La vena caínita que llevamos tatuada en los genes hace que, perdidas por segunda vez unas elecciones generales, se despierte en los chicos del PP el ansia caníbal y empiezan a fagocitarse unos a otros. Como destilan grandes cantidades de bilis –alguna bilis prestada por el aparato agiprop mundanal y copero, la digestión es rápida.
Más estupefacta me ha dejado lo de los cocineros. Personalmente creo que hay mucho papanatismo en torno a, pero también reconozco que en alguna que otra ocasión he caído bajo el embrujo de esos platos que tardas más en leerlos que en comerlos.
Soy tradicional. Es decir, cuando vuelvo a España de algún viaje imploro por un plato de huevos fritos con patatas. A veces, en el mismo aeropuerto -y a sabiendas de que es recalentada y seguramente precocinada- engullo un pincho de tortilla.

Tengo en la mayor estima ambos platos, como el jamón, el queso manchego, las migas, las lentejas, la fabada, las gambas de Denia, las almejas de carril, el chuletón de buey, la paletilla de cordero al horno, el caldo de cocido bien espeso, las berenjenas rellenas, el pisto, las sopas de ajo ...
Creo que en el fondo de esta polémica hay dos visiones muy distintas de la cocina. Una trata de que el comensal disfrute con lo que ya conoce. La otra trata de sorprender. Una es reconocible y puede dar pie a conversaciones de que mi abuela hacia algo parecido o la tía Toñi bordaba el bacalao al pil pil. La otra viene a decir que esto, aunque no lo parezca, es bacalao al pil pil.
He comido en Arzak. Muy bien, ciertamente. Aunque me sentía liliputiense a tenor de las raciones y los recipientes: una sopa fue servida, lo juro, en una especie de dedal.
He comido en el Celler de Can Roca: espectacular (especialmente los postres)
He comido en Atrio sencillamente exquisito.
He asistido a caterings de Arola (decepcionante) y de Las Rejas (correcto)
Seguramente no volveré a ninguno de estos restaurantes: están demasiado lejos y son demasiado caros. Me gusta reconocer lo que me sirven en el plato, seré una antigua.
Luego está ese síndrome de estrella del rock que ataca a algunos cocineros. Otros asumen su condición de fenómeno comercial y lo mismo te hacen una mousse de marmitako que una enciclopedia en dvd o te inventan la sartén que da la vuelta a la tortilla deconstruída.
Y, a todo esto, ¿qué dicen las cocineras? ¿se limitan a abrir la lata de fabada litoral?