
Ayer regresaba nuestra hija pequeña de su tercer y último viaje (se supone de estudios) veraniego. La llegada de su vuelo a Barajas estaba anunciada a las 11:45 a.m.
Así que sus progenitores, el primer día de vacaciones, se levantaron a las 6:00 (bueno, yo media hora más tarde) y después de las necesarias abluciones matinales, atender a los habitantes de cuatro patas y desayunar, se pusieron en camino con paciencia, que la cosa de los puntos no es para tomarla a broma
A la altura de Arganda recibimos un sms que, traducido, venía a decir: “Pasajero enfermo, aterrizaje de emergencia, no sabemos si cogeremos el enlace de Londres”.
Llamo a la agencia que ha organizado el viaje para pedir información, pero la cobertura se va al garete. Así que decidimos esperar hasta llegar a la T-4.
Mientras hago cola para que un ineficaz empleado de British me atienda, mi marido vuelve a llamar a la agencia. Durante la espera suena mi móvil. Es la agencia. Es curioso, están hablando con los dos al tiempo y cuando nos damos cuenta nos partimos de risa.
Tras la conversación de 10 minutos, el empleado de British todavía no ha concluido con el señor que me precede, así que abandono la cola (por eso digo lo de ineficaz)
En resumen. La pandilla está en Londres. 10 que iban a Barcelona han sido acomodados en otro vuelo directo al Prat –que dios les ayude- y los 30 restantes están siendo acomodados en otros dos vuelos –no hay plazas suficientes en uno- que llegaran a Barajas a las 16:30 y las 17:45.
Nuevo sms desde Heathrow que nos aclara que no ha sido un infarto: “Un gilipollas ha tenido un ataque de pánico y el piloto ha aterrizado en Nueva Delhi. Se lo han llevado en ambulancia”.
Son las 12:00, así que decidimos ir a Madrid, visitar alguna librería y comer. Mi marido cree que es merecedor de más regalos de cumpleaños y se obsequia con un libro sobre Mies, otro sobre diseño tipográfico y un tercero sobre no sé qué (99,45 euros)
Vamos a comer a La Daniela. Le digo que está loco, que es primero de agosto … Pero acabamos en la taberna comiendo cocido –fabuloso- y dejando que la camarera nos riña por no acabar las pantagruélicas fuentes, mientras nos llama “queridos”.
A las 16:00 horas estamos de nuevo en la T-4. Consultamos el horario de llegada del vuelo 646. El retraso de media hora se amplía a 45 minutos. El avión aterriza, pero por la puerta 10 no sale nuestra alborotadora pandilla adolescente. A las 18:00 horas ha aterrizado el segundo vuelo. Al poco sale un portavoz granujiento y anuncia que:
a) las maletas no aparecen
b) están presentando las reclamaciones
c) a lo mejor vienen en el vuelo de las 18:00 horas que acaba de aterrizar y esperaran a ver que pasa.
Una vez comprobado que tampoco vienen en ese vuelo, los chicos van saliendo y responden sobre el accidentado viaje.
Cuatro horas después de despegar de Singapur un pasajero despierta al resto entre gritos. En medio del pasillo berrea que se quiere bajar porque el avión se va a estrellar.
Reacción de los pasajeros:
a) que se baje, pero ya (opción rechazada por aquello de que se despresuriza la cabina)
b) que le den un valium, dos valium, tres valium …
c) que le den una hostia
El comandante anuncia que –el follón ha debido ser antológico- va a tomar tierra para desembarcar al pasajero. El pasaje sugiere dejarlo en Bagdad o Beirut, algún sitio donde el miedo a volar sea rápidamente olvidado.
El piloto opta por el aeropuerto más a mano, que resulta ser Nueva Delhi. Allí una ambulancia a pie de pista recoge al maníaco.
Entre pitos y flautas pierden tres horas, las suficientes para no alcanzar el enlace Londres-Madrid. Al llegar a Heathrow el piloto da las gracias al pasaje por su paciencia.
Los chicos llevan más de 30 horas en aviones y aeropuertos desde que salieron de Queensland y a pesar del subidón de adrenalina que les provoca contar la aventura, empiezan a dar muestras de cansancio.
Mi hija pide urgentemente un bocadillo de tortilla de patatas y un zumo de naranja recién exprimido.
Salimos del aeropuerto tras repartir besos y abrazos al resto de la expedición. La pobre se queda dormida antes de enfilar la A-3.
Hoy hemos llamado a British por lo del equipaje. Respuesta: pues las maletas están bien en Singapur, bien en Londres.
Corolario: para que un vuelo se convierta en una aventura inolvidable no hace falta que el Sepla se ponga en huelga; ni que los trabajadores de Iberia invadan las pistas, ni que haya huelga de limpieza. Ni siquiera que viajes con Iberia o que tu aeropuerto de salida o llegada esté gestionado por Aena. Viajar en avión casi siempre es una aventura.
La primera entrada de este blog se titula “Aena, te amo”. Los curiosos, pueden consultar
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