soy, sé cuan crueles resultan los prejuicios racistas. Sé cuan difícil es cambiar las actitudes y la estructura de nuestra sociedad. Sin embargo, ha pasado un siglo desde que los negros fueron declarados libres y, a día de hoy, aún no lo son plenamente (…) Ha pasado un siglo desde que les fue prometida la igualdad y todavía los negros no son iguales. Ha pasado un siglo desde el día en que se hizo esa promesa y la promesa no se ha cumplido. Ha llegado, pues, la hora de la justicia”.
El discurso lo pronunció al presentar la Ley de Derechos Electorales, la ley que garantizaría el derecho a voto de los negros.
domingo, marzo 28, 2010
El precusor de Obama
“Un seguro médico completo en Estados Unidos es una idea cuya hora ha llegado ya. Procedamos ahora a garantizar a todos los ciudadanos los recursos económicos necesarios para acceder a una atención médica de calidad”.Barak Obama no pronunció esta frase cuando se presentó la iniciativa ante el Congreso; ni cuando fue aprobada; ni siquiera cuando hace una semana firmó la ley de reforma sanitaria.
Esta frase la pronunció en 1974 Richard Nixon, el innombrable. El presidente republicano maldito. Porque aunque parezca mentira, Nixon defendió el derecho a una atención sanitaria universal, sólo que, como en anteriores y posteriores ocasiones, los lobbies de las aseguradoras y las farmacéuticas, abortaron los intentos.
El mandato de Richard Nixon ha quedado marcado por el Watergate. Sin embargo, su presidencia fue algo más que un chapucero caso de espionaje. Nixon, por ejemplo, fue quien impulsó la creación de la EPA, la Agencia Federal del Medioambiente, que ahora celebra el 40 aniversario de su fundación, y promulgó varias disposiciones protectoras de la conservación de la naturaleza.
También puso fin en 1973 a la participación norteamericana en la guerra de Vietnam; inició relaciones con China y puso las bases para las negociaciones con la URSS para la limitación de armas estratégicas.
Aunque republicano, su `política fiscal fue más propia de un demócrata: aumentó los impuestos a las rentas más elevadas y persiguió la evasión de capitales con destino a paraísos fiscales.
lunes, noviembre 02, 2009
1989
1989 fue un año convulso para lo que se conocía como la Europa del Este. La oposición a Moscú era abierta en varios países. En la madrecita Rusia, o más bien URSS, se intentaba poner en marcha un proceso aperturista y de reforma económica, las llamadas “glasnot” y “perestroika”. Aún así, los países satélite no estaban seguros de que un intento de reforma política acabara, como otras ocasiones, en invasión y recrudecimiento de la sumisión al gigante del Este.Gorbachov, propulsor de esa nueva política soviética, aseguró que no iba a intervenir en ningún proceso que iniciasen los gobiernos aliados. Así, naciones como la Checoslovaquia (todavía formada por los territorios checo y eslovaco), Hungría y Polonia habían empezado a relajar el férreo control que ejercía sobre sus ciudadanos.
La situación se repetía en la RDA, pero el gobierno de la Alemania Democrática era el más intransigente. Las manifestaciones reclamando libertad y democracia se repetían. Muchas de ellas a poca distancia del Muro de Berlín, en la Alexanderplatz. Otras ciudades, quizás menos emblemáticas, también eran escenario de revueltas y protestas.
El Muro era casi infranqueable y, desde luego, cruzarlo era poner en alto riesgo la vida. Miles de ciudadanos de la Alemania Democrática optaban por emigrar al Oeste a través de Polonia, Hungría y Checoslovaquia, cuyos controles de frontera se habían relajado considerablemente.
Los gobiernos de estos países hicieron saber al de la RDA que mantener la impermeabilidad del Muro era inútil, porque la gente se escapaba por otros sitios y que, además, estaban un poco hartos de ese trasiego.
En noviembre, las protestas en la RDA eran ya cosa diaria. Además. La población se sabía fuerte. Poco antes el temido presidente Erich Honecker, había renunciado y el país veía cerca una caída del régimen. El gobierno trataba de contener el malestar y dijo que aprobaría una nueva regulación más flexible. Pero conociendo el paño, la población no se fiaba y mantenía sus protestas.
A `principios de noviembre ya existía un plan que contemplaba la posibilidad de autorizar visitas al Oeste. La decisión fue de tal envergadura que se decidió hacerla pública en una rueda de prensa que se televisó y radió en directo a todo el país. Algo insólito y que nunca con anterioridad había ocurrido.
Uno de los máximos dirigentes del politburó, Schabowski, fue el encargado de hacer el anuncio el 9 de noviembre. Schabowski se limitó a leer la resolución por la cual se anulaban los requisitos que antes se exigían para autorizar las visitas. Un periodista italiano, Riccardo Ehrman, preguntó cuando entraría en vigor. Schabowski, inexperto en el trato con periodistas, no se esperaba la pregunta. Consultó sus papeles buscando ayuda y, al no encontrarla, sólo se le ocurrió decir: “De forma inmediata”. Unas horas más tarde, el Muro empezaba a caer ante la estupefacción de los agentes fronterizos y la presión popular. El mapa de Europa cambió de un plumazo en sólo unas horas, un cambio en el que tuvo mucho que ver la pregunta de un periodista.
Quizás sin esa pregunta, que dejó descolocado a Schabowski, la historia hubiera seguido su curso, pero también es cierto que no lo hubiera hecho con tanta rapidez y con tantas consecuencias. Un año más tarde se ponía en marcha la reunificación de Alemania y en 1991 la capital volvía a Berlín.
Veinte años después vemos como los políticos se niegan a responder a las preguntas de la prensa; se limitan a enviar comunicados escritos o filmados que no admiten réplica; no se pueden rebatir ni poner en duda. Y las televisiones los emiten sin ningún espíritu crítico. Los políticos, especialmente los de la derecha, comparecen ante la prensa y no admiten preguntas, como Camps y si se hacen no se responden.
Y los medios de comunicación lo permiten. Olvidan lo importante que puede ser una simple pregunta. Una pregunta sencilla y corta. Una pregunta que, sin embargo, cambió por completo el mapa europeo y la vida de millones de personas.
sábado, enero 17, 2009
Tradiciones insensatas
En un par de días se celebrará la toma de posesión de Barak Obama, 44º presidente de los Estados Unidos. Debió ser Jefferson el primero en hacerlo en Washington, ya que hasta 1800 no se erigió el Capitolio. Los anteriores presidentes, Washington y Adams, tomaron posesión en Filadelfia.
La historia y la tradición norteamericanas son escasas, pero le tienen mucho aprecio. Porque de otra manera no se explica que se mantenga un rito que cualquier mente actual calificaría de insensato.
Tomar posesión al aire libre el 20 de enero supone arriesgarse, en el mejor de los casos, a pillar un trancazo de primer orden. La previsión meteorológica prevé una temperatura máxima de 1º
y una mínima de 7 bajo cero. Ideal para pasar varias horas tomando la fresca.
Además es, como digo, al aire libre. Esto significa –tal y como está el patio y el nivel de paranoia americana- unas medidas de seguridad sin parangón. Según aseguran en los medios informativos, el tráfico en todo el Capitol Mall y alrededores (vamos, casi todo el DC) estará tomado por el Ejército y las diferentes agencias federales de seguridad.
Los que quieran asistir a la toma de posesión tendrán que ir a pie hasta el centro y atravesar un buen número de controles de seguridad. Señoras, no lleven tacones.
Si no estuvieran aferrados a este ritual, la toma de posesión, se haría a cubierto, lo que ahorraría el despliegue de personal armado y el gasto en antipiréticos.
Obama, además, quiere reproducir algún episodio histórico, como es su llegada en ferrocarril, tal y como hiciera en su día Abraham Lincoln . Es lógico pensar que ese trayecto también será objeto de vigilancia, tanto en las vías como en las estaciones. Más despliegue de seguridad.
La historia y la tradición norteamericanas son escasas, pero le tienen mucho aprecio. Porque de otra manera no se explica que se mantenga un rito que cualquier mente actual calificaría de insensato.
Tomar posesión al aire libre el 20 de enero supone arriesgarse, en el mejor de los casos, a pillar un trancazo de primer orden. La previsión meteorológica prevé una temperatura máxima de 1º
y una mínima de 7 bajo cero. Ideal para pasar varias horas tomando la fresca.Además es, como digo, al aire libre. Esto significa –tal y como está el patio y el nivel de paranoia americana- unas medidas de seguridad sin parangón. Según aseguran en los medios informativos, el tráfico en todo el Capitol Mall y alrededores (vamos, casi todo el DC) estará tomado por el Ejército y las diferentes agencias federales de seguridad.
Los que quieran asistir a la toma de posesión tendrán que ir a pie hasta el centro y atravesar un buen número de controles de seguridad. Señoras, no lleven tacones.
Si no estuvieran aferrados a este ritual, la toma de posesión, se haría a cubierto, lo que ahorraría el despliegue de personal armado y el gasto en antipiréticos.
Obama, además, quiere reproducir algún episodio histórico, como es su llegada en ferrocarril, tal y como hiciera en su día Abraham Lincoln . Es lógico pensar que ese trayecto también será objeto de vigilancia, tanto en las vías como en las estaciones. Más despliegue de seguridad.
miércoles, julio 02, 2008
La maestra

Mi madre es una gran cocinera, pero su capacidad pedagógica usando como material didáctico las cazuelas era bajo 0. Cada vez que le preguntaba como se hacía tal o cual comida, ella contestaba, invariablemente, que no sabía explicarlo y que me fijara.
Como además tenía la costumbre de dejarnos solos a marido e hijos al menos un par de veces al año para pasar unos días en su casa natal, había que solventar el problema de mantenernos con vida mientras durara su ausencia.
Hablo de una época donde el congelado apenas sí existía, los precocinados y el microondas eran ciencia ficción y comer fuera de casa sólo se hacía en fechas muy señaladas, como bodas, bautizos y comuniones.
En plena adolescencia no me quedó más remedio que cocinar para cinco personas sin aprendizaje previo. Y ahí apareció mi otra madre, Simone Ortega, porque fué ella la que se hizo cargo de mi adiestramiento cocinero. Obligada por las circunstancias compré las famosas 1.080 recetas de cocina. Se convirtió en mi lectura de cabecera. Todas las noches –cuando mi madre disfrutaba con sus hermanos en las montañas cual Heidi- escrutaba el grueso volumen hasta encontrar una receta adecuada a nuestras necesidades y mi pericia.
Este aprendizaje, y sus consiguientes errores, que conste, me ayudaron posteriormente a fijarme como mi madre se movía en el fogón e ir apuntando mentalmente todo aquello que ella o bien se negaba a revelar o no sabía explicar.
Hoy día en mi cocina está el cuarto ejemplar de las 1.080 recetas de Simone Ortega. Los otros tres fueron muriendo por uso y abuso de los mismos, con páginas que se desprendían y se perdieron; papel manchado de cualquier sustancia comestible o préstamos que nunca se devolvieron.
Simone Ortega acaba de morir y es como si una antigua y buena maestra hubiera desaparecido. Esa maestra de escuela paciente que nos enseñaba a coger bien el lápiz, que hacia de cualquier materia una aventura apasionante. Una maestra que me hubiera enseñado a manejarme en la vida. Simone Ortega me hizo más independiente y autónoma y, encima, gracias a sus enseñanzas, entre mi familia y allegados tengo fama de ser buena cocinera. Muchos creen que es a través de mi madre, pero es gracias a Simone Ortega.
Como además tenía la costumbre de dejarnos solos a marido e hijos al menos un par de veces al año para pasar unos días en su casa natal, había que solventar el problema de mantenernos con vida mientras durara su ausencia.
Hablo de una época donde el congelado apenas sí existía, los precocinados y el microondas eran ciencia ficción y comer fuera de casa sólo se hacía en fechas muy señaladas, como bodas, bautizos y comuniones.
En plena adolescencia no me quedó más remedio que cocinar para cinco personas sin aprendizaje previo. Y ahí apareció mi otra madre, Simone Ortega, porque fué ella la que se hizo cargo de mi adiestramiento cocinero. Obligada por las circunstancias compré las famosas 1.080 recetas de cocina. Se convirtió en mi lectura de cabecera. Todas las noches –cuando mi madre disfrutaba con sus hermanos en las montañas cual Heidi- escrutaba el grueso volumen hasta encontrar una receta adecuada a nuestras necesidades y mi pericia.
Este aprendizaje, y sus consiguientes errores, que conste, me ayudaron posteriormente a fijarme como mi madre se movía en el fogón e ir apuntando mentalmente todo aquello que ella o bien se negaba a revelar o no sabía explicar.
Hoy día en mi cocina está el cuarto ejemplar de las 1.080 recetas de Simone Ortega. Los otros tres fueron muriendo por uso y abuso de los mismos, con páginas que se desprendían y se perdieron; papel manchado de cualquier sustancia comestible o préstamos que nunca se devolvieron.
Simone Ortega acaba de morir y es como si una antigua y buena maestra hubiera desaparecido. Esa maestra de escuela paciente que nos enseñaba a coger bien el lápiz, que hacia de cualquier materia una aventura apasionante. Una maestra que me hubiera enseñado a manejarme en la vida. Simone Ortega me hizo más independiente y autónoma y, encima, gracias a sus enseñanzas, entre mi familia y allegados tengo fama de ser buena cocinera. Muchos creen que es a través de mi madre, pero es gracias a Simone Ortega.
lunes, julio 02, 2007
Las víctimas impertinentes
Mañana se cumple un año del accidente de metro que acabó con la vida de 43 personas. 43 muertos que no hacen más que fastidiar, oiga. Para empezar, se les ocurrió fallecer en vísperas de la visita de Benito, pero su intento de deslucir el evento no pasó a mayores, gracias a la rapidez de reflejos de nuestras autoridades autonómicas y locales, que dejaron la catástrofe en una mera anécdota.
Pero no contentos con ese intento de boicot, un año después pretenden, asimismo, deslucir la gran fiesta que se avecina –viento mediante- para celebrar el triunfo del Alinghi. De forma tal que el señor Camps ha decidido conmemorar el luctuoso suceso un día antes para que los fastos náuticos no se vean afectados por esos impertinentes 43 muertos.
Para poner la guinda al pastel, hoy se publica que el señor arzobispo –modelo de tolerancia- ha acordado con el ayuntamiento (que para colegios y guarderías no tendrá pasta, pero para juergas y verbenas, sí) la erección de un templo en memoria a los religiosos muertos a manos de las hordas rojas. Eso sí, los miles de muertos anónimos de la postguerra seguirán siendo anónimos, casi como los de la estación de Jesús. En fosas comunes y, a ser posible, destruidas para que sus familias no sepan donde honrar la memoria.
Qué asco dan.
Pero no contentos con ese intento de boicot, un año después pretenden, asimismo, deslucir la gran fiesta que se avecina –viento mediante- para celebrar el triunfo del Alinghi. De forma tal que el señor Camps ha decidido conmemorar el luctuoso suceso un día antes para que los fastos náuticos no se vean afectados por esos impertinentes 43 muertos.
Para poner la guinda al pastel, hoy se publica que el señor arzobispo –modelo de tolerancia- ha acordado con el ayuntamiento (que para colegios y guarderías no tendrá pasta, pero para juergas y verbenas, sí) la erección de un templo en memoria a los religiosos muertos a manos de las hordas rojas. Eso sí, los miles de muertos anónimos de la postguerra seguirán siendo anónimos, casi como los de la estación de Jesús. En fosas comunes y, a ser posible, destruidas para que sus familias no sepan donde honrar la memoria.
Qué asco dan.
sábado, noviembre 18, 2006
Dos apuntes
Como no tengo una idea exacta de la diferencia horaria con Shanghai, he puesto la 2 a las 11 de la mañana (espero ver el partido Nadal-Federer)
Me sorprendo con un programa sobre la actividad parlamentaria que, oh sorpresa, no me adormece. El programa incluye un estupendo debate sobre la Ley del Libro y, sobre todo, sobre el libro. Se habla sobre internet, sobre bibliotecas, sobre dónde se lee, quién lee o la importancia de las librerías. Un debate sin gritos, educado y con aportaciones interesantes. Creo que estoy en otra dimensión.
A continuación una noticia agridulce, por no decir amarga. El Senado rehabilita la figura de Julián Grimau, pero no se pronuncia sobre la ilegalidad del proceso que le condenó a muerte. Por cierto, el PP votó en contra con la peregrina excusa de que estas iniciativas sólo reabren heridas entre los españoles y es necesario "de una vez por todas" cerrar la trágica historia de la Guerra Civil española.
El senador popular Carlos Gutiérrez tiene malísima memoria o, simplemente, es un ignorante. Porque Julián Grimau fue fusilado en 1963, 24 años después de la conclusión de la guerra.
Por cierto, de ese Senado es miembro Manuel Fraga Iribarne, que a la sazón era ministro de Gobernación (hoy Interior) quien dijo en su día que el tratamiento dado a Grimau en las dependencias de la DGS fue "exquisita". Lo de la fractura de cráneo y las dos muñecas fue porque inexplicablemente el detenido, vigilado y esposado a la silla, se arrojó por la ventana.
P.S: Perdón, perdón, perdón. Fraga era entonces ministro de Información y Turismo. Era ministro de Gobernación con lo de Vitoria en marzo del 1976. Se me fué la pinza, pero es que Fraga siempre apuntó maneras.
Me sorprendo con un programa sobre la actividad parlamentaria que, oh sorpresa, no me adormece. El programa incluye un estupendo debate sobre la Ley del Libro y, sobre todo, sobre el libro. Se habla sobre internet, sobre bibliotecas, sobre dónde se lee, quién lee o la importancia de las librerías. Un debate sin gritos, educado y con aportaciones interesantes. Creo que estoy en otra dimensión.
A continuación una noticia agridulce, por no decir amarga. El Senado rehabilita la figura de Julián Grimau, pero no se pronuncia sobre la ilegalidad del proceso que le condenó a muerte. Por cierto, el PP votó en contra con la peregrina excusa de que estas iniciativas sólo reabren heridas entre los españoles y es necesario "de una vez por todas" cerrar la trágica historia de la Guerra Civil española.
El senador popular Carlos Gutiérrez tiene malísima memoria o, simplemente, es un ignorante. Porque Julián Grimau fue fusilado en 1963, 24 años después de la conclusión de la guerra.
Por cierto, de ese Senado es miembro Manuel Fraga Iribarne, que a la sazón era ministro de Gobernación (hoy Interior) quien dijo en su día que el tratamiento dado a Grimau en las dependencias de la DGS fue "exquisita". Lo de la fractura de cráneo y las dos muñecas fue porque inexplicablemente el detenido, vigilado y esposado a la silla, se arrojó por la ventana.
P.S: Perdón, perdón, perdón. Fraga era entonces ministro de Información y Turismo. Era ministro de Gobernación con lo de Vitoria en marzo del 1976. Se me fué la pinza, pero es que Fraga siempre apuntó maneras.
lunes, septiembre 11, 2006
11-S: Llueve sobre Santiago

11 de septiembre, llueve sobre Santiago. Con la inestimable ayuda de la CIA, el ejército chileno dio un golpe de Estado que terminó con una democracia parlamentaria establecida desde 1932 e inició 16 años de una de las dictaduras más sanguinarias que se recuerdan.
Es prácticamente imposible evaluar los muertos/desaparecidos en aquel periodo.
Hoy, 33 años después, el principal responsable, sigue en libertad, y si la justicia no lo remedia, morirá en su cama de viejo.
lunes, julio 31, 2006
Punto final

Dado que comienza el periodo vacacional y estoy más vaga que mis dos perros juntos –expertos en encontrar el lugar más fresco de la casa y tirarse todo el día tumbados tan ricamente- … pues parece que me he quedado sin temas de qué comentar.
No es cierto, porque hay un par de ellos para mí del máximo interés, pero como sé que me voy a subir por las paredes no sé si es conveniente que empiece a dar puntadas. Además, ya he ido dejando en este y otros blogs miguitas de mi indignación. Me refiero a la dichosa ley de recuperación de la memoria histórica o como demonios haya sido finalmente bautizada y la reacción episcopal al nacimiento de una niña sevillana sin la enfermedad de Duchesnne.
En el primer caso –caigo en mi propia trampa- no sé si es recuperar la memoria o poner punto y final. Leo en El País de hoy que no se podrán publicar los nombres de los verdugos. Pues vale. Que no se eliminarán las calles, placas, monumentos y otros elementos de mobiliario urbano conmemorativo de la dictadura. Ah, pues vale. Que no se anularán los juicios de oficio, sólo a petición de parte. Bien, sin problema.
Francamente, no sé para qué coño sirve dicha ley. No tengo claro si todos los que consiguieron un título universitario durante la república y que con la “paz” fue revocado volverán a ser abogados o arquitectos o médicos. No sé si los matrimonios civiles de la república serán reconocidos y los hijos fruto de los mismos dejarán de ser ilegítimos (a buenas horas mangas verdes, ya ves tú lo que les importará a los cadáveres que reconozcan ahora sus matrimonios)
No tengo claro si los bienes confiscados a particulares y organizaciones republicanas o simplemente democráticas serán restituidos. Tampoco si se indemnizará a las víctimas del franquismo. Y no me refiero sólo a los de los primeros años, me refiero a todos. Me viene a la memoria, pongo por caso, todos esos detenidos que tenían la nefasta costumbre de caerse por las escaleras de la DGS o lanzarse por sus ventanas e incluso ponerse en la trayectoria de una bala.
Recuerdo con especial pavor el caso de Julián Grimau, fusilado en 1963 -24 años después de que concluyera la guerra- tras un consejo de guerra que pasará a la historia jurídica como un ejemplo de irregularidades procesales de dimensiones espectaculares. Manuel Fernández Martín –el fiscal militar del caso- ni siquiera había aprobado primero de Derecho. Durante 30 años mantuvo la farsa de ser abogado e incluso antes, pero ahí le pillaron, se hizo pasar por médico.
No fue la única irregularidad. A Grimau se le juzgó mediante un procedimiento derogado dos semanas antes, pero que se mantuvo en secreto.
Un año después de la ejecución se descubrió la impostura de Fernández Martín. En buena ley, todos los juicios y consejos de guerra en los que había participado eran nulos. En 1990 la causa llegó al Supremo, quien se negó a anular el consejo contra Grimau. Si lo hacía, se hubiera abierto una avalancha de revisiones judiciales. Hace cuatro años IU presentó en el Congreso una propuesta para rehabilitar la figura de Julián Grimau, que fue rechazada por la oposición del PP, entonces con mayoría absoluta.
Julián Grimau es quizás el caso más conocido, pero detrás de él se esconden cientos y cientos más. No sólo víctimas de una corrupta justicia, sino de la represión pura y dura. A mi memoria acuden víctimas franquistas incluso muerto Franco. Pues nada, punto final.
Vaya, no quería escribir de estos temas. Si es que me enredo como mi gatita Dina con el ovillo de lana.
lunes, julio 24, 2006
Rejas en la memoria

Ayer, no recuerdo en que dial del digital, emitieron un documental titulado “Rejas en la memoria”. Trataba de la postguerra española y más concretamente de la represión.
Resultaba escalofriante: en los años 40 llegaron a estar en funcionamiento nada menos que 104 campos de concentración donde fueron internadas más de medio millón de personas. El último se cerró bien entrados los años 60.
Algunos permanecieron presos hasta 23 años, con condenas emanadas de juicios sumarísimos, donde para la condena bastaba la delación: ni pruebas ni testigos. Uno de los afectados contaba, no sin un rastro de humor, que en un caso que presenció –se juzgaban hasta 15 casos de forma simultánea- el fiscal pedía cadena perpetua y la defensa ¡pena de muerte!
Para ser condenado bastaba con no acudir a misa o haberse casado por lo civil.
Además de los fusilamientos, la muerte era moneda común a través de la sarna y la tuberculosis, aunque el hambre y la sed –la sed es una constante en los testimonios de los cautivos- sumaron el mayor número de fallecimientos.
El reportaje recogía testimonios escalofriantes en los casos de las mujeres; la tortura era práctica normal, pero quizás la práctica más trágica fue la separación de los hijos de sus madres cautivas. En muchos casos, no volvieron a encontrarse. Esos niños fueron enviados a centros de reeducación para arrancarles cualquier rastro de memoria de sus padres.
La Iglesia tuvo también su protagonismo. Se relataba el caso de un capellán que tras asistir a los que iban a ser fusilados esa madrugada, se encargaba de pegarles el tiro de gracia.
Se restableció la esclavitud. A partir de mediados de los 40, los presos fueron usados como mano de obra gratis para la construcción de pantanos –esos que luego inauguraba el Generalísimo en el No-Do- cementeras o ferrocarriles. Por supuesto, también contribuyeron al 100% en la construcción de la magna obra de Cuelgamuros.
Vistos los buenos resultados que daba esta fórmula laboral, el Estado decidió sacar nuevos beneficios: alquilaba a los presos. Empresas del fuste de FCC, Cementos Pórtland y Asland, varios astilleros … se acogieron a tan original sistema. Pagaban 14 pesetas al Estado por cada esclavo y éste recibía dos reales –para los nacidos después de los 80, 0’5 pesetas-. Las mujeres, por su parte, trabajaban en talleres de costura.
Abrumaba, sobre todo, la tranquilidad con la que los supervivientes recordaban aquellos años, su propia terrible experiencia. Una de las mujeres concluyó: “Lo único que quiero es reconocimiento”.
Sí, reconocimiento de que todo eso pasó en nuestro país en una época que se calificaba de PAZ.
La transición se inició con una tabla rasa. Los crímenes del régimen no iban a ser perseguidos. Lo malo es que tampoco se conocieron. Es una historia oculta, clandestina y ya es hora de que nos enteremos de nuestras vergüenzas.
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