martes, julio 05, 2005

Periplo de la pandilla entre Barcelona y Milán

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La pandilla más torpe de la Galaxia tiene una máxima: perderse por las ciudades; andar todo lo que las suelas sean capaces de aguantar y acabar agotados como si hubieran corrido la maratón.
Barcelona, una de las ciudades más queridas por nuestros héroes, suele ser escenario de algunos de sus despropósitos. En esta ocasión se mostraron prudentes, pero aun así acabaron como Pulgarcito en el bosque.

Lunes a las 8 de la tarde. Daniel propone un paseo por la ciudad antes de ir a cenar ... no se sabe dónde. Maitena lleva el teléfono de un restaurante que le han recomendado hasta el aburrimiento. Por más que llama, nadie contesta. Bueno, ya encontrarán alguno.

Se les añade un espontáneo, Nicola, un italiano poco acostumbrado a darse las soberanas palizas a las que nuestra pandilla está habituada.

Desde el barrio de Gracia hasta el Borne y allí se pierden por las callejuelas. De paso por el Barrio Gótico, una de las chicas propone buscar una tienda de lencería vintage, pero su propuesta no tiene eco. Ella que quería comprarse unas medias de costura ... Otra vez será.

En la plaza del Borne, señor, señor, una tienda con auténticos sombreros de Panamá. Elena entra flechada dispuesta a adquirir uno, pero el modelo que tiene ya está entre sus tesoros más preciados.

Perdidos en el Borne irremisiblemente. Se adentran por callejones y pasadizos. A veces Daniel se adelanta como un sherpa y Elena propone que vaya tirando miguitas de pan.

En el trayecto ven restaurantes que pudieran acogerlos, pero a todos Maitena les pone una pega. Nada nuevo. Maitena jamás se adapta a los gustos de los demás y hay que esperar a que ella encuentre algo que se le acomode.

Llegan hasta el mercado del Borne y ven un precioso escaparate lleno de copas de vino en la cristalera. Dan la vuelta al edificio y ¡oh, sorpresa! Resulta ser el restaurante que con tanta insistencia le han recomendado.

Entran temerosos de que no haya mesa disponible, pero es todavía pronto, las 9:30 y les sientan. El local es sombrío, una velitas rojas encima de la mesa es casi toda la luz de la que disponen. Muy acogedor, pero temen que no se vea lo que ponen en el plato.

Traen la carta. Los precios son escandalosos. Hacen la comanda y Daniel elige un vino. Como preveían, tienen que adivinar lo que hay en el plato, eso sí, escaso.

Pagan una pequeña fortuna por salir con hambre y, de nuevo, Daniel le dice a Maitena que no piensa hacer más caso de sus recomendaciones. La propuesta de tomar una copa es rechazada. Las chicas están cansadas y se espera un día duro.

Dos días más tarde nuestros chicos aterrizan en Milán. El aeropuerto de Malpensa no es precisamente el paradigma de la señalización y después de algunos despistes logran dar con la estación del tren que les llevará hasta la ciudad. El tren es monísimo, los asientos incómodos, pero de un diseño sideral.

Una vez en la estación cogen el metro hasta San Donato, donde se encuentra su hotel. ¡Oh, sorpresa! Salen a un intercambiador de transporte en medio de la nada. Resulta que aquello es una zona de aparcamiento masivo para la gente que vive fuera de Milán. Allí dejan el coche y entran en la ciudad en metro o autobús. Ni rastro del hotel. Ni un jodido taxi.

Preguntan infructuosamente donde puede estar el hotel. Daniel llama para que le envíen un taxi, pero le dicen que naranjas de la China.

Una señora búlgara subida en una bicicleta les indica la calle en la que se encuentra el hotel:

- Sigan recto por esta avenida hasta llegar a la rotonda y luego giren a la derecha.

Joder con la rotonda. Tras más de un kilómetro de marcha arrastrando maletas llegan al cruce. Giran a la derecha disciplinadamente por otra avenida.

-Dos días después ... bromea Daniel

Por fin, tras más de media hora de caminata cargados como acémilas, vislumbran la marquesina del hotel. Tiran las maletas de cualquier manera en la recepción y preguntan urgentemente por la situación de los aseos.

El hotel no está mal. Las habitaciones no son muy grandes, pero aquello tiene buena pinta. Están bien amuebladas y limpias. En el armario no hay calcetines usados como en Bolonia. Un exitazo. La única pega es que está a 30 euros de taxi de la ciudad.

Deshacen las maletas, se dan una ducha y se atavían con vaqueros y zapatillas para vivir el Milán la nuit. Menuda nuit.

Solicitan un taxi que les lleve al restaurante –como no- que ha reservado Maitena. A pesar de la reserva les hacen esperar media hora.

Malditos italianos, ahora no se puede fumar en los locales públicos. La mitad de los clientes está en la puerta fumándose un cigarrillo entre plato y plato. Está más animada la calleja del restaurante que el local.

Se sientan y en eso un llamamiento conminativo: "¿Qué demonios haces aquí, Daniel?". Será que no hay restaurantes en Milán, nos tenían que conocer en éste, piensa Elena. Es como si no hubieran salido de la oficina.

Piden, comen y se marchan. Tanto Maitena como Daniel vuelven a quejarse del precio y la calidad de la cena. Coño con los señoritos. Pues no estaba mal.

6 comentarios:

Calico dijo...

Así que me toca inaugurar la cosa de los comentarios en el blog de marras... Bueno, sólo diré que llevo viviendo en esta bendita ciudad toda desde siempre y sigo perdiéndome en el Borne. Eso sí, sobre todo cuando toca volver de fiesta salvaje. Porque, a todo esto... tan difícil es llevar un callejero en el bolso? O es cuestión de espacio? Y sí, están de moda las deconstrucciones culinarias esas, pero el contenido de los platos suele ser inversamente proporcional al precio. Probad alguno de rancio abolengo y precios moderados la próxima vez... En esa misma zona hay alguno muy recomendable. Palabra de pirata.

Alicia Liddell dijo...

Pues menos misterios y dilo: nombre del garito, calle, número y teléfono

Calico dijo...

Me refiero al Senyor Parellada, sito en la calle Argenteria, cuyo número no recuerdo y número de teléfono menos aun. No encontraréis nouvelle cuisine pero sí cocina catalana tradicional a muy buen precio. Y la especialidad de la casa: el arroz parellada, con todo el pescado y carne deshuesados para comer a cucharada limpia sin tener que mancharte las manos. Apetece?

Alicia Liddell dijo...

¿Ese no es uno que está en un hotel que se llama Baños de Oriente o algo así???

Calico dijo...

Está puerta con puerta con ese hotel, sí, y si no recuerdo mal ambos pertenecen a los mismos dueños.

Alicia Liddell dijo...

¡Es estupendo!!!
Y me encanta la carta, de hecho robé una.