
Pues Ricardito Costa –ese individuo que habla como si tuviera una polla en la boca, según apreciación de mi hija pequeña- es tal que Peter Sellers en El Guateque, pero sin su gracia. Y tampoco tienen maldita la gracia todos los secundarios de este vaudeville.
Lo que está pasando en la CV más que un vaudeville es una astracanada. Aparecen y desaparecen personajes; las puertas de escape se multiplican; desaparecen los muebles y los dueños de la casa no parecen enterarse de nada. Y encima el texto es un ripio infumable.
El espectáculo es impagable. No hay más que ver la cara de estupefacción que se les ponía a los conductores de los informativos. Pepa Bueno, en TVE, rogaba al cronista de la delegación de Valencia si podía explicar qué pasaba ante tanta declaración y contradeclaración. Y el pobre de Valencia tampoco le podía aclarar nada.
Y por la mañana, igual. Nadie sabía si Costa estaba o no estaba. Hasta que a la Norma Duval del PP dio la fiesta por terminada, la misma fiesta que según González Pons terminaba el día 9 a las 4 de la tarde y según Costa en Valencia la fiesta es interminable.
Pa mear y no echar gota.
Pero, bueno, si esto no fuera suficiente, sale el impecablemente trajeado Camps, aplicaba la máxima periodística de pregúnteme lo que quiera que yo le contestaré lo que me de la gana. Que esta es la tierra de las flores, la luz y el amor. Y, sobre todo, de los petardos.
Dios, qué tropa.