Berlín se pone guapaBerlín es otra cosa. A pesar de renacer de su pasado herido, es una ciudad que se levanta dignamente hermosa, sorprendente y bulliciosa. Berlín es, digo, hermosa. Con enormes parques, perros que pasean sueltos al lado de sus amos, calles limpias, edificios todavía por restaurar en el viejo Este. Una ciudad tan confiada en la que los conejos campan por los prados cercanos a la Alexanderplatz.
En el centro de la ciudadBerlín está en obras y es motivo suficiente para que los taxistas gruñan. Las bicicletas inundan las calles y los coches respetan escrupulosamente las señales de tráfico y los límites de velocidad. Vas por una amplía avenida y todos lo vehículos circulan al unísono.
Monumento a SchillerPero no es una ciudad monótona. Un día acabamos en un barrio que parecía el Bronx. No por la estética urbana, sino por el paisaje humano. La población que habitaba -y digo bien- la estación de la U-Bahn era para poner los pelos de punta. Sin embargo eran inofensivos a pesar de su aspecto y su inefable olor.
Berlín es una ciudad segura aunque la presencia policial es casi invisible. Sólo vimos uniformados haciendo guardia frente a edificios judíos, como la nueva Sinagoga o el cementerio.
Hotel BerlinPor cierto, resulta un poco liosa la organización del transporte urbano. Existen dos sociedades que gestionan el metro, cada una de ellas con distintas líneas: S-Bahn y U-Bahn. Sin embargo, el billete sirve indistintamente (o eso creo), aunque se da el caso de que en una estación donde confluyen líneas de U y de S puede ocurrir que para cambiar tengas que salir a la calle, andar unos metros y acceder a otra estación.
Nueva estación de ferrocarrilEse lío -nunca me había pasado antes- dió pié al solaz de un músico negro que tocaba un piano eléctrico y cantaba maravillosamente y ante el cual pasamos tres veces en busca de la correspondencia.
A la Iglesia de Santa María le ha salido un globoY los tranvías. Los tranvías circulan al mismo nivel de la calle, la gente cruza las vías continuamente. En una ocasión me paré a hacer una fotografía de un edificio sin darme cuenta que estaba en medio de la vía. El tranvía me avisó repetidamente y una amable berlinesa me sacó del peligro.
Porque los berlineses son muy amables, o al menos eso me pareció a mí. Siempre dispuestos a dar explicaciones pacientemente con una sonrisa y si chapurreaban un poco de español ahí les tenía esforzándose.
Berlín, tras los estratosféricos precios de Moscú, me pareció extremadamente barato, a excepción del transporte: 2,1 euro el viaje en metro (existen billetes de día al precio de 6 euros) Y he dicho confiada. No existen tornos de acceso para los pasajeros. Uno podría viajar sin billete sin necesidad de saltar barreras.
De hecho lo hicimos una vez: no llevábamos monedas suficientes, la máquina no aceptaba billetes y sólo una tarjeta de crédito, la MasterCard. Así que ya que nos ponía tantas dificultades para ser cívicas, optamos por viajar de gorra.
Casi toda la red de metro transcurre sobreelevada. En muchos tramos se ha aprovechado el trazado para instalar bares, cafés, tiendas de antigüedades ... lo que le da un aspecto muy urbano e integrado en la ciudad.
Disponíamos de poco tiempo para el turisteo. Afortunadamente nos alojábamos en el centro, cerca de casi todo. Así que una mañana en la que la primera cita era a las 11 aprovechamos para ir al Museo de Pérgamo. Varios de los museos de la Isla están ahora rehabilitándose y el reparto de las colecciones resulta un poco confuso, así que ante la escasez de tiempo optamos por visitar sólo el de Pérgamo. Es impresionante.
Puerta de Isthar
Altar de PérgamoComimos barato y bien. Un poco monótona la dieta de patatas y cerdo, pero sabrosa. La comida más cara que pagué fue de 15 euros.
Nuestra última jornada se reducía a mediodía, ya que debíamos estar en Tegel a las tres de la tarde y todavía nos quedaba una reunión. Disponíamos de un par de horas, así que decidimos hacer una "turistada": subir a un autobús de techo descubierto para dar una vista rápida a la ciudad.
Palacio de BellevueLas explicaciones que nos dió el guía -en alemán e inglés- me despertaron envidia de la vida de los parlamentarios. Tienen apartamentos a su disposición para los que no residen en Berlín, guarderías donde los padres desnaturalizados pueden dejar a sus hijos hasta las 3 de la madrugada y otras prebendas.
La famosa cúpula de FosterAlrededor del edificio del parlamento se ha levantado el barrio político. Tiergarden -un parque más grande que todo Mónaco- acoge a las embajadas. Quedan intactas las de los aliados del Reich: Japón e Italia. Por cierto, esta última con un soberbio Ferrari aparcado en el jardín. Pero abundan las sedes diplomáticas de nueva factura como la espectacular de México o la no menos bonita de Finlandia.
Los americanos están de traslado. Abandonan su antigua sede, situada justo enfrente de la de la vieja URSS, y se van al ladito mismo de la Brandenburgo Tor, donde también están, tras un profundo lavado de cara, las embajadas de Francia y el Reino Unido.
Apenas quedan restos del Reich ni del Berlín dividido. En los aledaños de Brandenburgo se extiende el inmenso memorial a las víctimas del Holocausto y del Muro solo permanecen en pié unos 200 metros que han tenido que ser rodeados por una valla protectora para que los amantes de los recuerdos no terminen con él. Presenta un aspecto penoso, apuntalado y con todas las tripas de hierro al aire. El Check Point Charlie se ha quedado como una atracción circense, es pura tramoya.
Memorial del Holocausto
Las ruinas del Muro
Check Point CharlieEse pequeño aperitivo logró despertarme el deseo de regresar a la ciudad para visitarla con más detenimiento en el futuro.
¿A que la echaban de menos?