De Bomarzo me sedujo la portada.Hasta bien entrado el siglo XX la portada de los libros –si la tenían- se reducía al nombre del autor y título de la obra. En muchísimos casos eso iba sólo en el lomo. Los pulp y las ediciones populares introdujeron las ilustraciones en las portadas que luego se extendieron a las ediciones de más empaque. Alianza Editorial fue pionera en contratar a un excelente diseñador, Daniel Gil, para realizar las portadas de su colección El Libro de Bolsillo.
Otras editoriales empezaron a introducir el diseño en las sobrecubiertas, dejando la portada a la antigua. Así que la sobrecubierta empezó a ser un reclamo publicitario, un gancho de atracción para la adquisición de la obra. Además servía para conservar las tapas en buen estado mientras se leía el libro. Cuando era depositado en la estantería podía ser despojado de la sobrecubierta y lucir su elegante encuadernación, convirtiéndose en un objeto decorativo.
Seix Barral solía poner fotografías en las sobrecubiertas y las mantuvo cuando las eliminó y las transformó directamente en las portadas. La sobrecubierta también sirvió para introducir las solapas donde aparece un breve resumen de la obra, unas pinceladas sobre el autor o los libros de próxima aparición.
Más adelante el diseño editorial evolucionó. Alfaguara contrató a Enric Satué quien tuvo el encargo de conceptualizar toda una colección. Satué indicó desde la tipografía al tipo y gramaje de papel.
La portada de Bomarzo es el retrato renacentista de un caballero o noble italiano sentado en una mesa de estudio y pasando las páginas de un libro. Aunque la portada pone el cuadro de Lorenzo Lotto en la perspectiva de espejo.
El cuadro es una auténtica belleza.

Yo, que no había leído nada de Múgica Laínez, compré el libro que se inicia con la descripción física del narrador, el conde de Orsini, en base al retrato de Lotto.
Llegué a odiar a Múgica Laínez, lo confieso. Odié la elegancia, la perfección, lo jodidamente bien que escribía. Leía casi compulsivamente la vida de ese ser vengativo y amargado, aunque buenas razones tenía. Me sumergí en la belleza de la Florencia de los Médici; en la opulencia de la Roma del Papa Rey, pero sobre todo, en la construcción del bosque de Viterbo.
Ignoro si la Italia del primer tercio del siglo XVI era así, pero merecía serlo. Los enfrentamientos entre las grandes familias, el poder que daba tener un pariente en la curia, las conspiraciones para poner o quitar Papa, las alianzas políticas de las ciudades con los grandes estados europeos emergentes … y las miserias del conde de Orsini y su absoluta adoración de la belleza que le era negada.
Bomarzo es una de esas novelas que me impulsan a conocer el escenario en el que se desarrollan. Todavía no he estado allí, pero estaré en ese parque que ha fascinado a tantos artistas.
P.D.: Hoy, 8 de octubre, el suplemento El Viajero de El País dedica un reportaje a Bomarzo






















Ahora puede resultar misógina. Incluso no sería de extrañar que salieran feministas exigiendo reparación de daños por alguna escena. Hace apología de la violencia y entre los secundarios destacan dos terroristas. En fin, que es políticamente incorrecta se mire por donde se mire.
Pero quizás su exclamación más memorable es: “Homérico”.






















