domingo, agosto 20, 2006

Avituallamiento

Mis padres vivieron en sus carnes la guerra civil y la postguerra. De ahí le debe venir a mi madre su obsesión por el avituallamiento.

Tras el incidente del congelador pude por fin vaciar el maletero ante los comentarios jocosos de mi marido: “Hombre, no es que nos sobre el dinero, pero para ir al mercado todavía nos da”.

Pero es que mi madre es así y a estas alturas prefiero no discutir y arramblar con todo lo que se le ocurre que pueda necesitar.

A ello se añade que cuando salimos de viaje solemos adquirir productos típicos. Así que por nuestra cuenta ya compramos mantecadas de Astorga, hojaldres, cecina, chorizo, fiambre de lengua en aceite, tarros de puerros, alubias pintas, pimientos asados, ajetes y un saquito de lentejas pardiñas.

Mi madre añadió a ese lote de alimentos dos kilos de garbanzos pedrosillanos –pequeñines y muy tiernos- a pesar de dudar de su procedencia. Hasta hace un par de años los garbanzos procedían de una tierra de mi padre cultivada por mis primos que producía una legumbre espectacular. Los Castros –así se llama la finca- sufrió la concentración parcelaria y perdimos tan exquisita fuente de alimento. Ahora los compra en el mercado del pueblo y aunque siempre le aseguran que son de cosecha propia, ella expresa su sospecha de que proceden de ultramar, no sin protestas de la vendedora.

Para entretenerse, mi padre cultiva un minúsculo huerto en casa: acelgas, lechugas, tomates, pepinos y calabacines. El calabacín es el orgullo de la familia. Son gigantescos. Mi madre los cocina de mil maneras pero tienen tal tamaño que es casi imposible consumir uno en cada comida.

Los hace rebozados, en ensalada, rellenos … Un sinfín de posibilidades que acaba por saturarnos.

Traje, faltaría más, dos calabacines. Al menos pude elegirlos de la mata y me llevé los dos más pequeños … que pesarán cada uno de ellos unos 400 gramos.

Y tomates. Tomates patanegra que les llama mi padre. Durante los días que estuve allí vi como maduraban. Como pasaban de un color verde desvaído a un rosado. Los arranqué entreverados y ya han caído bajo nuestras fauces.

Y un queso.

Imagino que mi madre lo hace en parte por dar de aquello que aprecia, pero también porque sigue temiendo quedarse sin viandas. Cuando durante muchos años el paquete de la matanza que le remitían desde el pueblo era esperado con más deseo que la lluvia en el desierto.

El paquete, solía ser una vieja maleta de madera que luego era devuelta cuando íbamos de veraneo, contenía morcillas, chorizo, un lacón, un buen trozo de lomo en aceite, panceta salada … Mi madre sabía estirar aquel regalo en innumerables guisos y lo más selecto se consumía en las grandes ocasiones.

El pueblo era una especie de despensa en tiempos de necesidad.

Ahora en el pueblo de mi padre ya no se cultivan legumbres ni remolacha. Ahora todo es maíz y girasol. Los campos de cereales, tan hermosos en primavera, casi han desaparecido y las parcelas enrejadas de alambre y palos que sostenían las plantas de lúpulo.

Ahora las huertas cercanas al río han dado paso a plantaciones de chopos y ya casi no quedan zarzas que nos regalen moras.

Tomates familiares ya ingeridos

10 comentarios:

devisita dijo...

El encuentro de tu blog fue sorpresivo pero vuelvo y vuelvo porque me gusta lo que escribes. Mi admiración a lo que cuentas de los cultivos de tu papá. Lo que daría por aprender. Mis plantas de tomates este año casi no dieron fruto. Sólo los pepinos nos han regalado hermosos frutos y ya no damos más de ensalada de pepinos.

Por lo demás, ni tengo idea de cómo preparar y cuidar la tierra para tener resultados tan maravillosos. Mi familia no tiene tradición de la tierra, sino de la ciudad.

Gracias por estos relatos

Xavie dijo...

Alicia,
Seguro que es producto de haber vivido la posguerra, pero aquí en el Sur hay que tener cuidado con las abuelas. Puedes acabar pareciendo un cerdo justo antes de la feria del ganado. :-D

Siempre hay un plato más del que probar.

Un saludo,

Alicia Liddell dijo...

Devisita: Soy una maleducada. Olvidé darle la bienvenida a esta bitácora. Siéntase como en su casa y le agradezco la deferencia de sus comentarios.

En cuanto a los secretos del cultivo del tomate y el calabacín, lamento no poder ayudarle. Eso sí, mi padre los riega primorosamente todos los días, cubre los frutos con sacos para protegerlos de las bajas temperaturas nocturnas (dormimos con manta en pleno mes de agosto para envidia de propios y extraños) y yo creo que hasta los acaricia.

Lo del calabacín es un misterio. Siempre se dieron bien en aquella tierra, como los puerros que son los mejores del mundo, al menos del mundo que yo conozco.

Xavie: Estoy de acuerdo. La comida típica de mi madre es un plato de legumbres, pasta o verdura, ensalada y un segundo plato de carne o pescado. Y la fruta, claro.

Y mucho cuidado si queda algo en el plato. Puede ser interpretado como una crítica negativa a sus habilidades culinarias (¿No está bueno?) o pone en duda la salud futura (Te vas a poner mala si no comes)

beren dijo...

Cómo echo de menos los tomates pata negra y qué envidia me das de poder comerte esos tomates, ahora que los tomates son tan rojos, tan redondos y tan lisos que parecen dibujos animados, perfectos, pero de ficción.

sfer dijo...

Estos posts no debería una leerlos cuando se acerca la hora de comer. ¿Qué van a pensar los usuarios cuando oigan los rugidos que noto cómo se van acercando a mis entrañas?
¡Por dios, qué hambre!
(Y qué ganas que vuelva el invierno para volver a mi semanal puré de calabacín)

Fer dijo...

Retomo mis memorias del choque de culturas y constato la diferencia entre el cálido sur y el recio norte; aquí abunda el plato único, salvo casos puntuales, mientras que pasando Gredos la comida se realiza en dos suculentas tandas.
Cierto es que, hasta hace no mucho, ello se debía a los ritmos vitales, al frío mesetario y otros justificantes antropológicos, pero dudo que hoy siga siendo necesario. Hemos descubierto el placer del paladar, pero no la mesura que debía acompañarlo, de ahí que, con otras razones, aumente el índice de obesidad (o eso cuentan en la tele al llegar el verano, noticia tal vez patrocinada por Corporación Dermoestética y Biomanán).
Eso sí, para una madre o abuela todo será siempre poco. Muy poco. No pararán de cebarnos hasta que reventemos, aunque también es verdad que nosotros no nos resistiremos mucho cuando nos ofrezcan viandas y manjares.
Yo, al menos, no lo haré hasta que no deje la universidad: con lo cara que está la vida, ¿cómo voy a rechazar un buen surtido de ibéricos?

Alicia Liddell dijo...

Sfer, debería probar la crema fría de calabacín. Se hace igual que una vichysoise, pero sustituyendo el puerro por la cucurbitácea.

Laura Diaz dijo...

Las épocas de crisis y hambrunas dejan huellas y costumbres en las personas (y en las sociedades) difíciles de erradicar. Personalmente las respeto mucho ya que de alguna manera constituyen una "memoria colectiva" que no debe ser olvidada.

Me apenan también los cambios de hábitos en relación a las huertas familiares y fincas, ya que la historia ha demostrado que forman parte de un detrioro en la calidad de vida de las personas,y pueblos, y también de la identidad.

Admiro a quiénes aún cultivan su huerta, aunque pequeña y mínima. Conozco una chica que dejó su trabajo en un banco, compró una casa en las afueras de Montevideo, comenzó plantando en un terreno de 1 metro por 5 metros para consumo persona, y hoy obtiene un salario casi idéntico al del banco con 10 metros cuadrados bien cultivados con la venta de las legumbres que cultiva, trabajando cinco horas diarias. La admiro.

Termino estas líneas pensando en verduras, costumbres, hambrunas, y pidiéndote que no te olvides de pasarnos la receta (si no es un secreto familiar) del "cocido madrileño" que prepara tu mamá y que dices es "sencillamente primoroso".

Un saludo

Francisco Ortiz dijo...

Nuestros mayores saben de todo más que nosotros, estoy convencido: sólo sabemos quizá algo más de libros, quejas y rabias fulgurantes. Aún nos queda tanto por aprender de ellos...

Alvy Singer dijo...

Amarcords por escrito: miles de historias anónimas. Pequeñas y anónimas