
La primera vez que vi su rostro en el cine me dije: “¡Vaya tela!” Ese tipo sí que tiene una cara rara, parece metida entre paréntesis. La película en cuestión es una verdadera joya: “Vivir y morir en Los Ángeles”, del enorme Friedkin. Desde luego no se me olvidó.
Con esos rasgos su carrera parecía –y parece- encaminada a hacer de villano, incluso a parodiarse a sí mismo en cosas como Speed 2, pero puede dar la réplica con toda propiedad a un Gene Hackman en “Arde Mississippi” en un papel magnífico de agente del FBI con conciencia.
Luego vendría ya una cierta celebridad tras el “Platoon” de Oliver Stone, inolvidable en aquel papel de sargento porrero.
Vietnam le perseguirá en “Saigon”, otra vez en el papel de policía que sigue machaconamente una investigación que nadie quiere.
Scorsese le elige para el papel de Cristo en su “Última tentación” y, por una vez, vemos a un Jesús más próximo a la estética de Velázquez que a la de Superstar.
No desdeña papeles secundarios ni alimenticios. Puede despeñarse con todo merecimiento y sin mover una ceja en cosas como “El cuerpo del delito”, teniendo como tal a Madonna, para luego deslumbrar en “El paciente inglés” o dar vida a Eliot en “Tom y Viv”.
Desde su debut en 1982 ha participado en más de medio centenar de películas, lo que le define como auténtico proletario del cine, que ya ha recibido dos nominaciones a los Oscars como mejor secundario.