Trabajar un festivo es una jodienda. Trabajar dos festivos y un domingo en la misma semana es un martirio. Mientras todo el mundo está disfrutando de los atascos en la carretera, la comida indigesta a unos precios dignos de Ferrán Adrià y encantados de que la semana de 25 grados a mediodía se haya trocado en viento de levante con lluvias intermitentes y temperaturas que no superan los 15º, servidora está a punto de rebasar la línea roja de revoluciones por minuto.Pero tiene sus ventajas. Por ejemplo, ratificar que no todos los deportistas de motor son gilipollas. He pasado la mañana con el subcampeón mundial de lo que popularmente se conoce como GP2 y técnicamente como World Series by Renault, o sea, la cantera de la Fórmula 1.
Borja García es un chaval de 23 años que además de educadísimo y paciente es capaz de articular una frase coherente. No voy a decir que se exprese sin tópicos, pero al menos no parecen forzados. Cuando a uno le hacen la misma pregunta quinientas veces no se espera que sea original, pero al menos evita constatar el hastío.
Este piloto que, oh, conduce con gafas, es un prodigio de naturalidad. Hace años compartí mesa y mantel con Marc Gené –que ya sé que tiene múltiples detractores- pero al que defenderé a capa y espada por su profesionalidad. Y desde hoy me declaro adalid de Borja.
Como soy acérrima de Michael Schumacher (léase más o menos Mijail Sumajer) desde que hace unos años le vi pasear por el circuito de Cheste acompañado de su perro: un chucho mestizo que, por lo que observé, le adora.
Nunca oí a Chumi quejarse de sus seguidores ni de los medios de comunicación. Nunca le vi echar las culpas de un fracaso al maestro armero. Nunca le vi un mal gesto.
Borja García busca un puesto en la F-1, aunque sea de piloto probador; de piloto cascacoches. Ante el público tiene a favor su afabilidad y su educación de la que, sin duda, es responsable su familia. Sabe que tiene que ganarse la popularidad y el afecto del público y lo hace siendo lo que es: un chico normal.



Le vi por primera vez en su debut cinematográfico y se me quedó clavao. Aquel malo, malísimo, desalmado, cruel y perverso terrorista de La Jungla de Cristal y que en su última secuencia se comía vivo a Bruce Willis. Y eso que entonces ya había cumplido los 40.










































