Ganar un torneo de tenis no es fácil, especialmente en los más conocidos: Grand Slam y Masters Series. Si el tenista no tiene una calificación alta, tendrá que pasar por las fases previas. Por ejemplo, en un Grand Slam pasan 16 de 128. Cuando empieza la competición ya han tenido que ganar 3 partidos y tienen otros 7 por delante, a cinco set cada uno.
De vez en cuando surge una sorpresa y un desconocido se alza con el título. Puede ser un jugador prometedor y que ganar no sea más que una consecuencia natural de su evolución de juego. Pero otras veces el motivo es más fruto de la casualidad, de retiradas prematuras de rivales que van allanando el camino.
Cuando se repasan las listas de ganadores de campeonatos de tenis nos encontramos con nombres que luego cayeron en el olvido, con una trayectoria anodina, hasta desaparecer. Otras veces sí estaban justificadas sus victorias y auguraban una carrera a tener en cuenta, pero lesiones o simplemente pérdida de interés les alejaron del deporte.
Aunque no es el caso, porque fue un tenista genial, Sergi Bruguera fue de esas estrellas que un buen día se cansaron y desaparecieron. Sospecho que Bruguera odiaba jugar al tenis –de hecho tras dejarlo se ha dedicado al fútbol sala- y no hablamos de un jugador del montón, sino de un doble campeón de Roland Garros y finalista. Un tenista al que temía Pete Sampras que veía que era casi imposible ganarle, incluso en pista rápida.
Bruguera, harto del tenis y de su padre, escudado en un sinfín de lesiones que le martirizaban, decidió un día discretamente abandonar la raqueta.
Uno de los casos más enigmáticos fue el de Roberto Carretero, que fue campeón junior de Roland Garros en 1992. Ganador de Hamburgo 1996 en una final contra Corretja, luego no volvió a ganar ni un torneo más. En toda su carrera profesional jugó 68 partidos, de los que perdió 45.
Detrás de las pocas estrellas, pero muy pocas, están los jugadores medios, sólidos y que de vez en cuando dan la sorpresa. Casi nunca son portada, a excepción de que derroten a un grande o por razones extradeportivas –como Tommy Robredo que exhibe su musculatura en Cosmopolitan- y, tras éstos, los jornaleros del tenis. Jugadores que viven de torneo en torneo, sin grandes patrocinadores y cuyo sustento y el de su equipo es obtener el premio en metálico. Esos que se ubican entre el 200 y 30, que no reciben cartas de invitación ni entran directamente en los cuadros finales gracias a la posición en la clasificación.

Son esos tenistas que no tienen entrenador, preparador físico o masajista, y mucho menos manager o representante. Carecen de jugosos contratos de patrocinio.
Tenemos también a las jóvenes promesas frustradas. Los franceses y los ingleses son especialistas. Cada año en su Grand Slam anuncian la llegada de un jugador que se batirá el cobre para, por fin, ganar el torneo propio. Pero no hay manera. Richard Gasquet o Jamie Murray, como en su día Tim Hemann, serán tenistas del montón que, con suerte, conseguirán un par de torneos menores y pasan a engrosar la lista de “jugadores medios”.
Algunas de estas jóvenes promesas sucumben a las tentaciones del “glamour” y son pasto de las revistas del couché, en lugar de las informaciones deportivas. Como muestra, ahí está Feliciano López, quien da la impresión de estar más ocupado en sus ligues que en su juego, y Fernando Verdasco, también muy dado a aparecer en público con jóvenes actrices.
Los argentinos también son proclives a depositar su confianza en las jóvenes promesas, de quienes auguran sucederán con honor a los grandes nombres que poblaron ese deporte en el país austral, con Guillermo Vilas a la cabeza. Pero no hay manera. Entre sanciones por dopaje y repetidas lesiones que les retiran de la competición durante largas temporadas, siempre se quedan en simples promesas.
Y, por último, están las rutilantes y efímeras estrellas de un par de temporadas. Jugadores que se encumbran y súbitamente se vienen abajo, como son los casos de Carlos Moyá o Juan Carlos Ferrero, que el pobre no levanta cabeza.
Robredo posa con fines benéficos para la investigación contra el cáncer.