
En mi memoria solo hay tres excelentes cambios de registro: Bruce Willis desde “Luz de Luna”, George Cloony desde “Urgencias” y el pionero de todos ellos: Nick Nolte.
Los más jóvenes seguramente ignoran que ese grandísimo actor y extravagante persona logró su fama en una miniserie titulada “Hombre rico, hombre pobre”. Él interpretaba al pobre. Eso fue en 1976.
Sus primeros papeles en el cine fueron en películas de acción. Las que más popularidad le dieron fueron “Límite 48 horas” y su secuela, junto al estomagante Eddie Murphy. Pero pronto se puso delante para hacer producciones más comprometidas como “Bajo el fuego”, que aborda la vida de tres reporteros americanos en la Nicaragua de Somoza.
Hace de inadaptado que revoluciona a una acomodada familia de Berverly Hills en “Un loco suelto en Hollywood” y haciéndoles replantearse de arriba a abajo su vida en una comedia ácida. Transita también la comedia familiar en “Tres fugitivos”.
Aunque varias de sus películas son éxitos de taquilla, todavía están por llegar sus mejores interpretaciones. Es igual de creíble en papeles de duro como interpretando a cínicos (no carece de talento para la comedia) y resulta conmovedor dando vida a los personajes más tiernos.
En los 90 se hace con mejores papeles: la nueva versión del “Cabo del Miedo”, en el papel que en su día interpretara Gregory Peck y dando la réplica a un malísimo Robert de Niro; el Tom Wingo de “El príncipe de las mareas” que le vale su primera nominación a los Oscar; el abnegado padre de “El aceite de la vida”; el también atribulado padre de una niña estrella de la televisión en “Aprendiendo a vivir”, de entrenador corrupto en “Ganar de cualquier manera”; dando la réplica a una joven y ascendente Julia Roberts en “Me gustan los líos” para alcanzar a mediados de los 90 tres magníficos papeles: “Jefferson en París”, “Mulholland Falls” y “Aflicción”, que le vale una nueva candidatura al Oscar.
Uno de sus hitos le llega de la mano de Terrence Malick en “La delgada línea roja” y se hace habitual en los films de Alan Rudolph.
Su carácter irascible, su conocida afición al alcohol y a las drogas y su absoluta falta de respeto a las costumbres que imperan en la industria hacen cada vez más cara su presencia que, sin embargo, es imprescindible en producciones personales.
Su presencia es poderosa, aunque la edad y los abusos han dejado huella. Su rostro atormentado y al mismo tiempo rocoso es capaz de expresar con el mínimo desgaste cualquier emoción. Y de eso se trata, de transmitir emociones.