lunes, agosto 21, 2006

Una de nostalgia

Hacía varios veranos que no iba al pueblo de mi padre. Bueno, antes (muy antes) íbamos con frecuencia. Vacaciones de Semana Santa, navideñas, algún puente largo … Cambiar la residencia a orillas mediterráneas acabó con aquellos peregrinajes y últimamente también con los veraneos.

Los viajes, cuando todavía vivía en Madrid, eran auténticas aventuras, aunque la distancia es sólo de 300 kilómetros. Para empezar la autopista –ahora autovía- concluía en Adanero y a partir de ahí carretera nacional en perpetuas obras hasta Medina de Ríoseco donde cogíamos comarcales infames hasta nuestro destino. El ruego común era que el 600 no se averiase porque sólo circulaba por allí ocasionalmente algún que otro tractor y algún que otro automóvil. Podíamos pasar días allí abandonados en medio de ninguna parte.

Los viajes incluían una parada reparadora en Medina de Ríoseco donde mi madre siempre compraba unos pastelillos en una confitería. Los coquitos, pastas hechas de coco rallado, caían inexorablemente en el trayecto.

Dependiendo de la época del año el paisaje era distinto. Resultaba precioso en primavera, con todos los campos de cereal verde ocupando todo el horizonte. En verano ese mar se volvía paja. Ahora apenas queda alguna parcela de trigo. Permanecen baldías y unas pocas plantadas de girasol.

Antes casi todo era secano. Salvo en las cercanías del río –donde se cultivaban huertas, frutales y remolacha- todo era cereal y leguminosa. Ahora solo se ve maiz que en mi infancia y juventud era cultivo propio del norte.

Recuerdo las bulliciosas llegadas veraniegas, cuando a lo largo de julio iban llegando los veraneantes, hijos de emigrados a las ciudades. Allí nos aparcaban los padres durante un par de meses al cuidado de los parientes. Nos veíamos de año en año y enseguida planeábamos los baños en el río, las salidas a pescar cangrejos o que día nos tocaría la suerte de llevar las vacas al valle.

Porque entonces, antes de la PAC, había ovejas y vacas. Y en cada casa el establo estaba ocupado por una pareja de mulas o de yeguas. Cuando se generalizó la mecanización rural desaparecieron.

Y con las ovejas había poderosos mastines y perros ovejeros duchos en conducir el ganado.

Sacar las vacas al valle era toda una aventura. Todo el ganado del pueblo salía a pastar al cuidado de dos miembros del vecindario. Los veraneantes nos apuntábamos siempre que nos dejaban. Íbamos bien provistos de merienda y botijo y volvíamos a la caída de la tarde. Algunos se entretenían llevando rateles para pescar cangrejos en los regatos y riachuelos. Hasta que el cangrejo americano acabó con ellos.

Los baños en el río eran estupendos. Íbamos hasta una zona a la que llamábamos el puerto –ignoro el motivo, ya que nunca atracó allí ni un mal bote hinchable- en el que un parapeto de cemento encauzaba las aguas. Allí, en el parapeto, extendíamos las toallas. El rito era siempre el mismo. El valiente, provisto de unas zapatillas viejas para no mancarse los pies con los cantos del lecho, se metía en el agua y nos decía: “Está buenísima”. Y allá que nos tirábamos todos, hecho al que sucedía un alarido porque el agua estaba fría.

Pero enseguida entrábamos en calor con ahogadillas, salpicaduras, alguna brazada que otra … hasta que el gamberro de turno gritaba: “¡Una culebra!” y las chicas salíamos como alma que lleva el diablo.

Luego procedían las expediciones a buscar moras y volvíamos con la cara llena de churretes oscuros, cuando no la ropa para desesperación de las madres, tías o abuelas.

La ropa se lavaba en la poza comunal. El agua venía de un pozo artesiano que llenaba una especie de estanque de cemento con tablas estriadas para restregar la ropa. Las mayores nos daban un trozo de jabón hecho en casa con sosa y sebo y nos encomendaban la ropa pequeña mientras ellas se enfrentaban a las sábanas.

Se frotaba con jabón, se restregaba en la tabla y con los puños para acabar con las manchas rebeldes. Luego se aclaraba y se tendía la ropa en el prado al sol.

A la noche nos metíamos en las cuadras para asistir al ordeño de las vacas, al igual que por las mañanas recorríamos el gallinero recogiendo huevos y metiéndolos en una cesta o dábamos de comer a los gochos berzas, sobras de la comida, peladuras de patata y pienso.

Tras la cena estábamos tan rendidos que caímos en la cama sin chistar. No había tele y cuando la hubo la señal se recibía con tantas interferencias que pasábamos de ella.

Los días previos a la fiesta del pueblo eran una fiesta en sí mismos. En todas las casas se preparaban dulces y había un recorrido por el horno de todos los parientes y amigos “para ayudar”. En grandes lebrillos se amasaba harina, huevos, azúcar, ralladura de limón y otros ingredientes que daban lugar a madalenas, amarguillos, sequillos y cualquier otra obra de dulcería. Una vez llenos los moldes, los lebrillos eran meticulosamente despojados de todo rastro de masa por diligentes dedos infantiles.

Ahora ya no se ven chiquitos bulliciosos por las calles haciendo trastadas. No hay vacas ni ovejas. En cada casa hay lavadora y la poza, entonces mentidero público donde se comentaban las novedades del pueblo (un ternero nacido, quien noviea con quien, las noticias de los ausentes, las nuevas de los parientes que viven en otro pueblo) está en desuso, tanto como la escuela desde que a la concentración parcelaria le siguió la concentración escolar.

La foto es, evidentemente, del río un tributario del Esla.

domingo, agosto 20, 2006

Avituallamiento

Mis padres vivieron en sus carnes la guerra civil y la postguerra. De ahí le debe venir a mi madre su obsesión por el avituallamiento.

Tras el incidente del congelador pude por fin vaciar el maletero ante los comentarios jocosos de mi marido: “Hombre, no es que nos sobre el dinero, pero para ir al mercado todavía nos da”.

Pero es que mi madre es así y a estas alturas prefiero no discutir y arramblar con todo lo que se le ocurre que pueda necesitar.

A ello se añade que cuando salimos de viaje solemos adquirir productos típicos. Así que por nuestra cuenta ya compramos mantecadas de Astorga, hojaldres, cecina, chorizo, fiambre de lengua en aceite, tarros de puerros, alubias pintas, pimientos asados, ajetes y un saquito de lentejas pardiñas.

Mi madre añadió a ese lote de alimentos dos kilos de garbanzos pedrosillanos –pequeñines y muy tiernos- a pesar de dudar de su procedencia. Hasta hace un par de años los garbanzos procedían de una tierra de mi padre cultivada por mis primos que producía una legumbre espectacular. Los Castros –así se llama la finca- sufrió la concentración parcelaria y perdimos tan exquisita fuente de alimento. Ahora los compra en el mercado del pueblo y aunque siempre le aseguran que son de cosecha propia, ella expresa su sospecha de que proceden de ultramar, no sin protestas de la vendedora.

Para entretenerse, mi padre cultiva un minúsculo huerto en casa: acelgas, lechugas, tomates, pepinos y calabacines. El calabacín es el orgullo de la familia. Son gigantescos. Mi madre los cocina de mil maneras pero tienen tal tamaño que es casi imposible consumir uno en cada comida.

Los hace rebozados, en ensalada, rellenos … Un sinfín de posibilidades que acaba por saturarnos.

Traje, faltaría más, dos calabacines. Al menos pude elegirlos de la mata y me llevé los dos más pequeños … que pesarán cada uno de ellos unos 400 gramos.

Y tomates. Tomates patanegra que les llama mi padre. Durante los días que estuve allí vi como maduraban. Como pasaban de un color verde desvaído a un rosado. Los arranqué entreverados y ya han caído bajo nuestras fauces.

Y un queso.

Imagino que mi madre lo hace en parte por dar de aquello que aprecia, pero también porque sigue temiendo quedarse sin viandas. Cuando durante muchos años el paquete de la matanza que le remitían desde el pueblo era esperado con más deseo que la lluvia en el desierto.

El paquete, solía ser una vieja maleta de madera que luego era devuelta cuando íbamos de veraneo, contenía morcillas, chorizo, un lacón, un buen trozo de lomo en aceite, panceta salada … Mi madre sabía estirar aquel regalo en innumerables guisos y lo más selecto se consumía en las grandes ocasiones.

El pueblo era una especie de despensa en tiempos de necesidad.

Ahora en el pueblo de mi padre ya no se cultivan legumbres ni remolacha. Ahora todo es maíz y girasol. Los campos de cereales, tan hermosos en primavera, casi han desaparecido y las parcelas enrejadas de alambre y palos que sostenían las plantas de lúpulo.

Ahora las huertas cercanas al río han dado paso a plantaciones de chopos y ya casi no quedan zarzas que nos regalen moras.

Tomates familiares ya ingeridos

Del usteo

Escribe Esther Tusquets en El País sobre el ostracismo del “usted”. En contra de la teoría de que el tuteo es igualitario, Tusquets sostiene que “no hay mayor clasismo que tratar de tú a los obligados a tratarte de usted”.

Me parece una reflexión muy acertada. Estoy harta de que en las consultas los sanitarios, desde la auxiliar al médico, te tratan como si fueras subnormal o te conocieran de toda la vida.

Especialmente los médicos, que en muchos casos atienden a personas de edad que llegan a la consulta atribulados. Y enseguida el galeno suelta: “Vamos a ver, ¿qué te pasa?” Como si fuera un niño chico y caprichoso al que hay que reñir.

El tuteo médico, de todas formas, no atiende a edad ni condición. He puesto ese ejemplo porque es el que me parece más irrespetuoso.

Reconozco que tengo una especial aversión a la medicina y a los médicos, que a pesar de su proletarización, siguen comportándose como los brujos de la tribu.

Hace un par de años, después de una década, se me ocurrió ir a la médica de cabecera que me habían asignado. Creo recordar que fue para pedir una baja –la primera en 14 años- por un esguince de tobillo que muy amablemente me escayolaron en urgencias (la madre que les parió)

La médica aprovechó la ocasión para “ya que estás aquí” hacerme la historia clínica y reprocharme que desde mi último parto no había vuelto al ginecólogo. Ya digo que detesto a los médicos.

Así que me mandó al especialista y allí, como no tenían nada mejor que hacer, me aseguraron que tenían que operarme de algo que no sabía que tenía. Una chorrada.

De allí al cirujano que, revestido de la magia de salvar vidas, me trató como si fuera subnormal y dando por supuesto que no iba a poner en cuestión la necesidad de la operación que era a todas luces innecesaria.

Él insistía en el tuteo y yo remarcaba el usteo cada vez con más mala leche. Al darse cuenta de que no le reverenciaba –tal y como estaría acostumbrado- pasó a responder a mis dudas de la conveniencia de la intervención de forma agresiva.

Llegó un momento en el que sacó a relucir sus años de carrera, el mir y todo lo demás. Ahí me tocó las narices y le solté un “oiga, yo también tengo un postgrado”. Parece que se arrugó o más bien se acojonó cuando inmediatamente inquirió de qué era el postgrado. “Tranquilo –le respondí- no me dedico a litigar”.

A todo esto, la enfermera no hacía más que disimular una sonrisita que imagino provocada por lo inusual de la situación. Alguien se atrevía a encararse al sumo pontífice del bisturí.

Supongo que me habrán puesto en su lista negra.

Este es quizás un caso extremo. Pero ¿quién no recibe una llamada profesional de un desconocido y le tratan como si la noche anterior hubieran estado de farra?

El usteo denota respeto, pero en el ámbito profesional es una forma de marcar el territorio, de delimitar unas distancias para que la relación no se contamine de una inexistente confianza que, en muchos casos, resulta nefasta.

Me saca de quicio, por ejemplo, recibir correos electrónicos comerciales en los que me tutean conminándome a adquirir cualquier gilipollez YA.

Días atrás, en la casa paterna, todas las noches mi prima y su marido venían a hacer compañía a mis padres y a jugar una partida de cartas. Mi prima tiene una edad más cercana a mis padres que a mí –tanto mi padre como yo fuimos hijos tardíos, de ahí que él sea apenas una década mayor que su sobrina- y desde que tengo memoria le trata de usted, al igual que a mi madre. Sus hijos, algo más jóvenes que yo, también ustean.

Por supuesto, mis hermanos y yo nos dirigíamos a mis abuelos de usted, así como a mi tío.

La foto es el palacio episcopal de Astorga, proyectado por Gaudí

sábado, agosto 19, 2006

2.000 kilómetros y un congelador


Una doble incidencia familiar nos hizo replantearnos el asueto vacacional. Lo previsto era quedarse ganduleando en casa con alguna salida ocasional. Tras conseguir acomodo para uno de los perros -el bueno- salimos toda la familia y el perro trasto dipuestos a recorrer 700 kilómetros.

Como mi madre está convalenciente de su enésima crisis cardio-respiratoria no era cuestión de agobiarla más de lo debido, así que nos alojamos en un hotel cercano y nuevo. El perro trasto quedó encomendado al cuidado de los abuelos que siempre han demostrado buena mano con los canes y, además, podía disfrutar de un espacioso patio y huerto.

Los días pasaron en visitas al médico, pruebas de sintron, preparar comidas y cenas, paseos por el río e inspección de las modificaciones realizadas por la última concentración parcelaria. Cuando la abuela se encontraba bien -es decir, nos reñía a todos y cada uno de los presentes- hacíamos alguna escapada con el vano propósito de inculcar a las chicas algún aprecio por el enorme legado que las generaciones pretéritas dejaron en aquellas tierras, atravesadas por el Camino de Santiago.

Tras una semana, el padre y la progenie (incluyendo al perro travieso que descubrió la excitación de perseguir y cazar ratones de campo) regresaron a casa, mientras que yo me instalaba en la casa que fuera de mi abuelo y ahora de mi padre.

Al día siguiente de la vuelta a Valencia recibo una llamada:

- Tenemos un problema. La puerta del congelador no se puede cerrar, está lleno de hielo.

Me alarmo, ya que justo el día antes de nuestra salida -y dado que no teníamos previsto salir- había comprado prácticamente todo el género cárnico de mi habitual proveedor. Ante el cambio de planes fue necesario congelar toda la compra.

Doy las instrucciones básicas:

- Hay que descongelar, tardará poco más de una hora. Saca todo lo que hay dentro y lo guardas en la nevera. Desconecta el congelador y deja la puerta abierta.

Al día siguiente nueva llamada:

- Esto sigue lleno de hielo.
- Eso es imposible, no tarda más que una hora en descongelarse. ¿Habeis desconectado el congelador?
- Sí
- ¿Habeis sacado la carne?
- ¿Hay que sacar la carne?
- &@#~ ... que pondrían en los tebeos

No hubo más referencia al congelador en los días sucesivos, por lo que concluí que el asunto estaba resuelto, aunque la utilidad de la carne almacenada quedaba en entredicho.

El jueves 17 a mediodía, una vez comprobado que la salud de mi madre volvía a estabilizarse, regresé. Tenía 700 km. por delante sin posibilidad de relevo al volante, con una parada en Madrid en casa de mi hermana.

Llegué al hogar, dulce hogar, sobre las 9 de la noche con un marido persiguiéndome en coche y desde el garage apremiándome a que conectara el portátil porque era urgentísimo enviar un documento por correo electrónico que estaban esperando. Así que sin tiempo de hacer el socorrido pis, saqué el portátil y realicé las pertinentes conexiones. Unos minutos más tarde confirmaban vía telefónica la recepción del dichoso documento.

Satisfecha la urgencia, fuí a la cocina y comprobé que la puerta del congelador permanecía abierta. ¡Mecachis! Olvidé darles las instrucciones para conectarlo. Pero tras una atenta observación comprobé que ¡seguía habiendo hielo!.

El congelador no había sido desconectado, simplemente habían puesto el termostato al mínimo, así que no se había resuelto nada. ¿Pero qué pandilla de inútiles compone mi familia? No se trata de fabricar una nave espacial, ni siquiera de la peligrosa tarea de cambiar una bombilla. Sólo hay que abrir una puerta y dar a un botón.

Al cabo de la hora el congelador estaba limpio y de nuevo en marcha, esta vez con la puerta cerrada. Toda la carne fue desechada, ya que tras casi una semana despedía un tufo que más que sospechoso era evidencia. Fue necesario fregar con amoniaco la nevera para eliminar el olor y, por supuesto, el viernes a primera hora hubo que hacer una visita urgente a la carnicería para reponer el género estropeado.

Mi hija mayor es capaz de resolver complicados problemas de termodinámica, pero al parecer algo tan cotidiano como un congelador no merece la aplicación de sus conocimientos. La pequeña vive en otra dimensión habitada por mensajes al móvil y mi marido tiene a gala ser un inepto total para las tareas domésticas.

Estoy convencida de que es una conjura, y no precisamente de necios.

La fotografía es de Las Médulas

sábado, agosto 05, 2006

Pasatiempo veraniego


Hace algún tiempo –creo que más de un año- introduje una entrada sobre palabras en desuso y la belleza de las mismas.

Me gustaría, al hilo de un comentario recibido por parte de una amiga desaparecida y felizmente reencontrada, volver a proponer de nuevo el tema. Lo que Sfer denominaría, si no estoy equivocada, un meme.

Reproduzco a continuación el comentario de Pieldivina

"Ante tanto conocimiento de arcaísmos he de reconocer que mi aportación es pobre y quizá, casposa. Pero…¿no os acordáis de la palabra “chorbo”? Cuando iba al instituto (ay, cuánto hace ya de eso) la palabra “novio” era considerada una cursilada del año de catapún, utilizada solo por los carcamales de nuestros padres. Así que se recurría mucho al hoy olvidado vocablo “chorbo, -a”. La verdad, es que a mí (siempre he sido algo repipí para el lenguaje) no me gustaba esa palabra y no la utilizaba. Por cierto, ¿“año de la catapún” se admite también?"


viernes, agosto 04, 2006

Ripley, el asesino admirable

En 1955 Patricia Highsmith dio a luz a uno de los personajes literarios más inquietantes del pasado siglo.

Tom Ripley cuenta 25 años cuando hace su espectacular aparición en “El talento de Mr. Ripley”. Es un fracasado con talento que no ha podido demostrar. Su currículo como pequeño estafador de ancianos indefensos, además de ponerle en peligro, le hace considerar la alternativa de cambiar de aires.

La oportunidad se presenta cuando el acaudalado padre de un antiguo compañero de estudios le ruega que viaje a Italia para convencer a su vástago de regresar al hogar paterno.

De “El talento de Mr. Ripley” se hicieron dos versiones cinematográficas. La primera dirigida por el francés René Clement en 1960, con actores del fuste de Alain Delon, Maurice Ronet y la bellísima Marie Laforet.

Anthony Minghella revisita la historia 40 años más tarde y, curiosamente, sigue siendo moderna. Quizás los actores en esta ocasión no estén a la altura de las circunstancias, especialmente para los que nos estremecimos con la primera versión. ¿No es mucho más creíble Delon como brillante seductor, manipulador y asesino que el cotidiano Matt Damon?

Tom Ripley es un criminal sin castigo que salta de éxito en éxito. Tras su primer golpe reaparece en “La máscara de Ripley”. Highsmith le sitúa una década más tarde, felizmente casado con una rica y sofisticada francesa, residiendo en una mansión en los alrededores de Paris. Vive de “sus negocios”, algo ambiguos, como el negocio del arte. La trama será en parte aprovechada por Paul Auster en “Brooklyn Follies”. Un pintor de enorme éxito muere, pero el hecho se mantiene en secreto mientras que sus obras siguen saliendo al mercado y llenando los bolsillos de Ripley.

En 1974 Highsmith retoma el personaje en “El juego de Ripley”, llevada al cine por Win Wenders bajo el título de “El amigo americano”. En esta entrega el amoral Ripley tiene destellos de humanidad, pero que no son suficientes para compadecerse de su “víctima”.

“Tras los pasos de Ripley” nos revela a un personaje atrapado por su propio reflejo. La novela, de 1980, narra el intento desesperado de Tom por salvar a un adolescente en el que se ve en parte retratado.

La última aparición de este antihéroe exitoso es en 1991 en la novela “Ripley en peligro” que cierra el bucle que se inició con “El talento” y en el que los fantasmas que ha ido creando en novelas anteriores tratan de perseguirle. Pero Tom es un personaje respetable, conocido y bien relacionado, con un prestigio social intachable. Saldrá de nuevo indemne de sus tropelías.

Los crímenes de Ripley no son especialmente brillantes, más bien son fruto de la necesidad que de la planificación. Pero sabe salir indemne de toda investigación y su buen nombre no se ve empañado por sospechas.

Tom es frío, egoísta y se mueve siempre por su propio interés. Sin embargo, no es un asesino que resulte repulsivo al lector, que siempre espera que salga indemne de sus tropelías. Es un raro hallazgo de la autora imprimir ese carácter.

Patricia Highsmith murió cuatro años más tarde y la saga de Ripley concluyó.

Highsmith publicó otras muchas novelas inquietantes y un buen número de relatos más inquietantes todavía. Pequeños relatos de una crueldad estremecedora en los ámbitos más íntimos e insólitos. Una mujer con una mente tan retorcida y aguda que me hace pensar que jamás me quedaría con ella a solas.

miércoles, agosto 02, 2006

T-4 (de nuevo)

Ayer regresaba nuestra hija pequeña de su tercer y último viaje (se supone de estudios) veraniego. La llegada de su vuelo a Barajas estaba anunciada a las 11:45 a.m.

Así que sus progenitores, el primer día de vacaciones, se levantaron a las 6:00 (bueno, yo media hora más tarde) y después de las necesarias abluciones matinales, atender a los habitantes de cuatro patas y desayunar, se pusieron en camino con paciencia, que la cosa de los puntos no es para tomarla a broma

A la altura de Arganda recibimos un sms que, traducido, venía a decir: “Pasajero enfermo, aterrizaje de emergencia, no sabemos si cogeremos el enlace de Londres”.

Llamo a la agencia que ha organizado el viaje para pedir información, pero la cobertura se va al garete. Así que decidimos esperar hasta llegar a la T-4.

Mientras hago cola para que un ineficaz empleado de British me atienda, mi marido vuelve a llamar a la agencia. Durante la espera suena mi móvil. Es la agencia. Es curioso, están hablando con los dos al tiempo y cuando nos damos cuenta nos partimos de risa.

Tras la conversación de 10 minutos, el empleado de British todavía no ha concluido con el señor que me precede, así que abandono la cola (por eso digo lo de ineficaz)

En resumen. La pandilla está en Londres. 10 que iban a Barcelona han sido acomodados en otro vuelo directo al Prat –que dios les ayude- y los 30 restantes están siendo acomodados en otros dos vuelos –no hay plazas suficientes en uno- que llegaran a Barajas a las 16:30 y las 17:45.

Nuevo sms desde Heathrow que nos aclara que no ha sido un infarto: “Un gilipollas ha tenido un ataque de pánico y el piloto ha aterrizado en Nueva Delhi. Se lo han llevado en ambulancia”.

Son las 12:00, así que decidimos ir a Madrid, visitar alguna librería y comer. Mi marido cree que es merecedor de más regalos de cumpleaños y se obsequia con un libro sobre Mies, otro sobre diseño tipográfico y un tercero sobre no sé qué (99,45 euros)

Vamos a comer a La Daniela. Le digo que está loco, que es primero de agosto … Pero acabamos en la taberna comiendo cocido –fabuloso- y dejando que la camarera nos riña por no acabar las pantagruélicas fuentes, mientras nos llama “queridos”.

A las 16:00 horas estamos de nuevo en la T-4. Consultamos el horario de llegada del vuelo 646. El retraso de media hora se amplía a 45 minutos. El avión aterriza, pero por la puerta 10 no sale nuestra alborotadora pandilla adolescente. A las 18:00 horas ha aterrizado el segundo vuelo. Al poco sale un portavoz granujiento y anuncia que:

a) las maletas no aparecen
b) están presentando las reclamaciones
c) a lo mejor vienen en el vuelo de las 18:00 horas que acaba de aterrizar y esperaran a ver que pasa.

Una vez comprobado que tampoco vienen en ese vuelo, los chicos van saliendo y responden sobre el accidentado viaje.

Cuatro horas después de despegar de Singapur un pasajero despierta al resto entre gritos. En medio del pasillo berrea que se quiere bajar porque el avión se va a estrellar.

Reacción de los pasajeros:

a) que se baje, pero ya (opción rechazada por aquello de que se despresuriza la cabina)
b) que le den un valium, dos valium, tres valium …
c) que le den una hostia

El comandante anuncia que –el follón ha debido ser antológico- va a tomar tierra para desembarcar al pasajero. El pasaje sugiere dejarlo en Bagdad o Beirut, algún sitio donde el miedo a volar sea rápidamente olvidado.

El piloto opta por el aeropuerto más a mano, que resulta ser Nueva Delhi. Allí una ambulancia a pie de pista recoge al maníaco.

Entre pitos y flautas pierden tres horas, las suficientes para no alcanzar el enlace Londres-Madrid. Al llegar a Heathrow el piloto da las gracias al pasaje por su paciencia.

Los chicos llevan más de 30 horas en aviones y aeropuertos desde que salieron de Queensland y a pesar del subidón de adrenalina que les provoca contar la aventura, empiezan a dar muestras de cansancio.

Mi hija pide urgentemente un bocadillo de tortilla de patatas y un zumo de naranja recién exprimido.

Salimos del aeropuerto tras repartir besos y abrazos al resto de la expedición. La pobre se queda dormida antes de enfilar la A-3.

Hoy hemos llamado a British por lo del equipaje. Respuesta: pues las maletas están bien en Singapur, bien en Londres.

Corolario: para que un vuelo se convierta en una aventura inolvidable no hace falta que el Sepla se ponga en huelga; ni que los trabajadores de Iberia invadan las pistas, ni que haya huelga de limpieza. Ni siquiera que viajes con Iberia o que tu aeropuerto de salida o llegada esté gestionado por Aena. Viajar en avión casi siempre es una aventura.

La primera entrada de este blog se titula “Aena, te amo”. Los curiosos, pueden consultar este enlace

Duchenne (lo de los obispos)


La enfermedad de Duchenne es un trastorno de origen genético. Se trata de una distrofia muscular causada por un gen defectuoso en el cromosoma X. Básicamente es una enfermedad que afecta a los hombres, mientras que las mujeres son portadoras.

Los síntomas pueden declararse casi desde el nacimiento, pero se suelen desarrollar a partir de los 6 años. Estos síntomas son básicamente debilidad muscular progresiva, con pérdida de masa muscular. La debilidad empieza a detectarse en las piernas y pelvis, para ir invadiendo el resto del cuerpo. A los 12 años la mayoría de los pacientes están impedidos para usar las piernas. Los huesos crecen anormalmente y causan malformaciones de columna.

La debilidad muscular y las malformaciones óseas ocasionan patologías respiratorias frecuentes. Por otro lado, el progreso de la enfermedad afecta también al desarrollo intelectual.

No existe cura. La esperanza de vida es de 25 años.

En resumen, un niño que hereda la enfermedad de Duchenne estará casi desde su nacimiento confinado en una silla de ruedas. Padecerá dolores difíciles de calificar a causa de las frecuentes contracturas. Su cuerpo quedará deformado y acabará muriendo por fallo respiratorio.

Habrá pasado prácticamente toda su vida sufriendo y los que están a su lado y le aman no pueden hacer nada no ya para curarle, sino para aliviarle.

Los obispos han puesto el grito en el cielo porque una pareja española se sometió a terapia genética para concebir un hijo libre de esta enfermedad y que, además, no la trasmitiera.

La tecnología y la legislación actual lo permiten. Así que se fertilizaron unos óvulos, se seleccionaron dos embriones viables y sanos, se implantaron en el útero de la madre, prosperó uno … y nació Carmen. Una niña que ha ofendido gravemente a la curia episcopal.

Los prelados claman al cielo y se refieren a los embriones no viables o rechazados como “los hermanos de la niña” a los que se les ha negado el derecho de nacimiento.

La declaración de los obispos no tiene desperdicio: "La niña que ha nacido en Sevilla no ha sido curada de nada, ni librada de ninguna enfermedad. Ella ha estado sana desde el principio y por eso ha sido seleccionada para vivir. En cambio, algunos de sus hermanos, en su fase de embriones, han sido destruidos o congelados para un futuro incierto".


Ya sé que la reflexión que voy a hacer es manida: los jodidos obispos no iban a criar al enfermo, ni a verle sufrir, ni sufrirían ellos mismos ni verían su atormentada muerte a una edad en la que otros piensan en divertirse.

A los obispos no les preocupa el dolor del vivo, sino la ausencia del mismo en los no vivos. Los no vivos también deberían tener el derecho de padecer la enfermedad. O, qué demonios, de padecerla todos.

Los obispos estigmatizan a la recién nacida, a sus padres y al equipo científico que ha hecho posible que viniera al mundo SANA. Porque la salud, deben pensar, es un don divino, no un avance de la humanidad. Como si los dones divinos salvaran al mundo.

La archidiócesis de Madrid publica un artículo de lo más jugoso, en el cual no sólo se escandaliza de que se hayan desechado embriones, sino que todo el proceso se realizase dentro del marco de la sanidad pública. “Es lamentable –señala- que con el dinero de los contribuyentes se esté entrando al mismo juego de determinadas industrias que se rigen por intereses meramente económicos”.

Corolario: si quieres tener un hijo sano, te lo pagas de tu bolsillo. Y si no tienes pasta, te toca sufrir, porque bienaventurados son los que sufren ya que de ellos será el reino de los cielos. ¿Qué te creías, pardillo?



La fotografía es de mi hija mayor cuando empezó a gatear.
Ella nació sana por suerte, ya que entonces no tenías más que dos opciones: corrías el riesgo (vete tú a saber que enfermedad que desconocías podías legale) o no correr el riesgo. Hoy, afortunadamente, se puede evitar la angustia de NO SABER y tienes la posibilidad de ELEGIR. Ásí que en el conocimiento está la posibilidad de elección.

lunes, julio 31, 2006

Punto final


Dado que comienza el periodo vacacional y estoy más vaga que mis dos perros juntos –expertos en encontrar el lugar más fresco de la casa y tirarse todo el día tumbados tan ricamente- … pues parece que me he quedado sin temas de qué comentar.

No es cierto, porque hay un par de ellos para mí del máximo interés, pero como sé que me voy a subir por las paredes no sé si es conveniente que empiece a dar puntadas. Además, ya he ido dejando en este y otros blogs miguitas de mi indignación. Me refiero a la dichosa ley de recuperación de la memoria histórica o como demonios haya sido finalmente bautizada y la reacción episcopal al nacimiento de una niña sevillana sin la enfermedad de Duchesnne.

En el primer caso –caigo en mi propia trampa- no sé si es recuperar la memoria o poner punto y final. Leo en El País de hoy que no se podrán publicar los nombres de los verdugos. Pues vale. Que no se eliminarán las calles, placas, monumentos y otros elementos de mobiliario urbano conmemorativo de la dictadura. Ah, pues vale. Que no se anularán los juicios de oficio, sólo a petición de parte. Bien, sin problema.

Francamente, no sé para qué coño sirve dicha ley. No tengo claro si todos los que consiguieron un título universitario durante la república y que con la “paz” fue revocado volverán a ser abogados o arquitectos o médicos. No sé si los matrimonios civiles de la república serán reconocidos y los hijos fruto de los mismos dejarán de ser ilegítimos (a buenas horas mangas verdes, ya ves tú lo que les importará a los cadáveres que reconozcan ahora sus matrimonios)

No tengo claro si los bienes confiscados a particulares y organizaciones republicanas o simplemente democráticas serán restituidos. Tampoco si se indemnizará a las víctimas del franquismo. Y no me refiero sólo a los de los primeros años, me refiero a todos. Me viene a la memoria, pongo por caso, todos esos detenidos que tenían la nefasta costumbre de caerse por las escaleras de la DGS o lanzarse por sus ventanas e incluso ponerse en la trayectoria de una bala.

Recuerdo con especial pavor el caso de Julián Grimau, fusilado en 1963 -24 años después de que concluyera la guerra- tras un consejo de guerra que pasará a la historia jurídica como un ejemplo de irregularidades procesales de dimensiones espectaculares. Manuel Fernández Martín –el fiscal militar del caso- ni siquiera había aprobado primero de Derecho. Durante 30 años mantuvo la farsa de ser abogado e incluso antes, pero ahí le pillaron, se hizo pasar por médico.

No fue la única irregularidad. A Grimau se le juzgó mediante un procedimiento derogado dos semanas antes, pero que se mantuvo en secreto.

Un año después de la ejecución se descubrió la impostura de Fernández Martín. En buena ley, todos los juicios y consejos de guerra en los que había participado eran nulos. En 1990 la causa llegó al Supremo, quien se negó a anular el consejo contra Grimau. Si lo hacía, se hubiera abierto una avalancha de revisiones judiciales. Hace cuatro años IU presentó en el Congreso una propuesta para rehabilitar la figura de Julián Grimau, que fue rechazada por la oposición del PP, entonces con mayoría absoluta.

Julián Grimau es quizás el caso más conocido, pero detrás de él se esconden cientos y cientos más. No sólo víctimas de una corrupta justicia, sino de la represión pura y dura. A mi memoria acuden víctimas franquistas incluso muerto Franco. Pues nada, punto final.

Vaya, no quería escribir de estos temas. Si es que me enredo como mi gatita Dina con el ovillo de lana.

domingo, julio 30, 2006

Sí, ministro


Durante el gobierno Thatcher la BBC emitió una serie de televisión imprescindible. Fué en 1983 y algo así desde luego no pasaría en nuestro país: que la televisión pública pusiera en antena una serie donde el gobierno en curso fuera vapuleado tanto y con tanto ingenio.

La serie da comienzo con el nombramiento de Jim Hacker como ministro de Asuntos Administrativos. Jim en realidad, esperaba ser titular de la cartera de Agricultura, pero una cartera es una cartera.

El argumento gira en torno a un dilema: ¿Quién gobierna realmente, el gobierno o la administración?

El otro gran protagonista de la serie es sir Humphrey Appleby, secretario permanente del ministerio –lo que en España sería oficial mayor, si es que todavía existe ese cargo- es decir, el funcionario de máximo rango.

Las fricciones y resistencias de la burocracia paralizando toda iniciativa política es el marco permanente. Pero alguna de las mejores cosas de la serie es el uso del lenguaje.

He aquí algunos ejemplos.

“Cité, por ejemplo, que una reducción por etapas de unas 400.000 personas en la Administración Pública “no convendría al interés público”. Traducción: Convendría al interés público, pero no al de la Administración”.

“Otra frase del informe: “La opinión pública no está preparada todavía para un paso semejante”. Traducción: la opinión pública está preparada, pero no la de la Administración”.

“Otra más: “Sin embargo, como se trata de un problema urgente, proponemos la formación de una Comisión Real”. Traducción: este problema es una condenada molestia y esperamos que cuando la Comisión Real presente su informe, dentro de cuatro años, todo el mundo habrá olvidado el asunto”.

Abundan los ejemplos sobre el empleo interpretativo del lenguaje:

“Creo que debemos ser muy cuidadosos” se traduce en “no lo haremos”
“¿Ha pensado usted en todas las implicaciones? Significa: no se hará. También puede significar “No tiene usted la menor idea de cuál es su tarea”

“Esta es una decisión algo desconcertante” en realidad quiere decir: absolutamente idiota.

“Quizás inadecuada”=criminal

“Con el debido respeto, ministro” es en realidad “su idea, ministro, es lo más descabellado que hemos oído nunca”.

Cuando una decisión es calificada por un funcionario de valiente, se traduce como “perderá las elecciones”, si la decisión es polémica, sólo significa que perderá votos.

Las decisiones imaginativas, originales o creativas tienen todavía una traducción más catastrófica.

El novato secretario personal del ministro aprende rápidamente: “Yo no comprendía que la Ley de Secretos Oficiales no está hecha para proteger los secretos, sino a los funcionarios”.

Sir Humphrey insiste siempre en que el ministro no debe conocer todos los detalles ni saber más de lo necesario. “Cómo los agentes secretos, porque pueden ser capturados y torturados”.

- ¿Por los terroristas? –pregunta un ingenuo Woolley (el secretario)
- Por la BBC, responde Appleby.

Los guiones –que fueron editados en tres volúmenes- recogen también la vanidad de los políticos, las corruptelas de favores, la dicotomía de la política necesaria y la política electoralista (siempre gana la segunda) y otras exquisiteces.

miércoles, julio 26, 2006

El Ala Oeste


Dada la tremenda programación televisiva del fin de semana hemos pasado este adelanto vacacional viendo dvd de la serie “El ala oeste de la Casa Blanca”. Dado que los capítulos se emiten a unas horas rarísimas y tampoco hay la certeza de que aparezcan, decidimos comprar la edición en vídeo. Son cuatro temporadas, seis dvd’s por temporada y cuatro capítulos por disco. O sea, una barbaridad.

Lo bueno es que se pueden seguir cronológicamente, pero un dvd entero puede durar tres horas y media, así que hay entretenimiento asegurado durante toda la tarde dominical.

“El ala oeste” es una serie inteligente, con unos diálogos chispeantes, que –creo- refleja bastante bien las entretelas del poder. Se trata del grupo de asesores del presidente de los USA, en este caso un demócrata: jefe de personal, secretaria de prensa, el que escribe los discursos … aunque sus atribuciones están un poco confusas, ya que en muchas ocasiones funcionan como negociadores políticos.

El presidente, que tampoco sale mucho, está interpretado por Martin Sheen. Se trata de un doctor en económicas que, pásmense, ha ganado un Nóbel y ha sido durante dos mandatos gobernador del estado más pequeño de la Unión: Rhode Island.

Tiene dos problemas personales: una mujer brillantísima, papel asignado a la enorme Stockard Channing, que es una médica de prestigio y que no se deja amilanar por el aparato de la Casa Blanca; el segundo problema es la enfermedad secreta Jed Bartlet: una esclerosis múltiple que ignora todo su equipo.

Los personajes son magníficos: desde el huraño Toby Ziegler al alocado Josh Lyman, la encantadora CJ o el genial Leo McGregor sin olvidar a la metementodo Donna o al “chico del presidente” Charlie, que es quien tiene el poder para abrir o no la puerta del despacho oval.

Lo curioso es que esta serie, que hace poco dejó de emitirse en Estados Unidos, ha coincidido con la oscura etapa de Bush junior, la antítesis del liberal Jed Bartlet.

La vida cotidiana en el Ala Oeste no tiene horarios. Las reuniones son continuas y las frases más repetidas son “Arréglalo” y “Nos vemos luego”.

Entre los personajes colaterales destaca el vicepresidente, al que más o menos todos en la Casa Blanca desprecian y cuya única forma de hacerse respetar es haciendo desplantes a lo empleados del Ala Oeste. Sin embargo, no es tan tonto como los demás creen, ni tan mala persona. Pero es que ser vicepresidente es un papel de lo más deslucido.

A lo largo de la serie se reviven conflictos bélicos y diplomáticos; peleas en el Congreso, artimañas para lograr un escaño en el Senado, las tácticas de presión de los lobbies, filtraciones insidiosas a la prensa, meteduras de pata antológicas, procesos de selección para jueces del Tribunal Supremo … En fin, un auténtico master de política, aunque no tan ingenioso como aquella maravilla que fue “Sí, ministro”.

Los americanos no tienen el sutil sentido del humor de los británicos.

lunes, julio 24, 2006

Rejas en la memoria


Ayer, no recuerdo en que dial del digital, emitieron un documental titulado “Rejas en la memoria”. Trataba de la postguerra española y más concretamente de la represión.

Resultaba escalofriante: en los años 40 llegaron a estar en funcionamiento nada menos que 104 campos de concentración donde fueron internadas más de medio millón de personas. El último se cerró bien entrados los años 60.

Algunos permanecieron presos hasta 23 años, con condenas emanadas de juicios sumarísimos, donde para la condena bastaba la delación: ni pruebas ni testigos. Uno de los afectados contaba, no sin un rastro de humor, que en un caso que presenció –se juzgaban hasta 15 casos de forma simultánea- el fiscal pedía cadena perpetua y la defensa ¡pena de muerte!

Para ser condenado bastaba con no acudir a misa o haberse casado por lo civil.

Además de los fusilamientos, la muerte era moneda común a través de la sarna y la tuberculosis, aunque el hambre y la sed –la sed es una constante en los testimonios de los cautivos- sumaron el mayor número de fallecimientos.

El reportaje recogía testimonios escalofriantes en los casos de las mujeres; la tortura era práctica normal, pero quizás la práctica más trágica fue la separación de los hijos de sus madres cautivas. En muchos casos, no volvieron a encontrarse. Esos niños fueron enviados a centros de reeducación para arrancarles cualquier rastro de memoria de sus padres.

La Iglesia tuvo también su protagonismo. Se relataba el caso de un capellán que tras asistir a los que iban a ser fusilados esa madrugada, se encargaba de pegarles el tiro de gracia.

Se restableció la esclavitud. A partir de mediados de los 40, los presos fueron usados como mano de obra gratis para la construcción de pantanos –esos que luego inauguraba el Generalísimo en el No-Do- cementeras o ferrocarriles. Por supuesto, también contribuyeron al 100% en la construcción de la magna obra de Cuelgamuros.

Vistos los buenos resultados que daba esta fórmula laboral, el Estado decidió sacar nuevos beneficios: alquilaba a los presos. Empresas del fuste de FCC, Cementos Pórtland y Asland, varios astilleros … se acogieron a tan original sistema. Pagaban 14 pesetas al Estado por cada esclavo y éste recibía dos reales –para los nacidos después de los 80, 0’5 pesetas-. Las mujeres, por su parte, trabajaban en talleres de costura.

Abrumaba, sobre todo, la tranquilidad con la que los supervivientes recordaban aquellos años, su propia terrible experiencia. Una de las mujeres concluyó: “Lo único que quiero es reconocimiento”.

Sí, reconocimiento de que todo eso pasó en nuestro país en una época que se calificaba de PAZ.

La transición se inició con una tabla rasa. Los crímenes del régimen no iban a ser perseguidos. Lo malo es que tampoco se conocieron. Es una historia oculta, clandestina y ya es hora de que nos enteremos de nuestras vergüenzas.

Herejía


En esto del arte tengo un axioma infalible: me gusta o no me gusta. Me desconciertan las críticas oscuras que no tratan de dilucidar si una obra merece o no la pena, sino de dar una pátina al crítico de intelectual singular. Vamos, que sólo él es capaz de entenderse.

Por eso miro con desconfianza aquellas obras que, por incomprensibles, alaban los críticos. A veces mis opiniones tienen algo de herejía, ya que no suelo ser condescendiente con los consagrados.

Verbigracia: Kubrick. Me carga. Lo considero vacuo, grandilocuente, absurdamente pelma e inconmensurablemente aburrido. Ya sé que para ciertos críticos ser aburrido es sello de calidad. Para mí es sólo eso: aburrido.

He tenido que asistir a fervorosos pases de sus películas y ante el entusiasmo de mis compañeros de proyección yo me miraba hacia el interior y me preguntaba si no sería una tarada.

Me guardaba muy mucho de expresar tan contundente opinión y me limitaba a callar.

De la obra de Kubrick sólo salvo sus primeras películas, hasta Espartaco, teniendo en cuenta que la autoría de dicha obra está más que discutida y que él mismo no la consideraba como tal.

Y el resto filfas. Mucha técnica, mucha tecnología, mucho desarrollo de películas especiales … mucho vacío, en suma. Quizás, y esto viene al hilo de un reciente post de Portnoy, “La chaqueta metálica” queda un poco fuera, pero Kubrick dirige La chaqueta cuando ya se han realizado todas las grandes obras sobre Vietnam, desde Apocalyse hasta El Cazador, El Regreso, Birdy o Platoon. Es incluso simultánea a la segunda película de Coppola sobre el tema, Jardines de Piedra.

No entiendo ese fervor por Kubrick. Supongo que el misterio con el que cubrió su vida y su obra; el secretismo de los rodajes y otros comportamientos maniacos le prestaron una pátina de genio por encima de la norma injustificada en mi modesta y poco fiable opinión.

Así que, por favor, para mi cumpleaños, no me regalen la obra completa de Kubrick.

sábado, julio 22, 2006

Franzen


Alvy Singer solicita referencias de Franzen. Había escrito ya algo sobre el asunto, pero no sé qué demonios he hecho con ello. Los tópicos misterios de la tecnología, que son muy socorridos.

Abordé Franzen al revés. Empecé por Las Correcciones, seguí con Ciudad Veintisiete y concluí con Movimiento Fuerte, las tres obras editadas en español y, tengo entendido, en cualquier otro idioma, a excepción de un volumen de ensayos.

Ciudad Veintisiete es cronológicamente la primera obra. Saint Louis es la protagonista omnipresente. La historia es extravagante: un grupo de indios (de indios de India) han tejido una conspiración indetectable para hacerse con los resortes del poder en la ciudad.

Las corruptelas urbanísticas, los politiqueos, la ambición y la vanidad están desperdigadas en cada página. Y planeando sobre tanta basura un hombre decente. No es un héroe, es sencillamente un hombre que cree que hay que cumplir las normas y aun cuando su mundo se desmorona, él se mantiene firme.

Ciudad Veintisiete es casi una novela negra.

Movimiento Fuerte retoma el argumento de las pésimas prácticas de las corporaciones industriales. Pero aquí, como en la siguiente obra de Franzen, la familia adquiere un protagonismo decisivo. También estaba presente en Ciudad Veintisiete, pero en menor medida.

La mirada de Franzen sobre la familia es ciertamente escéptica. La que nos presenta es una amalgama de intereses contrapuestos donde cada individuo trata de sacar el máximo provecho. Así tenemos a un casi indigente técnico de radio que ve como su hermana le arrebata cada brizna de dinero que él necesita y que para ella es superfluo. Una madre que no tiene empacho en dejar patente cuál de sus hijos es su preferido y un padre que prefiere estar al margen de todo.

El aborto y los grupos ultraconservadores americanos completan el panorama enmarcado en las prácticas más sibilinas industriales para escamotear la peor contaminación.

Las Correcciones ya es sólo familia. Esa institución a la que pertenecemos, que no hemos elegido, cuyos miembros en muchas ocasiones no tienen nada en común con nosotros, que nos ocasiona problemas, pero que no podemos desprendernos de ella.

En la familia siempre hay un sacrificado que se encarga de cuidar a los padres ancianos; siempre hay un irresponsable que no merece confianza y siempre hay alguien que siente que se ha equivocado terriblemente en su vida.

A pesar de todo, es la jodida familia.

Por cierto, a Franzen no se le manda a la cama con un yogur: sus novelas oscilan entre las 600 y las 750 páginas.

Los suecos también matan


Menkel se ha convertido en un nuevo fenómeno literario. He leído únicamente una novela suya, “La quinta mujer” y no me aportó demasiado. Desde entonces, cada poco tiempo, veo nuevos títulos en las librerías. A veces me entretengo en leer la contraportada, pero no me seduce.

Incluso se emite ahora en un canal de pago una serie con los casos del inspector Wallander. He visto un capítulo y resulta tremendamente aburrido. Será que estoy habituada a las series de policías americanas donde todo es acción, pero en ésta parece que los agentes no dan palo al agua.

Wallader se inspira directamente en Martin Beck, el policía que en los años 70 imaginaron los suecos Sjöwall y Wahlöö.

Beck trabaja en Estocolmo, en la capital de una Suecia neutral, todavía no perteneciente a la CEE y gobernada por los socialdemócratas. Suecia se veía desde aquí como el socialismo de cara amable y liberal, dónde se hacía realidad la posibilidad de una sociedad equitativa y democrática.

Así que Suecia era una especie de utopía.

Sjöwall y Wahlöö se encargaban, a través de los casos de Beck, de dar una visión pesimista de esa Suecia, dónde ciertamente el Estado se ocupaba de todo. Pero los viejos vivían solos, el alcoholismo era habitual y la falta de de estímulos paralizaba a jóvenes y no tan jóvenes.

Una Suecia no tanto conformista como resignada y en la que, de vez en cuando, se ponían de manifiesto las carencias del sistema (Por aquellos tiempos muchos hubiéramos estado felices de disfrutar de aquellas carencias)

Así de pronto en una novela una mujer moría ante la indiferencia de la policía, lo que desataba la venganza del viudo. En otra, un periodista desaparece sin dejar rastro sin que, aparentemente, existiera motivo alguno. En una tercera –aunque este es un tema recurrente- varias niñas eran violadas y asesinadas.

Sjöwall y Wahlöö retratan una sociedad desesperada, pero con un gramo de humor.

Beck se retiró tras la muerte de Wahlöö en 1975 y nos privó de seguir disfrutando de sus investigaciones.

jueves, julio 20, 2006

Viejo zorro


Descubrí a David Cornwell a través de mi gusto por la novela policíaca. Leí dos novelas suyas, “Llamada para el muerto” y “Asesinato de calidad”. Ambas protagonizadas por el mismo personaje, un tipo anodino, pero a cuya mirada de tortuga nada se escapa.

Después leí, no necesariamente por este orden, “El espejo de los espías”, “El espía que surgió del frío” y “Una pequeña ciudad de Alemania”. Me gustó esa especie de escepticismo con que todo lo baña, pero sobre todo, una postura ética que parece decir: “nada es lo que parece”.

Siguieron tres obras inmensas: “El topo” –reducción al absurdo del título original-, “El honorable colegial” y “La gente de Smiley”. Ahí lucía en todo su esplendor el antedicho personaje. Me gustó especialmente la segunda, donde borda a un personaje que desde el principio sabemos que es un fracasado. Un personaje que luego calcará en “Casa Rusia”.

Además de un estilo depurado y muy británico, Cornwell (LeCarré para las editoriales) siempre escuece. El enigma que siempre subyace en sus novelas es la lealtad y sus conflictos: la lealtad a los ideales, a los compañeros, al país, a uno mismo, a la humanidad …

Algunas de sus novelas menores tratan de asuntos especialmente peliagudos. En “Nuestro juego” aborda ya en 1995 el conflicto checheno. Esas repúblicas ex soviéticas que casi no sabemos ni situar en el mapa: Osetia, Inghusia … que años más tarde aprenderíamos a través de la masacre de Beslán en 2004.

Son esos conflictos olvidados, porque a nadie le importan. Como en la escalofriante “El jardinero fiel”, dónde África no es más que un inmenso campo de experimentación y moneda de cambio para contratos avalados y propiciados por los gobiernos occidentales, tutores de los beneficios de las grandes corporaciones.

Sus personajes, investidos de un idealismo inocente, son enternecedores perdedores, porque luchan por causas perdidas gracias al desinterés de los grandes.


Esos perdedores, como los de “Amigos absolutos”. Dos viejos fracasados que se lanzan a una misión suicida, sin ninguna posibilidad de salir bien. Pero saben que hacen lo correcto.

Los impostores son personajes habituales en su obra, desde los agentes dobles a los estafadores por sobrevivir. “El espía perfecto” –especie de biografía de ficción de su propio padre- o “El sastre de Panamá” son muestra de ello.

Me gusta Cornwell-Le Carré porque escribe jodidamente bien; porque no es políticamente correcto; por reflexionar sobre problemas sobre los que nadie lanza una mirada hasta que no sucede una catástrofe.

miércoles, julio 19, 2006

Una también tiene sus debilidades


Aviso: no todos los autores de best-sellers son malos. Algunos son escritores mediocres, pero tienen algo que, al menos yo, encuentro interesante. Lo que ocurre es que hay pocos que van más allá de las frases o el argumento que desgranan.

Michael Crichton no es un autor muy valorado. Sus obras son bastante planas, aunque hay que reconocerle que sabe mantener el interés. Para mí el valor de Crichton no es literario, es la capacidad para adoptar una postura ética ante diversas manifestaciones del mundo actual.

La primera novela que leí de él fue “La amenaza de Andrómeda” y me fue recomendada por un profesor del MIT con la excusa de que era la más amena explicación de lo que era la investigación operativa.

Me gustó el enfoque científico, el trabajo de un equipo multidisciplinar y la forma de abordar un problema crítico desde puntos de vista múltiples. Era racionalidad pura.

Luego vino “El hombre terminal”, dónde exponía los peligros de la investigación médica. Más tarde fue “Devoradores de cadáveres”, dónde me sorprendió con la descripción de una civilización árabe floreciente y un mundo nórdico tenebroso bien cercano a la oscuridad de los anillos. Me sorprendió el toque de humor en la bibliografía que decía había usado: uno de los libros fuente de datos, aseguraba, era el Necronomicón.

Más tarde leí su gran éxito, Parque Jurásico. Y dónde todo el mundo vio una superproducción –por cierto, mucho más pesimista la novela que el film- advertí el peligro de la ingeniería genética y su explotación por parte de las empresas privadas como fuente de enriquecimiento.

Sol Naciente –otra vez el cine haciendo de las suyas- lo ví como un aviso de los peligros del enriquecimiento sin esfuerzo. Crichton, en la novela, no es políticamente correcto. Retrata a los japoneses como miembros de una cultura racista y depredadora.

Congo de nuevo abunda en la codicia que es capaz de sacrificar cualquier cosa con el objeto de conseguir el enriquecimiento.

Otras obras suyas están más pensadas para ser convertidas en guión o, sencillamente, tratan de explotar el filón que su nombre supone en la cubierta de un libro. No voy a criticarle por eso. Todo se lo perdono por concebir una serie tan buena como “Urgencias” y descubrir para el mundo a George Cloony, de quien me declaro rendida admiradora (ahora estoy pirateando Syriana)

Están, claro, sus trabajos como director de cine. A mí me encanta “El gran asalto al tren”.

martes, julio 18, 2006

Éxitos tardíos


Ocurre a veces que un escritor casi desconocido se convierte en fenómeno de masas. El hecho se produce si el autor recibe un célebre premio o una de sus obras salta a las pantallas.

Hemos asistido repetidamente al acontecimiento. Cuando el Nobel de Literatura recayó en Coetzee me invadió una secreta satisfacción. Muchos amigos míos lectores ponían cara de circunstancias, otros de asombro. Y yo me sentía una elegida porque otro amigo me había descubierto el filón.

Sucedió de nuevo con Elfriede Jelinek y eso que se habían estrenado películas basadas en sus obras, ahora bien, europeas que no dan la fama que proporcionan las americanas.

Se anuncia ahora la versión cinematográfica de “Ask the dust” y, francamente, me hecho a temblar. Fante, desde hace unos pocos años, empezaba a ser editado y leído, pero desde luego no de forma masiva. Otro gourmet literario me descubrió a Fante.

Las editoriales se apresuran a reimprimir las obras cambiando la portada por un cartel cinematográfico. Los ejemplares, que antes había que solicitar al librero, cuando no estaban escondidos en estanterías polvorientas, se amontonan ahora en la mesa de novedades.

Sería positivo si una décima parte de esos compradores de libros por influjo de la cartelera descubriera al autor, cogiera gusto a la lectura, leyera en la solapa de los libros otros títulos que le sedujeran … Pero me temo que es un cálculo optimista.

Tengo que hacermelo mirar


Mis aversiones son más sólidas y persistentes que mis querencias. Si me preguntan por mi libro o mi película favorita seré incapaz de contestar. A lo mejor respondo que “El hombre tranquilo” o “Con faldas y a lo loco”. A lo mejor digo, si me he tomado una copa de más, “El imperio del sol” y si estoy nostálgica aseguraré que es “Arsénico por compasión”.

Si alguien me rebate, no haré una defensa ardiente, sino más bien tibia.

Pero si delante de mí alguien defiende a algún “artista” al que desprecio, mi respuesta es siempre la misma: “Le pegaba una paliza que le mataba”. Tanta violencia es una pose, claro está, pero refleja un poco el inmenso asco que me dan pendejas de vangó, pesadillas de morfeo (¡pero quien coño elige esos nombres???) …

Y si eso ocurre en música –yo, que soy una analfabeta- en literatura ya es una actitud patológica.

Por ejemplo, leo en un comentario de Rosa Valerio la tragedia de que a Lucía Etxeverría le rechazaran 10 veces un original. Y pienso, lástima que la editorial undécima se lo aceptara. Porque la Etxeverría es de esos semovientes que me inspiran los peores instintos.

Bueno, es que las “escritoras modennas” españolas han conseguido ponerse por méritos propios en mi lista negra. La Posadas y la Freire no se salvan tampoco de mi particular ordalía.

¿Y ellos? A ellos les salva que no les leo. Es decir, ya no les leo, excepción hecha de Eduardo Mendoza que ya últimamente empieza a agotarme. Imagino torturas como lapidar a Pérez Reverte con sus obras para luego prenderles fuego con napalm.

Otro, de la categoría de best seller, que, sencillamente, despellejaría vivo, es el sinvergüenza de Paolo Coelho, el único “autor” que ha conseguido que me sintiera estafada por comprar un libro suyo (que fue arrojado al cubo de la basura)

Le imagino enterrado hasta el cuello en una playa tropical rodeado de cangrejos hambrientos. Lo reconozco, estoy enferma.

¿Defendería con igual pasión a, pongo por caso, David Lodge, Evelyn Waugh, Ian McEwan, Jonathan Franzen, Chabon …? Estoy segura que no, alegaría el tópico de que para gustos, colores.

Así que desconozco qué malformación moral me inspira estos sentimientos destructivos. Tengo que hacérmelo mirar.

lunes, julio 17, 2006

La vejez (la mía)


Cuanto más vieja soy, menos sé. Las dudas se han instalado y desalojan lo que creía eran firmes creencias.

Me doy cuenta que ya no tengo opiniones claras cuando antes eran incuestionables sobre multitud de asuntos. Leo las noticias de Oriente Medio y me parece que desde la Guerra de los Seis Días, estamos en la misma situación.

La clase política, sin embargo, parece no haber cambiado. Se toman las cosas con la misma parsimonia, dicen a unos aquello de “nene, eso no se hace”, mientras que los otros son diabólicos terroristas.

En el coche ya sólo llevo emisoras de música o pongo cd’s. Oir a Acebes, Zaplana o Rajoy me saca de quicio. Los telediarios los veo con el mando a distancia en la mano para que cada vez que aparecen sus caretos, saltar a otro canal.

El presidente de la AVT ha conseguido que me sienta como un rehén de un ansia de venganza que no entiendo.

Acabo deseando no saber para proteger el débil equilibrio de mi estómago.